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No lo digo yo

22/01/2016 20:59 CET | Actualizado 22/01/2017 11:12 CET

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Foto: EFE

Cuando uno se levanta un día creyéndose, por poner solo un ejemplo, sin pensar en nadie en concreto, que es el legítimo representante del Pueblo, así, en mayúsculas, en su conjunto y sin excepción; cuando uno dice que con su partido por fin "ha entrado la gente en el Congreso", como si los millones de votantes de las restantes fuerzas no merecieran esa consideración y fueran otra cosa distinta; cuando uno articula un partido, deprisa y corriendo, para poder concurrir a unas elecciones, en torno a un líder (Él) casi omnisciente, infalible para sus seguidores, es muy posible que un día infausto -una mala tarde la tiene cualquiera- el líder se pase de frenada, todo se venga abajo y queden las cartas boca arriba.

No digo yo que eso sea lo que ha pasado en las últimas horas con Pablo Iglesias y Podemos. No lo digo yo, humilde, aunque experimentada diputada, porque no hace falta que lo diga. Los hechos son poderosos e incontestables y, como se dice en mi tierra "lo que está a la vista, no necesita espejuelos".

La rueda de prensa que Pablo Iglesias y lo que se ha dado en llamar -no lo digo yo, insisto- su "gabinete en la sombra" han ofrecido tras la reunión con el Rey Felipe VI lo que puede ser un ejemplo de nueva política, si es que por ella entendemos robar titulares, acaparar atención mediática y abrir informativos, aunque esto suponga, por este orden, abandonar y pisotear lo que se ha venido defendiendo hasta el minuto anterior, ignorar a los círculos, asambleas y militantes que -creíamos ingenuamente-- eran lo importante en Podemos y, sobre todo, reírse en público de Pedro Sánchez y, de paso, de todo el PSOE, haciendo un anuncio de esa trascendencia sin hablar antes con el segundo partido más votado y uno de los candidatos a formar Gobierno.

Y si esa "nueva política" supone retransmitir al segundo las negociaciones como si llegar a acuerdos para gobernar el país fuera Gran Hermano, esa "nueva política" es intentar humillar en público a una periodista porque no hace preguntas cómodas y suaves, con un comentario sobre su abrigo que destila machismo, clichés y clasismo todo en uno, no vamos bien. Como dijera Ortega desencantado de los usos y formas radicales en la Segunda República: "no es esto, no es esto".

Que un líder político que ha jurado y perjurado, en los varios idiomas que conoce, que jamás gobernaría con el PSOE diga ahora, sin consultar con sus bases que son, según el discurso de Podemos, quienes deben decidir, que no solo le parece bien, sino que va de vicepresidente con los representantes de su tan odiada "vieja política" podría parecer una contradicción, pero no seré yo quien lo diga.

Que ofrecer no ya un pacto, sino un gabinete bien armado, con sus Ministerios (uno Plurinacional, incluso) y sus ministros y ministras, choque frontalmente con las declaraciones de que esto de gobernar no era un cambio de cromos ni un reparto de sillones, quizá huela a incongruencia, pero, créanme, no es así.

A mí, honestamente, no me parece que haya incongruencia, ni contradicción alguna. Antes bien, estamos asistiendo, por fin, y ya venía siendo hora, a la manifestación más sincera de todas las que han hecho los miembros de Podemos, en especial su líder y fundador.

Por fin se ha mostrado -no solo a unos pocos privilegiados, sino al público en general, sin duda ansioso de conocerla- la verdadera hoja de ruta de Iglesias.

Las bases, los círculos y las ideologías, las convicciones personales y colectivas se pueden cambiar tranquilamente por sillones -que nada tienen de circulares- en el Gobierno y por puestos en el Consejo de Ministros. Si para ello hay que decir hoy 'Diego' donde ayer dije 'digo', se dice y no pasa nada.

Si para ello hay que ningunear a nuestros votantes, a la militancia -utilizando el ayer tan denostado "dedazo"- a un partido, el PSOE y su líder y usar a quien antes hemos despreciado profunda y profusamente (IU), tampoco pasa nada. Ya idearemos un nuevo golpe de efecto que eclipse todo lo anterior, que para eso somos politólogos y avezados publicistas.

Lástima que ya haya acabado la campaña electoral y que gobernar sea algo más que acaparar titulares y flashes. Lástima que esto no sea Juego de Tronos, sino algo que precisa -por fortuna- de muchas menos cabezas cortadas y muchas más cabezas pensantes.