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El salto

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El salto de Safo, de Mayte Piera.

Un techo puede ser lo más parecido a la bóveda celeste; por su forma, por lo elevado, por lo intangible, por lo inabarcable. En el tiempo récord de un año habíamos conseguido reparar el tejado; para estar tan lejos y tan a desmano, no estaba mal la plus marca. Ahora tocaba, sin dilaciones, proteger la madera con pintura, sobre todo en la terraza, de las inclemencias del tiempo. Era mi turno. Era verano. Me compré una escalera y una pértiga. Me organicé el trabajo en las jornadas de las que disponía.

- Un planing se llama. - Le decía yo a los gatos que pasaban a fisgonear.

- Y calcular que si todo marcha bien, en una semana podrá estar acabado. - Se alejaban con los rabos bajos y desilusionados.

Todos los días me levantaba al amanecer y, acompañada de una botella de agua congelada, me dirigía a mi faena. Las labores de contorsión no me acobardaban, estaba curtida en trabajos náuticos de posturas invertebradas, pero aquí se añadía la atracción del abismo, encaramada en lo alto, en una terraza sin barandilla. A los dos días tenía una tortícolis de muerte, una centésima del trabajo esperado hecho y una desmoralización preocupante; al tercero me había comprado un compresor. La máquina no mejoró mis músculos maltrechos pero sí me hacía avanzar más rápido. Aunque, ante las miradas inquisitoriales de los vecinos con los que me cruzaba, decidí no utilizarlo a la hora de la siesta y seguir con el rodillo neolítico; yo era una extranjera y me había dispuesto a pasar desapercibida.

Lo peor era subir todos los utensilios a la casa, porque el pueblo, como muchos otros de las islas griegas, está colgado del monte y no puedes dar dos pasos sin subir una cuesta, lo que lo hace complicado incluso para los automóviles. Los habitantes tienen bombas hidráulicas por corazones y su longevidad es sorprendente, de hecho el nombre Ευγηρος, viene de καλἀ γεράματα, es decir, la buena vejez. Pero a mí me costó coger fondo unos cuantos días de sube y baja.

A menudo me quedaba obnubilada, observando los campos allá abajo con las ovejas pastando y el cabo Ducaton al fondo, me detenía en cada detalle y me olvidaba del grosor de la brocha que se transformaba en el fino pincel para copiar la naturaleza. Tenía la sensación del vuelo, planeando sobre las montañas, descendiendo suave sobre el valle y remontando un poco más tarde hasta donde empezaba el mar; para llegar a los blancos acantilados que dan el nombre leuco a la isla de Lefkada. Blanca la pintura, blancas las manos, blanco el tejado, blanco el cuerpo y los ojos, todo era blanco y luminoso. Demasiado.

El cabo Ducaton , en Lefkada, es conocido por haber servido de trampolín a amantes despechados que querían curarse de su pasión no correspondida y borrar, a través de un salto certero, el dolor corrosivo del desquerer. Si sobrevivían se deshacían en el salto de todas las desdichas y sufrimientos. Sus cortadas se hicieron famosas como recurso infalible para el olvido. Los oficiantes hacían ofrendas, de las que los sacerdotes daban buena cuenta, y los pescadores avispados sacaban del mar los despojos, cobrándoles un buen dinero si respiraba todavía. El rescatado pagaba gustoso, anonadado y feliz por haber sobrevivido ¿Cómo no se le iba a olvidar cualquier cosa? Bastantes pocos consiguieron salir con vida, pero todos, todos, olvidaron.

Pero quien acabó por dotar de renombre al cabo para la posteridad fue Safo, la poetisa de Mitilini. Debió penar mucho por su amado barquero Faon, para viajar de una parte a otra de Grecia y suicidarse justamente aquí, en el "Salto de Safo". Es posible que nada de esto sea cierto, pues muchos relatan que envejeció y murió en Lesbos, su tierra, pero no importa la verdad, la fábula al fin y al cabo, hace más llevadera la vida. Y a mí me entretenía en mi pintura; que más se puede pedir.

Entre ensueño y espejismo fui acabando mi cometido. Estaba cansada, mareada, veía estrellitas y me movía como un pinocho de madera, con todos los músculos agarrotados. Cuando ya me iba, al pasar por delante de la taberna, alguien me llamó. Yo frené. Girarme no podía. Di marcha atrás. Me olvidé del desnivel. Di marcha atrás. Y sentí un vacío, una pérdida de sustentación, unas ruedas girando en el aire... Me caí a la cancha de baloncesto. Ahí morían mis sueños de vivir de incógnito y no dar el cante, en el bochorno de la tarde y en el de mi amor propio. ¡Cómo envidiaba a Safo en su fatídico salto, para desaparecer de allí cuanto antes!

Vula, la tabernera, se asomó a la terraza y sin preguntarme nada empezó a llamar a unos y a otros. Pronto apareció medio pueblo armado con palos, piedras, gatos y planchas; se les notaba acostumbrados a estos menesteres y tras grandes discusiones y forcejeo, lograron sacar el coche de allí. Todos sudábamos y resoplábamos. Durante algún tiempo me resigné a ser la "hispanída" que se había caído a la pista de baloncesto. Pero un día me consoló la estupidez de no ser la única. En una curva me encontré a todo el pueblo vociferando con palos, piedras, gatos y planchas; abajo, despeñado por un barranco estaba el coche de un vecino que venía un poco tarde de tomar ouzos.

Adaptación de Sotiris Kakisis del fragmento 95 de Safo (libro V) cantado por Eleftheria Arvanitaki.

Ήρθε και τρύπωσε ο Ερμής στο όνειρό μου μέσα
και του είπα·"Αφεντάκο μου, πώς χάθηκε η ζωή μου
Και δε γελώ, δε χαίρομαι, μήτε τα πλούτη θέλω
μα κάποιος πόθος με βαστά, ζητάω να πεθάνω
Τις υγρές να δώ με τους λωτούς, του Αχέροντα τις όχθες".

Vino y se deslizó Hermes en mi sueño,
y le dije "Mi Señor, cómo se perdió mi vida.
Ni me río, ni me alegro, ni las riquezas busco,
tan solo un deseo me sostiene : quiero morir
Ver las aguas con lotos, las orillas
del Aqueronte".

Este post fue publicado originalmente en el blog de la autora.