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Kadýrov, el último señor feudal en la Rusia del zar

29/05/2017 07:32 CEST | Actualizado 29/05/2017 07:32 CEST
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El expresidente checheno Akhmad Kadyrov, seguido por su hijo Ramzan, actual presidente de la región

Si obviáramos por un momento la figura de Vladimir Putin, Ramzán Kadýrov sería seguramente el político más conocido de toda Rusia. Lejos de ser un importante ministro o una figura emergente de la oposición, es el presidente de la República de Chechenia, una remota región del tamaño de la provincia de Cuenca poblada por apenas un millón y medio de personas en el país más grande de la Tierra.

Entonces, ¿qué hace a Kadýrov y a Chechenia especiales? La primera respuesta a este enigma la encontramos en la Historia. Tras el colapso soviético, y aprovechando el caos reinante en la nueva federación, los chechenos proclamaron de manera unilateral la independencia. El entonces presidente ruso Boris Yeltsin, incapaz de coordinar una intervención desde Moscú, tuvo que ver cómo los nacionalistas de Dzhojar Dudáyev creaban un Estado independiente de facto dentro la Federación Rusa. No sería hasta 1994 cuando el Kremlin, ya con menos problemas, lanzara una intervención militar sobre la pequeña república.

La guerra se prolongaría durante dos años y dejaría como balance más de 80.000 muertos y ningún claro ganador. Incluso algo tan celebrado en Moscú como la muerte de Dudáyed acabaría teniendo consecuencias negativas para el Kremlin: desprovistos de un liderazgo claro, muchos chechenos terminaron sirviendo en grupos más cercanos a la ideología salafista que al anterior nacionalismo secular. Combatientes procedentes de Afganistán y muy bien apoyados económicamente por distintas monarquías del golfo serían en la práctica los líderes de la nueva guerra.

Cuando en agosto de 1999 los tanques rusos volvían a Chechenia, ya eran muchos los que hablaban de la guerra santa que se libraba en la pequeña república. No obstante, no solo los chechenos habían cambiado; también en Moscú se habían extraído un par de lecciones del anterior conflicto. Para empezar, Putin y los suyos ya no buscaban ejercer un control directo sobre Chechenia; habían entendido que esto era sencillamente imposible. La nueva estrategia consistía en encontrar líderes locales que hicieran cumplir la voluntad de Moscú. Como si de un macabro casting se tratara, distintos jefes guerrilleros fueron sondeados y finalmente salió elegido Ajmat Kadýrov, en aquel momento muftí de la República de Chechenia.

Así, de ahora en adelante, desde el Gobierno federal ruso se ofrecería total apoyo político y militar a la recién nombrada nueva Administración de Kadýrov, que, a cambio, solo tendría que asegurar la estabilidad en la región, sin importar el método empleado. El pacto, de un pragmatismo aplastante, pronto empezó a dar sus frutos, y probablemente se hubiera mantenido hasta la actualidad de no haber sido asesinado Kadýrov en el año 2004.

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El Kremlin perdía a su hombre en Chechenia, pero Ramzán Kadýrov estaba listo para continuar con el legado de su fallecido padre. En chándal y con apenas 28 años, el joven líder checheno se presentaba en Moscú con el único objetivo de ganarse la confianza de Vladimir Putin. El trato volvería a ser apoyo político y económico a cambio de estabilidad en Chechenia.

Pero no debemos dejarnos engañar con eufemismos: 15 años de gobierno de Kadýrov han dejado claro cuál es el tipo de estabilidad que ha elegido el Kremlin. Es cierto que el número de atentados y guerrillas activas en la región se ha reducido considerablemente. No obstante, esto no ha sido fruto de una cuidada y estructurada política social. Sencillamente, Kadýrov hijo ha demostrado ser el mejor matarife entre los matarifes al llevar a cabo una represión tremendamente violenta, pero selectiva.

El presidente de la República de Chechenia es, ante todo, temido. Solo a partir de este punto podríamos valorar la constante presencia de Kadýrov en los medios de comunicación y redes sociales. El checheno es toda una estrella de Instagram, donde, más allá de contarnos su a día a día, promueve su peculiar manera de pensar.

Puede que Moscú haya dejado claro que no va a tolerar el salafismo o un nacionalismo abiertamente independentista en Chechenia. No obstante, sí parece dispuesto a convivir con lo que llamaremos kadyrovismo. A grandes rasgos desde la Administración de la pequeña república se ha apostado por una fuerte personalización de la política: Kadýrov sirve para representar el papel de Chechenia dentro de Rusia; siempre independiente, con sus costumbres y tradiciones, pero leal a Vladimir Putin.

¿Hasta cuándo durará este matrimonio de conveniencia? Es difícil de decir. Si bien es cierto que a día de hoy ambos presidentes están perfectamente asentados en el poder, esto no garantiza una paz a largo plazo. Kadýrov, por muchos seguidores que logre acumular en Instagram, sigue siendo tremendamente dependiente de las ayudas económicas rusas. Conviene recordar que estas, a diferencia del terror y la violencia, sí tienen un límite claro. Cada vez que oímos noticias sobre una recesión en Rusia, debemos pensar inmediatamente en Chechenia.

Además, Kadýrov, pese a lo que en un primer momento pueda parecer, no es demasiado popular entre los chechenos. El líder no ha logrado deshacerse del estigma de ser un colaborador del enemigo. No es difícil imaginar que con una Rusia en retirada los chechenos acabaran dando la espalda a sus actuales dirigentes. Un final que, sin dejarnos engañar de nuevo por los eufemismos, tiene pocas posibilidades de ser pacífico.

El autor forma parte del equipo de El Orden Mundial

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