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Japón dos años después. El grito de Kamaishi (II)

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En Japón existe una antigua práctica llamada Ubasuteyama (姥捨て山 ) que narra cómo antaño los más jóvenes abandonaban a sus mayores en la montaña para que el resto de la familia subsistiese ante una hambruna. La muerte, aceptada por la sociedad como un símbolo de honor, es difícil de explicar a los extranjeros -dice Yamaguchi- y en Tohoku, muchos de los mayores han decidido no irse, porque prefieren morir antes que ser una carga para sus hijos.

El vicealcalde de la región de Kamaishi, Yoshikazu Shimada, explicaba en una reunión en el centro de coordinación para la reconstrucción de la ciudad, que la situación de la zona ya era precaria por el envejecimiento de la población antes del tsunami y no únicamente en el norte, sino en todo Japón, se enfrentan a una situación de envejecimiento en su demografía ante la que el Gobierno central aún no sabe bien cómo responder.

Hace pocos días, el ex primer ministro Japonés y actual ministro de Finanzas, Taro Aso, afirmaba ante los medios internacionales que aprobaba la muerte voluntaria de aquellos ancianos que lo desearan. Lo que la prensa no reprodujo fue el enorme impacto que estas palabras tuvieron en los medios sociales que masivamente apoyaron al político en su declaración.

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Viviendas temporales del arquitecto Riken Yamamoto en Miyako-Iwate. Foto: AG

La tragedia ha causado daños materiales pero sobre todo, la sociedad ha sufrido un cambio radical ante la imposibilidad de sobrevivir a la crisis y el resultado del planeamiento urbano propuesto por el Gobierno no contempla las ayudas a la estructura del negocio tradicional que los mayores han regentado durante toda una vida. Ello ha promovido un agitamiento social que en esta circunstancia se traduce en una silenciosa agonía de la población que carga con el dolor de haber sido arrancados de su hogar y de haber perdido a sus hijos y nietos a causa del tsunami. Por si no fuera poco, la esperanza de ver a gente en esta región desolada se reduce paulatinamente y no es extraño que los rumores de más suicidios en esta región se incrementen cada día.

La situación es muy compleja -dice Yamaguchi- porque existe una especial dificultad de comunicación entre el Gobierno central y la gente del norte. La ausencia de líderes que representen al pueblo, en muchos casos porque han fallecido o bien porque no existían antes del tsunami, hace de la propuesta gubernamental un monólogo al que la ciudadanía no sabe bien cómo responder.

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Pueblo de Kerobe visto desde la playa, Kamaishi-Iwate. Foto: AG

En esta situación, ha habido destacadas figuras que han mediado entre los pescadores y el pueblo. Un ejemplo clave ha sido el arquitecto Toyo Ito, encargado de la restauración y del nuevo planeamiento de Kamaishi, en la provincia de Iwate, que ha sabido hablar con los pescadores para saber qué esperan de sus nuevas ciudades y trabajar codo con codo con los voluntarios. En la provincia de Miyagi, el arquitecto Shigeru Ban supo en su momento reaccionar a tiempo para organizar un espacio temporal inmediato tras la catástrofe, y muchos otros grupos de arquitectos, como Sou Fujimoto, Kumiko Inui o Akihisa Hirata han propuesto piezas clave en la estructura de la ciudad como los espacios-asamblea que permiten a la comunidad reunirse en un refugio comunitario.

En varias de las regiones desoladas, el grupo Archiaid, con Yoshiharu Tsukamoto a la cabeza y el estudio de arquitectura de Kazuyo Sejima han propuesto lugares de encuentro social que, entienden, es la clave de una sociedad que está cayendo en el aislamiento y la oscuridad. El espacio de asamblea da voz a los que necesitan expresar su dolor y compañía a quienes necesitan compartir el duelo.

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Espacio de asamblea del arquitecto Rken Yamamoto en Kamaishi-Iwate. Foto: AG

Algunas de las regiones de las tres prefecturas del norte han destacado por su rápida reacción tras la tragedia gracias a figuras que han salido del anonimato para consagrarse como portaestandartes de la superación y del valor ante la adversidad. Este es el caso de Tatsushi Shimomura, líder del pequeño pueblo de Kerobe, en Kamaishi, que supo reunir a los suyos inmediatamente después del tsunami para acordar las peticiones y el diálogo con el Gobierno central. Hoy en día, el pueblo está casi reconstruido, y el límite bajo el que no está permitida la edificación ha sido marcado por sus propios habitantes.

Un caso sobrecogedor es el de Mikiko Sugawara, que lejos de ser el ama de casa de antaño, se ha convertido en la voz y la fortaleza de la ciudad de Rikuzentakata y ha hecho de su dolor un arma con el que defender los intereses de su pueblo ante el Gobierno.

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El coordinador de la reconstruccion de Tohoku-Mikio Yamaguchi y la señora Mikiko Sugawara ante el pabellón de Rikuzentakata-Iwate. Foto: AG

Ahora solo cabe esperar que haya voces al otro lado que recojan el grito de auxilio del norte de Japón y se animen a contactar con la región a través de los voluntarios las grandes corporaciones, los estudios de arquitectura y los organismos de cooperación.

TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA SERIE:

>> El grito de Kamaishi (I)

>> El grito de Kamaishi (II)

>> La humildad de lo temporal