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Anatomía de unas elecciones históricas en EEUU

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Foto: EFE

Pese a que esta larga campaña parece haber puesto Estados Unidos patas arriba, echando un vistazo al mapa que proyectan la media de encuestas se aprecian más continuidades que disrupciones con respecto a las presidenciales de 2008 y 2012: las manchas rojas y azules siguen estando, en líneas generales, donde solían estar.

Sin embargo, si se desciende a analizar lo que sucede en el interior de algunos estados, se aprecian movimientos de la gran batalla demográfica de este 2016. Una pugna no tanto desde el punto de vista de la etnia o la edad (como se asume sucedió en las dos elecciones anteriores) como del nivel socioeducativo de los votantes blancos.

¿Cómo explicar que Iowa y Ohio, estados del Midwest ganados con distancia por Obama en 2012 -y sobre todo en 2008- puedan teñirse de rojo (según la media de encuestas elaborada por Real Clear Politics? ¿Cómo explicar que Clinton esté, según los mismos datos, ligeramente por delante en Arizona, donde sólo se ha votado por un demócrata en una ocasión desde 1952, o que el resultado en Georgia o Carolina del Norte dependa según la jerga electoral "de una moneda al aire"?

Para intentar responder a estas preguntas hay que retrotraerse a las elecciones anteriores y comparar el desempeño de los actuales candidatos con los resultados de sus predecesores, Obama y Romney, en los estados y grupos de población claves.

El disputado voto blanco

Según los pronósticos, Trump dilapidaría la victoria obtenida por Romney entre los votantes blancos con estudios universitarios (y muy especialmente entre las mujeres) y empeoraría considerablemente los resultados republicanos entre los votantes no-blancos (grupo de población en el que Romney ya obtuvo pobres resultados frente a Obama). Por contra, Trump parece confiar plenamente en los hombres blancos, de clase trabajadora y con menos estudios para recorrer el camino hacia la Casa Blanca.

Que Trump no es un candidato al uso lo evidencia el posible retroceso en territorios sólidamente republicanos como las ya mencionadas Arizona o Georgia, Kansas (donde reduciría a la mitad la victoria por 22 puntos obtenida por Romney en 2012) o Texas, donde se pasaría de un escenario próximo al 60% de voto favorable a los republicanos a una victoria apurada.

El caso de Utah, donde el mormón Romney arrasó frente a Obama, es especial pero ilustrativo: allí, un conservador independiente recoge la indignación de la numerosa comunidad mormona, la más fiel a los republicanos, y planta cara a los excesos de Trump.

¿Puede ganar Trump apoyándose desproporcionadamente en un segmento de población mientras pasa por alto la desconfianza -o el pánico- que genera en otros?

Estos retrocesos pueden explicarse por la combinación de los dos factores mencionados: por un lado, el rechazo que genera Trump entre los votantes no blancos -algo en absoluto desdeñable considerando que en la mayoría de los estados del sur estas comunidades representaron ya en 2012 más del 35% de los votantes potenciales-; y por otro, el abandono del barco por parte de votantes blancos entre los que el discurso divisivo y populista no estaría funcionando.

Un candidato republicano normal no estaría, seguramente, afrontando estos problemas con los votantes blancos sureños y con estudios universitarios (Romney cosechó el 75% de los votos de este segmento en Georgia, por ejemplo) e incluso podría optar a mejorar los números de 2012 entre las minorías con alguien como Marco Rubio -la gran esperanza republicana pulverizada en primarias- o Jeb Bush, quien era el preferido para los latinos frente al radical rechazo profesado a Trump ya antes de erigirse en candidato.

Pero el estilo y la campaña de Trump distan de ajustarse a lo canónico para un candidato republicano. El magnate ha seguido el manual en tres pasos del populismo de derechas que describe John B Judis en The populist explosion: un abajo ("la mayoría silenciosa") es convocado para atacar -hacia arriba- cierta idea de élite política, ideológica y/o cultural -incluyendo la propia del partido republicano- pero también para establecer conflicto con grupos del abajo convertidos en afuera por razón de su adscripción religiosa u origen nacional.

Considerando el desarrollo de la campaña y sus puntos de ruptura, la dimensión socioeducativa jugará esta vez un importante papel en varios estados cruciales del sur y el medio-oeste. Por otro lado, el electorado es -básicamente- más blanco, más envejecido y menos educado de lo que generalmente se asume en los relatos sobre el final de la América blanca-anglosajona-protestante y de lo que suelen mostrar los estudios pre-electorales.

Estas serían, aparentemente, buenas noticias para Trump. Su amplia ventaja entre la población blanca y sin estudios se muestra consistentemente en multitud de encuestas (entre la población masculina con esas características, su ventaja sería particularmente apabullante). Es también en este grupo de población en el que Trump puede hacerlo significativamente mejor que Mitt Romney y el único en el que Hillary Clinton empeoraría los resultados de Obama.

En este punto, la pregunta es evidente: ¿puede ganar Trump apoyándose desproporcionadamente en un segmento de población mientras pasa por alto la desconfianza -o el pánico- que genera en otros? La respuesta depende, naturalmente, de muchos factores, pero uno de ellos es de naturaleza estructural: no hay que olvidar que la elección presidencial es la suma de 51 votaciones simultáneas (50 estados más el Distrito de Columbia) para conformar un colegio de 538 compromisarios que designa finalmente al presidente y al vicepresidente. El candidato vencedor en cada estado, aunque lo sea sólo por un puñado de papeletas, se llevará el total de compromisarios elegibles por el territorio (salvo Nebraska y Maine, que dividen la representación).

Clinton parece avanzar considerablemente en todo el país entre los votantes blancos con formación universitaria, incluyendo el sur, pudiendo romper un nuevo techo de cristal.

Este hecho sitúa el foco sobre los swing states, aquellos territorios considerados a priori "no seguros" para ninguno de los dos partidos y en los que se encarniza la disputa electoral.

Para determinar cuán efectiva puede resultar la apuesta de Trump en la selección de su electorado hay que preguntarse primero qué estados dependen de esos pocos votos, en cuáles puede compensar sus pérdidas con sus ganancias y en cuáles puede aprovechar las debilidades de Clinton.

Compensando daños

Según las estimaciones de Nate Silver, Clinton empeoraría los resultados de Obama en 10 de los 12 swing states, entre ellos Iowa, Michigan, Ohio y Wisconsin, estados medio-occidentales con grandes proporciones de votantes blancos, con peso de la industria automovilística o del acero y que resultaron cruciales para las victorias de Obama al mejorar éste los resultados de los demócratas Gore y Kerry en los estados mencionados.

Aunque no suele resaltarse demasiado en el relato post-electoral que atribuye el éxito de Obama al apoyo de minorías y jóvenes, sus victorias se sustentaron en buena medida en el cortafuegos del Medio-oeste y, a nivel nacional salvo en el sur, en unos resultados mejores de lo previsto por las encuestas entre los votantes blancos (incluidos los de clase trabajadora).

Según indican las encuestas, Hillary Clinton podría afrontar pérdidas significativas entre los votantes blancos menos formados en el noreste y el medio-oeste (donde Trump ha intensificado su campaña en las últimas semanas), pero apenas bajaría del suelo del 26% encontrado por Obama entre ese electorado en latitudes sureñas). Sin embargo, Clinton parece avanzar considerablemente en todo el país entre los votantes blancos con formación universitaria, incluyendo el sur, pudiendo romper un nuevo techo de cristal: como recordaba recientemente Michelle Diggles, los demócratas no han ganado este grupo de población en los últimos 50 años y ahora Hillary estaría en disposición de hacerlo.

Así, Clinton se muestra más competitiva de lo esperado en el sur porque incorpora votantes más improbables en condiciones normales en un entorno donde los demócratas tienen mucho por ganar. Exactamente lo contrario sucede en el caso de Trump, quien ha conseguido abrir la puerta del norte y de los trabajadores blancos con su retórica proteccionista y anti-establishment.

Aunque estas sumas y restas dejan a Clinton mucho más cerca de los soñados 270 compromisarios necesarios para ser nombrada presidenta (70% de posibilidades para la demócrata según Silver), si algo nos ha enseñado esta interminable campaña es que puede suceder cualquier cosa. Estados Unidos está ya en la semana decisiva, la semana más larga hasta el 8 de noviembre.