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Maruja Mallo, el arte de ser asombro

09/12/2015 07:00 CET | Actualizado 08/12/2016 11:12 CET

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Fue la más vanguardista y extraña de las artistas españolas del siglo xx. Amante de Alberti en la juventud y amiga de Lorca y Neruda, se convirtió en la diosa española del surrealismo. La Guerra Civil la condenó al exilio durante 25 años y, al regresar en los años 60, se convirtió poco a poco en referente de modernidad y en una de las imprescindibles del Madrid de la Movida. Una dama fascinante.

Maruja Mallo gastaba una frase monumental para concentrar en un puñado de palabras la esencia de España: «Aquí la culpa de todo la tiene la jodía mística». Es una sentencia tan incalculable que a veces parece exactamente cierta, entera, posible, letal. Maruja Mallo es uno de esos seres que irrumpen en la vida para el oficio de voltearlo todo. Su única misión es ser distinta y parecerlo. Pintar a su manera, blasfemar sin dios ni amo, revocar cualquier leyenda que le aceche haciendo de sí misma algo aún más alucinado. Maruja Mallo es una libertaria de la libertad que limita al norte con el chispazo verbal de Ramón Gómez de la Serna y al sur con el enigma corporal de Tórto-la Valencia. Hasta hace 20 años te podías cruzar con ella por la calle Núñez de Balboa de Madrid. Llevaba los ojos pintados locamente, como si mirase a través de dos murciélagos.

Viajaba a bordo de unos zapatos con palmo y medio de suela de corcho y el pelo teñido con una pócima de trementina y virutas de cobre. Se vestía con acumulaciones de telas que le iban dando forro y cuerpo, convirtiéndola en la mejor creación de sí misma. Y remataba su prêt-à-porter con un abrigo de pieles que bien podría ser un cementerio de gatos profanado. Maruja Mallo es elegante por su instinto de verbena. Desprejuiciada, incalculable, exótica, fecunda de biografía y de misterio. Pintaba unos cuadros que eran como vidas del revés y están entre lo mejor del surrealismo español sin más reglamento que estrangular los reglamentos.

Estrenó su extravagancia ocupando un puesto absurdo en la familia: la cuarta de 14 hermanos. Nació en la noche de Reyes de 1902 soltando un grito ancestral de fiera distinta. En Vivero, Lugo, estableció el anómalo cuartel de su infancia. La niña pintaba. Pintaba mucho. Pintaba cosas raras afianzando ya su singular vanguardia de antes de los ismos. Entonces aún giraba la cabeza cuando alguien pronunciaba su nombre entero: Ana María Gómez González. Lo de Mallo fue un gesto de juventud tomando como propio el segundo apellido del padre, igual que hizo después uno de sus hermanos menores, el excelente escultor Cristino Mallo. Ambos pasaron la adolescencia en Avilés sin hablarse demasiado. Allí estudiaron Artes y Oficios como quien no se conoce. Se llevaban realmente bien.

Pero el momento de esplendor llegó en 1920, cuando se traslada con la tribu a Madrid (en casa eran 16). Se alista en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y se empadrona en la extrañeza. Ella creía llevar un orden puro por dentro sin darse cuenta de que su mejor talento era provocar el desorden por donde pasaba. Aún de joven, con absoluta naturalidad, decidió entrar en la misa de las doce de la iglesia mayor de Arévalo montada en bicicleta, enfilar la nave central, rodear con garbo ciclista el altar mayor y salir del templo a velocidad de crucero mientras las beatas sumergían las cabezas en la pila del agua bendita ante el advenimiento con faldas del demonio. Poco después quiso ganarse de nuevo el cielo y accedió al monasterio de Silos disfrazada de hombre para dar un garbeo por el claustro: «Desde ese día digo que soy la primera travestí inversa de la historia española». Maruja Mallo era eso: la mejor atleta de lo imprevisto. Una gallega de asombros levitando sobre sí misma.

La Generación del 27 fue su caladero, su cuna de artista y su palabra. Anduvo en noches broncas con Buñuel y en mañanas crustáceas con Dalí. Leía a Frank Roth y su realismo mágico. Se trajinó sin deseo a Miguel Hernández y con Rafael Alberti descubrió que la pasión del mar acaba en las ingles. Fue en 1929 cuando establecieron su eléctrica zona de amantes. Él escribía su mejor libro de poemas, Sobre los ángeles. Ella pintaba una de sus mejores series, Cloacas y campanarios. Maruja Mallo estableció por su cuenta un surrealismo plástico de espigas de trigo, caballitos, molinillos, manolas, espantajos, soles inmensos, peces normales, formas humanas y geometrías. Era una mujer sofisticada que tenía su entusiasmo en lo popular. En 1931 marcha a París a desplegar aquello que solo ella sabía. Expone en la galería Pierre y acuden Picasso y Miró. El pope del movimiento, André Breton, le compra una pieza. Maruja Mallo está por ahora en el centro de todas las cosas. De todas las cosas del arte.

En España es el mascarón de proa de una generación testicular en la que orbitan artistas como Benjamín Palencia, Alberto Sánchez, Pancho Cossío... Pero es ella la que gana los concursos de blasfemias del café San Millán, en la Plaza de la Cebada, con una solvencia de récord para la herejía. No existe nadie más independiente, raro y voraz en aquel Madrid de raros y voraces que aún conserva una felicidad de poblachón con río. Maruja Mallo pinta con la seguridad de los que viajan en dirección contraria. Llega a la ciudad el gran poeta chileno Pablo Neruda y en ella encuentra una comadre que le ordena los folios de Residencia en la Tierra y lleva el material a la redacción de la Revista de Occidente (donde Ortega y Gasset le propició la primera exposición en 1931). Deslumbrada por la escritura de Neruda quiso dar salida a esa poesía caudalosa, febril, valiente y dañada. Es 1934 y hasta 1936 vivió de fiesta en fiesta junto a Federico García Lorca, Luis Cernuda, Rafael Martínez Nadal, Concha Méndez o Margarita Manso. Madrid aún tenía los colorines amables de los recortables.

Pero el cancán se quebró con la Guerra Civil. Maruja Mallo andaba de Misiones Pedagógicas por Galicia cuando empieza el show de los fusiles. Salta a Portugal, donde la recibe la poetisa Gabriela Mistral (Premio Nobel en 1945). Y de allí a un exilio de 25 años con sede en mil lugares:

Santiago, Buenos Aires, Montevideo. Pasa de una pintura de temperamento tropical y cósmico a escenas más oscuras. Continúa resolviendo escenografías, pero aquella dama extremada fue apartándose poco a poco del ruido y de la risa.

Aquella gloria que le habría esperado si hubiese seguido sentada en la terraza del café Place Blanche de Montmartre se difuminó sin dejar rastro. Un cuarto de siglo después de escapar al galope de la carnicería española, decidió regresar. Este país andaba aún en su letargo cuando ella irrumpió de nuevo en los cafés con los ojos pintados de un azul o de un verde inmenso que afianzaba su perfil de quetzal. Aquí muy pocos sabían ya quién era. Pero eso le importó poco. Continuó pintando. Escandalizando a su modo mientras el personal iba recuperando la memoria del arte español con ella dentro.

No fue hasta los 80 cuando alcanzó de nuevo su punto de ebullición, gracias principalmente a la escritora e historiadora del arte Estrella de Diego. Maruja Mallo recuperó el sitio, pero más como un retador exotismo de ida y vuelta que como una artista necesaria. En 1982 el galerista Fernando Vijande trajo a Andy Warhol a Madrid para inaugurar una exposición de sus retratos. Aterrizó por aquí con su troupe pajaritera. A la inauguración acudió Maruja Mallo como un maniquí fabuloso. Se acercó al artista americano y este, al verla, tuvo la primera experiencia de avistamiento de ovni ante aquella abuelita con abrigo de nutria que lo miraba sin prisa por comprobar si el dios del pop estaba hecho de cera.

Por entonces tenía 80 años, era una de las imprescindibles de la Movida y una vez explorada la vida, la quinta dimensión de la inteligencia y el disparate, andaba pintando una serie que ya fue la última: Los moradores del vacío. Hablaba de hipernautas y de geonautas y de viajes astrales. Asuntos rarísimos que en el idioma de Maruja Mallo adquirían rasgo de normalidad, como si diese la receta del caldo gallego. Pero estaba ya en el túnel del salida. Murió en Madrid el 6 de febrero de 1995. Para entonces era un enigma fabuloso, un esnobismo de la posmodernidad, una novela, el laberinto más fascinante de las verbenas. Y también otra víctima de la «jodía mística» española.

Este texto forma parte del libro Vida de Santos, publicado por Antonio Lucas en la editorial Círculo de Tiza