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30 años después

12/06/2015 07:13 CEST | Actualizado 11/06/2016 11:12 CEST

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Foto: EFE

El 12 de junio se cumplen 30 años de la firma del Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas. La fotografía que inmortalizó la firma de los documentos diplomáticos por el presidente Felipe Gonzalez y el ministro Fernando Morán, observados con atenta mirada por el Rey Juan Carlos I , nos devuelve el recuerdo de aquellos líderes jóvenes en aquella España ilusionada.

Una gran ola de satisfacción y esperanza recorrió España: abandonamos dos siglos de aislamiento y casticismo y ocupamos nuestra lugar en el espacio público europeo, el de la libertad, la democracia y los derechos humanos.

Atravesar ese umbral acarreaba también unas consecuencias económicas y comerciales inéditas, pero nosotros, y nuestros socios, superamos el enojoso periodo de negociación conscientes de que, más allá de la Unión Aduanera o del Mercado Común, lo que se abordaba preferentemente era la gran empresa política de nuestra incorporación al proceso de integración europeo por la que habían batallado lo mejor de la España ilustrada y la que había permitido el reencuentro de todos los españoles al final de la Dictadura, en un consenso, casi unánime, que nunca será suficientemente ponderado.

30 años después, el balance es obligado: los proyectos políticos no son otra cosa que propósitos y profecías que sólo el tiempo juzga de manera irrefutable.

En aquel momento, nuestra previsión era que para nosotros Europa sería tan buena medicina, en lo político, económico y social como lo había sido para los que iniciaron en 1951 en este viejo solar europeo la aventura más grande de la historia, la de poner paz donde solo hubo cruelísimas guerras y levantar una Comunidad solidaria donde solo hubo grandes egoísmos nacionalistas.

En este momento es incuestionable que nuestras esperanzas y propósitos no resultaron vanos.

Entre las muchas conclusiones que parecen pertinentes quiero rescatar el acierto de quienes, con Felipe Gonzalez y contra los vientos nacionalistas y las mareas izquierdistas, afirmamos que al compartir soberanía no perderíamos ni un ápice de nuestra identidad y que la interdependencia nos colocaría en una posición más favorable para nuestros intereses que la retórica de las independencias patrias.

Nuestra pertenencia a la entonces Comunidad, y hoy Unión Europea, nos ha hecho más capaces y fuertes frente a los retos y amenazas del mundo global. Ciertamente Europa no es un lugar donde se atan los perros con longanizas ni nuestra incorporación supuso atravesar las puertas del Paraíso. Afortunadamente, me atrevo a señalar, a la vista de que no ha habido ni una sola promesa de paraíso teórico que no se haya materializado en un infierno real. Pero no cabe duda que nos ayudó, y mucho, a cuestiones menos grandilocuentes, pero muy útiles y necesarias, como, entre otras, fortalecer nuestra democracia, modernizar nuestras infraestructuras, tener una moneda estable y pagar unos intereses moderados, o disponer de un mercado de 500 millones de consumidores para nuestra agricultura, nuestra industria y nuestros servicios.

No fue poca ventura el hacer de España un país normal que cambió sus problemas peculiares, que no eran pocos ni irrelevantes, por los problemas habituales en la Europa Comunitaria. Y hacer, también, que España aportara sus capacidades, su cultura y su vibrante compromiso europeísta, de manera que es ampliamente reconocido, por la doctrina y los responsables de la Unión, que nuestra entrada y nuestra activa presencia institucional ha significado la más exitosa de las siete ampliaciones efectuadas en la historia de la Unión. Esperemos que en las iniciativas que forzosamente han de tomarse para salir de la crisis social y política que sufre la Unión, España aporte el concurso entusiasta y eficaz que realizó en la década de los noventa.

Y, por último, nada nos ha impedido unir a nuestra ciudadanía y a nuestra identidad española la común ciudadanía y la incipiente identidad europea. Somos más interdependientes, ciertamente, pero infinitamente más relevantes y dueños de nuestros destinos que cuando existían las fronteras que nos empequeñecían y nos separaban de nuestros vecinos y hermanos europeos.

Hoy, cuando las graves dificultades que acarreó a mucha gente la crisis y los cambios de la mundialización vuelven a poner en valor os mantras románticos de las identidades nacionales, y hoy, cuando se vuelven a reivindicar las virtudes protectoras de viejas o nuevas fronteras, el sereno balance de estos treinta años de nuestra pertenencia al espacio común europeo puede dar algún elemento de reflexión para quienes no desdeñen las lecciones de nuestra historia, donde se verificó el lema comunitario "La Unión hace la Fuerza", como la guía más razonable para abordar nuestro común futuro.

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