INTERNACIONAL

Diez años de bloqueo y tres desde la última ofensiva de Israel: así está Gaza

Casi sin electricidad ni agua potable, sin materiales para reconstruir, sin empleo... y sin esperanza de mejora.

13/07/2017 09:03 CEST | Actualizado 13/07/2017 09:03 CEST
Ibraheem Abu Mustafa / REUTERS
Un niño palestino llora ante su casa en cel campo de refugiados de Khan Younis, en el sur de la franja de Gaza, el pasado junio.

Estos días, Gaza está de aniversario. Nada que festejar, no nos equivoquemos. Sencillamente, el tiempo pasa. Son ya tres los años que han pasado desde la última gran ofensiva de Israel contra la franja en respuesta a los cohetes de milicias palestinas -la Operación Margen Protector- y diez, toda una década, desde que el Gobierno de Tel Aviv decidió imponer un bloqueo a todo el territorio -"castigo colectivo" lo llama la ONU- tras la llegada al poder de Hamás.

Ya no hay focos sobre Gaza, ya su dolor no copa titulares, ya poco llama la atención su crisis humanitaria, arrastrada de ofensiva en ofensiva y de año de cerco en año de cerco. Pero la descomposición no se detiene. Como ha denunciado Naciones Unidas este miércoles, para sus dos millones de habitantes la franja está a punto de convertirse en "inhabitable", una previsión que hace apenas un par de años se esperaba para 2020.

Hablamos de carencias esenciales: agua, luz, servicios médicos, materiales de obra para la reconstrucción de lo perdido, alimentos asequibles para una población empobrecida y en paro... "Estamos observando un retroceso en cámara lenta", resume Robert Piper, coordinador de ayuda humanitaria y desarrollo para la Franja de Gaza y Cisjordania, en declaraciones a la agencia Reuters.

Esta es la situación, hoy, del territorio más herido de cuantos -un siglo de estos- aspiran a formar un estado palestino de pleno derecho.

ESPERANDO LA RECONSTRUCCIÓN

El 8 de julio de 2014 comenzó oficialmente la Operación Margen Protector, que acabó con la vida de 2.251 palestinos (1.462 eran civiles y, de ellos, más de 500 eran niños) y de 73 israelíes (67 militares). Más de 11.000 palestinos resultaron heridos, además. Tras 50 días de ofensiva, se firmó un alto el fuego entre Israel y Hamás, la Yihad Islámica y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que se mantiene hasta hoy, con violaciones puntuales.

La destrucción que dejaron aquellos bombardeos, a los que se sumó una insólita y potente ofensiva terrestre por parte de Israel, fue inmensa; afectó a casas particulares pero también a infraestructuras como escuelas y hospitales, o al precario sector de la industria y a la agricultura.

El viceministro de Vivienda de Gaza, Naji Serhan, ha declarado a la Agencia Efe que ya se ha terminado el 50% del plan de reconstrucción planeado con los 3.500 millones de dólares que comprometió la comunidad internacional con este fin en una conferencia de donantes celebrada en El Cairo (Egipto). "Un total de 3.500 viviendas se han reconstruido y otras 2.000 siguen aún en proceso", de más de 11.000 casas que fueron totalmente destruidas, 6.800 gravemente dañadas (en las que ya no era posible vivir, precisa el mandatario), 5.700 sufrieron daños parciales y 147.500 resultaron levemente afectadas.

Como ya ocurriera tras otros ataques israelíes previos, no todo el dinero está llegando. Ahora se calcula un déficit de 250 millones de dólares en la aportación de los fondos prometidos, indica este ministerio. Eso hace que, por ejemplo, aún haya 500 personas viviendo en caravanas, familias que no pudieron irse con otros allegados y cuyas casas no son habitables o han desaparecido.

Un detalle no menor: el 71% de los habitantes de Gaza son refugiados, independientemente de las ofensivas, personas escapadas de sus casas tras la creación del Estado de Israel y las guerras de 1948 y 1967 y que en su mayoría viven en campos desde entonces. Son parte de los más de cinco millones de palestinos refugiados que hay en el mundo, la mayor diáspora del planeta. Esa concentración de desplazados hace que en la franja se dé una de las mayores densidades de población del mundo, cuando además se espera que en los próximos tres años sus habitantes sean un 10% más que hoy.

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Ibraheem Abu Mustafa / REUTERS
Una niña se asoma a la verja del paso fronterizo de Rafah, entre Gaza y Egipto, durante una protesta reclamando su apertura.

UN BLOQUEO ASFIXIANTE

"Gaza está al borde del colapso sistémico", escribe Raquel Martí, directora del Comité Español de UNRWA (la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos). Y es que desde hace 10 años Israel -secundado gran parte del tiempo por Egipto- impide la salida y entrada de bienes y personal de Gaza, salvo contadas excepciones por razones de salud o estudios. Casi todo el mundo es peligroso y casi todos los productos pueden tener un doble uso y emplearse en contra de sus intereses: esa es la base de su argumentación.

El bloqueo, contrario al Derecho Internacional Humanitario y que Israel mantiene desde 2007, cuando Hamás ganó las elecciones y luego tomó el poder, ha producido una grave crisis entre la población, obligándola a depender mayoritariamente de la ayuda humanitaria e impidiendo el intercambio de productos y servicios y el desplazamiento natural de población. El resultado es un territorio que carece de lo esencial y donde la vida es una gymkana diaria.

"Todos los indicadores, desde energía a agua potable, salud, empleo, pobreza, alimentación, están bajando. Los gazatíes vienen pasando por esto desde hace 10 años", sostiene Robert Piper. "Veo esto como un extraordinariamente inhumano e injusto proceso de estrangulamiento de dos millones de civiles en Gaza que realmente no son una amenaza para nadie", ahonda.

Aquí van algunos datos que revelan la gravedad de la crisis: más de 800.000 refugiados necesitan recibir ayuda alimentaria de UNRWA, cuando en 2000 tan sólo 80.000 dependían de ella; el nivel de paro roza el 42%, con un 68% en el caso de los jóvenes, uno de los más altos del mundo y el más elevado de la historia de la franja; la mortalidad infantil se ha incrementado por primera vez en 50 años; el 35% de la tierra agrícola y el 85% de las aguas pesqueras están afectadas por las restricciones; las intervenciones relacionadas con la pobreza por parte de la ONU se han tenido que multiplicar por más de cinco desde el año 2000 y la salida de bienes se ha reducido en 40 veces respecto a lo que se exportaba en 2005, antes del cerrojazo.

EN TINIEBLAS

La ONU, en su nuevo informe, culpa a Israel y a Egipto del bloqueo, pero recuerda también que los islamistas de Hamás y las demás milicias que ocasionalmente atacan a su vecino no ayudan, y tampoco las peleas internas de la política palestina. De todo ese caldo de cultivo tóxico nacen situaciones como el recorte actual de electricidad, que tiene a los habitantes con tres o cuatro horas máximo de suministro al día.

El bloqueo, en esta década, ha provocado un déficit de combustible que afecta al suministro de servicios esenciales. Antes del conflicto del verano de 2014 y desde a la imposición del bloqueo en 2007, Gaza operaba por lo general con un programa de electricidad de emergencia, que consistía en ocho horas encendida, 12 horas apagada. La aguda escasez generada tras los ataques de hace tres años obligó a cambiar este programa y a limitar el suministro de electricidad, sobre todo en el centro y el norte.

No puede entrar material para la reconstrucción de centrales de electricidad dañadas por los bombardeos o para su mantenimiento de rutina y el combustible que hace falta se le tiene que comprar a Israel -al vigilante- a precio de oro, a lo que se suma que la deuda de las centrales es tremenda, porque el 70% de la población no puede pagar sus facturas (el agujero es de mil millones de dólares).

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Así estaba la cosa cuando el pasa 16 de abril dejó de funcionar la única central que seguía activa en la zona. De los 210 megavatios de potencia de los que disponían a diario en Gaza mientras funcionaba dicha central, los gazatíes ahora ya solo pueden contar con unos 100 o 150, aproximadamente. Para suplir sus necesidades reales son necesarios entre 450 y 500 megavatios. No hay más que decir.

Todas las infraestructuras energéticas de la franja han sido dañadas por los sucesivos ataques de Israel de los últimos tiempos, en respuesta al lanzamiento de cohetes por parte de milicias armadas de Gaza, pero a esos desperfectos, de enorme impacto, ahora se suma una guerra política que impide la llegada de combustible: el Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) decidió suspender el subsidio que llevaba años proporcionando al Gobierno local de Hamás para el pago del carburante. Esto hizo que los ciudadanos pasaran de disponer de entre seis a ocho horas diarias de electricidad a menos de cuatro, con el caos en los servicios básicos y esenciales que conlleva.

Ahora, en una nueva vuelta de tuerca, el suministro no pasa de tres horas, ya que Israel ha aprobado la reducción del suministro eléctrico a Gaza a petición del presidente palestino, Mahmud Abbas, una decisión que ha sido duramente condenada por Hamás. Tras esta situación figura la lucha de poder entre Al Fatah -el partido de Abbas y su antecesor, el rais Yasser Arafat- y el Movimiento de Resistencia Islámico, cada cual mandando en uno de los dos principales territorios palestinos: Cisjordania y Gaza.

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Ibraheem Abu Mustafa / REUTERS
Unas mujeres palestinas cocinan durante un corte de luz en su casa del campo de refugiados de Khan Younis.

CADENA DE NECESIDADES

Si no hay electricidad, todo se desmorona, como ha constatado la UNRWA. Por ejemplo, el volumen de agua suministrada a los hogares, incluido el agua potable, ha disminuido de 90 litros por persona al día a 40 o 50 litros. Según la Organización Mundial de la Salud, el consumo mínimo debe situarse en 100 litros diarios. Si la central de Gaza continúa cerrada, los suministros de combustible de emergencia se agotarán, por lo que los generadores dejarán de operar para bombear el suministro de agua a las casas, reduciendo el abastecimiento a una vez cada cuatro días para el 70% de la población. Algo está entrando lentamente estos días desde Egipto, pero es absolutamente insuficiente, sostiene el Gobierno de la franja.

Uno de los impactos más peligrosos se produce en los hospitales, donde se trabaja bajo mínimos únicamente para mantener los servicios más críticos, como las UCI. Las cirugías, sin embargo, están teniendo que ser aplazadas, aumentando el riesgo de complicaciones. También se están reduciendo los servicios de esterilización y limpieza, con la posibilidad de infecciones que supone. Sin suministro eléctrico no se conservan bien la sangre, el plasma, las vacunas, la insulina... todo lo que necesita de un frigorífico en condiciones.

Según datos aportados por la OCHA, la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU en Palestina, si se agota el combustible para casos de urgencia, la situación podría poner en peligro la vida de los aproximadamente un centenar de recién nacidos en unidades neonatales de cuidados intensivos de Gaza, más otros cien pacientes ingresados en la UVI y otros 600 largos que dos o tres veces por semana necesitan ir a hemodiálisis.

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La contaminación ambiental y los riesgos para la salud pública ya están aumentando también por culpa de esta crisis, reduciendo el funcionamiento de los pozos de agua y las estaciones de bombeo al 60% y con las plantas de desalinización al 80% de su capacidad. Según el Servicio de Agua de los Municipios Costeros (CMWU en sus siglas en inglés, un proyecto con ayuda del Banco Mundial), con las cuatro horas de servicio que hay ahora no se puede completar los ciclos de tratamiento de las aguas residuales antes de ser bombeadas al mar, así que más de 100.000 metros cúbicos de aguas residuales sin tratar están siendo descargadas a diario en el Mediterráneo.

La falta de electricidad afecta también a la agricultura, pilar de la limitada economía de Gaza. Los agricultores deben utilizar generadores cuando no hay corriente, una carga adicional que pocos se pueden pagar y que tampoco garantiza el mismo rendimiento. Hasta un 40% más caro les sale producir. Según el Ministerio de Agricultura local, alrededor del 60% de las tierras agrícolas están en riesgo de convertirse en inutilizables debido a la crisis de la electricidad.

Y si producir se encarece, se encarecen los precios, y aunque no hay desabastecimiento en Gaza -algo que Israel se encarga de destacar cada poco-, apenas hay quien llegue a pagar lo que se pide por los bienes. Cuando una madre gasta a la semana 30 euros, por ejemplo, en leche materna para su bebé y el sueldo que entra en casa no llega a los 200...

Esto es Gaza, hoy, y cada día en los últimos 10 años, una situación agravada tras las ofensivas de 2009 (Plomo Fundido), 2012 (Pilar Defensivo), 2014 (Margen Protector)... Por eso la ONU es clara: "hay que actuar porque la catástrofe humanitaria es inminente".

Gaza, a oscuras

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