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Criticando a Trump con derecho

07/12/2017 14:13 CET | Actualizado 07/12/2017 14:13 CET
EFE
Palestinos pintan una "X" sobre el rostro del presidente estadounidense, Donald J. Trump, representado en un mural en el muro de separación, en la localidad cisjordana de Belén, hoy, 7 de diciembre de 2017. EFE/ Abed Al Hashlamoun

Hay pocas instituciones internacionales tan denostadas como la ONU. Y, sin embargo, ninguna sigue siendo tan necesaria décadas después de su creación. Tomemos dos ejemplos para comprobarlo.

El primero nos lo ha ofrecido Donald Trump al activar el traslado de la Embajada de los Estados Unidos ante Israel de Tel Aviv a Jerusalén, dando vida con una sola firma a todos los demonios activos o latentes del conflicto del Próximo Oriente. Su decisión no solo va contra la estabilidad en la región, sino que hace caso omiso de las posiciones de las Naciones Unidas, que establecieron en la Declaración de Partición de Palestina que Jerusalén quedara como cuerpo separado bajo administración internacional.

Sabia decisión no respetada por Israel al hacerla su capital efectiva (antes proclamada) tras la Guerra de los Seis Días, pero sí por una enorme mayoría de países cuya presencia en Jerusalén se establece a través de Consulados Generales, como es el caso de España, a fin de respetar las decisiones de la ONU.

Decisiones no solo justas, sino inteligentes, porque tratan de mantener una puerta abierta a la negociación de una solución en la que dos estados soberanos reconocidos mutua e internacionalmente, Israel y Palestina, puedan tener en Jerusalén su capital: uno en su parte oriental, otro en la occidental.

Se podrá afirmar la incapacidad de las Naciones Unidas para evitar decisiones como la de Trump, pero no que la posición mantenida desde Nueva York es el anclaje legal y moral más importante para criticarlas con argumentos de legitimidad y de profundidad.

Si la ONU no existiera y la Declaración no se hubiera redactado, apelar al derecho internacional sería imposible. Y el derecho sigue siendo el mejor instrumento para la libertad.

El segundo ejemplo tiene que ver con el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos porque en esa fecha de 1948 la Asamblea General de la ONU adoptó en París la Carta que les da naturaliza jurídica internacional.

La belleza del texto, con su preámbulo y sus treinta artículos, es menos importante que la repercusión práctica de su existencia. ¿Práctica?, opondrán algunos. Práctica, sí, porque muchas personas defienden sus derechos humanos apelando a la Declaración, muchas organizaciones no gubernamentales denuncian sus violaciones y promueven su respeto recordando ese texto y muchas instancias –estados, parlamentos o jueces- adoptan decisiones en aplicación de sus contenidos, que han inspirado las constituciones de los países democráticos. Yo mismo defendí como europarlamentario los derechos humanos en territorios ocupados ilegalmente o en cárceles con presos de conciencia con la Declaración de 1948 en la mano..

Quizás todavía Trump adoptará más decisiones contrarias a las decisiones de la ONU; y muchas personas seguirán viendo violados sus derechos humanos a pesar de la Carta onusiana que los proclama. Pero si la ONU no existiera y la Declaración (que el Secretario General Antonio Guterres ha llamado a difundir masivamente con ocasión de su 50 Aniversario en 2018). no se hubiera redactado, apelar al derecho internacional sería imposible. Y el derecho sigue siendo el mejor instrumento para la libertad.

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