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El holocausto de los fumadores

26/03/2017 18:38 CEST | Actualizado 30/03/2017 07:25 CEST
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La sociedad fumífera: ascenso y caída del humo de tabaco.

Primera advertencia sanitaria

No he fumado antes, durante ni después de la escritura de este texto.

Segunda advertencia sanitaria

He probado otras drogas sin disponer de toda la información que debería tener el consumidor.¡Muerte al prohibicionismo!

Crecimiento y ocaso del hombre fumígeno

Fumar se ha asociado con la soltería, el alto estatus económico y el éxito social. ¿Cómo la solera del hombre fumígeno llegó a un declive tan repentino?

En realidad, el mundo ha combatido el hábito de fumar desde hace cuatro siglos, mucho antes de que se impusiera el pensamiento único del tabaco como una simple cuestión de salud. Según el sociólogo norteamericano Randall Collins, el análisis histórico desmiente el cáncer, la adicción y la publicidad como los tres grandes pilares del movimiento antitabaco. Collins nos recuerda que el clero cristiano calificó el fumeteo como un vicio y que autócratas como el zar ruso, el sultán turco o el sha de Persia trataron de erradicar el tabaco castigando a los fumadores con penas como la amputación de los labios o la ingesta de plomo fundido. Aunque la población alemana fue muy dada al consumo de metanfetaminas, los nazis encabezaron la guerra contra el tabaco. ¡Hasta los smokers pueden ser víctimas!

Según Collins, hay que contextualizar el acto de fumar como un ritual y no solo como una adicción que legitima las políticas de control social. En pocas palabras: Robinson Crusoe no tendría la costumbre de fumar, tomar café o beber té en su solitaria isla.

Tercera advertencia sanitaria

El tabaco apesta, así que no se confundan: Randall Collins está equivocado. Su tesis es que el rechazo al humo del tabaco se debe a los gustos de cada época y a la presión de los movimientos antitabaco. Creo que este académico ha desplegado toda su artillería intelectual para justificar su condición de fumador. Él ignora o desconoce cómo las empresas tabacaleras se convirtieron en mercaderes de la duda; los escépticos del cambio climático (el primo de Rajoy) eran los mismos truhanes que ocultaron sistemáticamente las evidencias científicas contra el tabaco.

El estanco

No discuto la ley antitabaco. Recelo, principalmente, de la falta de debate ciudadano. Se discutió hasta la extenuación sobre las consecuencias de un mundo sin humo de tabaco (¿qué pasa con el humo de los coches?), pero apenas se vio una deliberación seria y no guiada. No hubo ningún debate real sobre el civismo. Tuvimos amagos de desobediencia civil que daban vergüenza ajena. Llegaron los biombos separadores en los restaurantes, después la prohibición total... y ahora se vulnera la ley con timidez (en bares y conciertos, para empezar). Hasta que se pierda el recato.

La ley antitabaco llegó con tanta frivolidad como la ley antibotellón. En cuanto a esta última, los periodistas se desplazaban a botellones llenos de adolescentes desfasados para preguntarles qué les parecía la medida. Era como si preguntaras a un toxicómano qué le parece la prohibición de la heroína y encima te sorprendiera una respuesta irreflexiva o poco mesurada. El cuarto poder no ha hecho mucho por los foros públicos, la verdad.

Antes ponías en riesgo tu vida (y la de los demás) al conducir fumando, ahora pones en riesgo tu vida (y la de los demás) 'whatsappeando'.

Los genocidas

No sabemos exactamente quién hirió de muerte al tabaco. Está claro que los motivos de salud pública han tenido mucho peso, sobre todo en plena crisis del estado del bienestar, dado que los fumadores se convierten en una carga para el sistema sanitario (la guerra contra el azúcar ya ha empezado y celebro este nuevo belicismo). No sé si hay que temer un regreso masivo de fumadores en un futuro próximo. Me hubiera gustado menos "frentismo" por parte de los no fumadores (aquí he militado en las barricadas de la intransigencia) y más civismo por parte de aquellos que fumaban en ascensores, aviones, escuelas y hospitales por igual.

La herida mal cerrada nos lleva a situaciones parecidas en contextos más reducidos: ya no se fuma dentro de los bares, pero se dan los mismos problemas en las terrazas, en las puertas de entrada de los hospitales y en los centros escolares. No hemos aprendido nada.

Hemos creado una gran muralla legal para que no entren los terroristas fumíferos, pero el enemigo sigue dentro de nuestras fronteras.

Tengo una hipótesis antropológica algo débil sobre la muerte del tabaco: la nomofobia y las nuevas tecnologías digitales han podido arrinconar este hábito. Antes esperabas fumándote un cigarro, ahora toqueteas un smartphone. Antes ponías en riesgo tu vida (y la de los demás) al conducir fumando, ahora pones en riesgo tu vida (y la de los demás) whatsappeando.

No hay tanta adicción a la nicotina como a la actividad táctil y prensil. Los micro-orgasmos producidos por las tecnologías hápticas han ayudado a cambiar las costumbres fumíferas del ciudadano.

La solución final

Forcemos el debate, aunque parezca contraproducente. Añadamos al argumento de la salud pública cualquier elemento que resulte de interés, como la importancia creciente de la contaminación olfativa.

Hagámoslo por respeto a la memoria histórica, antes de que los "fumadores sociales" (he aquí un pleonasmo) olviden los verdaderos motivos de su derrota. La guerra contra las drogas se ha rendido a una propaganda tan negra como los pulmones de un fumador y se ha habituado a los intercambios de prisioneros (fumadores empedernidos convertidos en talibanes antitabaco y viceversa).

La inscripción de los fumaderos podría ser: "La defensa de la conversación, y no fumar, os hará libres".

La colilla

Como no fumador, estoy dispuesto a fumarme la pipa de la paz, con la condición de que los fumadores acepten un debate sosegado con una taza de té entre sus manos.

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