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Un tejo y un olivo

14/02/2017 07:22 CET | Actualizado 14/02/2017 07:23 CET

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Foto: EFE

Como muchas ciudades españolas, mi ciudad es arboricida. Aquí se poda más que se planta, se tala más que se siembra; se trasplanta menos que se suplanta; y se disminuyen los portes y las secciones de los troncos, las especies; los grandes árboles se pierden; los árboles decorativos, sean naranjas o palmeras, se ponen siempre que un espacio necesita un sucedáneo como remate al pavimento.

Siempre nos ensimisma el paseo con el rumor de los árboles. La luz de la fronda es un placer de los sentidos; como el del arco iris lo es para la vista y el rocío para el olfato. Abrazar árboles no es lo mismo que abrazar farolas, porque el tacto del tronco es tan grato cuanto más sano y grande. Los ficus de la Alameda Principal, o los "palos" borrachos del Puerto, en Málaga, los de la Alameda de Hércules de Cádiz, las jacarandas de las avenidas de Sevilla, todos son sorpresas llenas de sensaciones que nos dan vida en el enjambre de los espacios urbanos. En tiempos de vasallaje y sumisión, el árbol nos estimula a permanecer erguidos, de pie. Nos mantiene frente al suelo en posición ortogonal, en ángulo recto; con la gravedad de ciudadanos caminantes, libres como versos sueltos de sus ramas; apiñados en torno a la belleza de las sombras y la distancia de sus copas.

Hasta los Premios Goya se han colado dos películas que protagonizan árboles: un tejo -Un monstruo viene a verme, de José Antonio Bayona -, y un olivo, -El olivo de Icíar Bollaín-. La primera se ha llevado un montón de premios, la segunda el premio a la mejor actriz revelación. Los dos árboles son viejos y los dos son objeto de relatos, fantasías y sueños. En las ciudades, los árboles centenarios quedan como reliquias de los tiempos en que plantar árboles, escribir libros y procrear hijos eran tareas primordiales. Ahora parece más de moda enlosar, escribir whatsapps, cuidar mascotas. La ciudad se suele conmover más con los suelos resbaladizos que con los cielos nubosos. "Cercada por ladrillos y cemento, / por asfalto, carteles y oficinas, / entre discos de luz, entre bocinas / una acacia cautiva busca un viento". Así cantaba el poeta Rafael Morales a las cautivas acacias de ciudad, (Canción sobre el asfalto, 1954). Lo buscamos todo en los árboles porque en la ciudad se nos hurtan a menudo. En sus graves y esbeltas siluetas, encontramos los rastros y las sombras, los susurros y los ecos que dejan el agua, el sol y el viento en nuestro discurrir urbano.

No hay mayor amigo de la arquitectura que los árboles, aunque los proyectos arquitectónicos o la ciudad se hagan muchas veces contra ellos.

Tejos, acacias y olivos no son desgraciadamente los protagonistas de calles, plazas y avenidas: Son los baluartes que resisten las corruptas políticas de los arboricidas políticos o los urbanistas de pacotilla que todo lo fían a rotondas, aceras y solados (césped, arbustos, plantas). Cuando la moda de los espacios duros no era aún cómplice de los recintos privatizados para fumar, ya los árboles desaparecían de las escenas urbanas; molestaban sus copas, sus raíces, sus frutos, sus flores, sus quejidos.

No hay mayor amigo de la arquitectura que los árboles, aunque los proyectos arquitectónicos o la ciudad se hagan muchas veces contra ellos. Una anciana muy querida me recordaba los tejos de París caídos con la gran expansión del eje de La Défense. Los grandes avenidas arboladas son, según parece un rescoldo de la memoria del siglo XIX, aunque los árboles claman en su soledad sonora por un sitio en el futuro.

Sin árboles, aumentará más la fealdad urbana, habrá más cambios climáticos, más islas de calor más fatiga en nuestras ciudades del malestar. Sin árboles se verán más las insensatas fachadas, los egocéntricos cerramientos y los musculosos armazones de la arquitectura sin alma; esa que se hace para ponerla de escaparate a los coches que la ven al pasar velozmente, sin que la vean ni la disfruten los peatones. Sin árboles, las rotondas que tan profusamente sobre-elevamos arquitectos e ingenieros, - llenándolas de artefactos, "esculturas", o simplemente objetos "kitsch" -serán círculos de césped artificial dedicados a la desmemoria del árbol. La falta de árboles, -en número, porte, calidad, masa, alineación, hitos, puntos de fuga, en fondos, cierres o aperturas visuales, en ritmos, cadencias, músicas perceptivas y sensoriales-, denuncia una perdida dignidad de verticalidad erguida que no reclamamos los seres urbanos. Hemos pasado a confundir lo construido con lo espacial, lo real con lo virtual, lo ficticio con lo natural y lo digital con lo analógico. Nos olvidamos de que los árboles estructuran la ciudad desde hace siglos, levantando el alma de los seres humanos desde el nacimiento hasta la sepultura. La articulación vertebrada por los árboles es de tales dimensiones que, sin ellos, estamos huérfanos de la condición urbana y, en su ausencia, de la condición humana que nos otorga la ciudadanía.

Los árboles se han convertido en un último signo de civilización, tal vez el menos respetado. La devastación de Palmira, llevada a cabo con brutal obstinación por fanáticos es objeto de atención mediática. La pérdida del arbolado urbano, en calidad y cantidad, en cambio, es un escándalo social silenciado, ...y no solo por los inmobiliarios, promotores, constructores y bárbaros.

No deberíamos dejar hacer a los arboricidas; ni votarles. Maltratar a los árboles puede que no sea una moda, pero hoy es una tendencia latente, soterrada y continua. No podemos perder los árboles como elementos esenciales, porque entonces perderemos su energía vital en los espacios cotidianos. En la ciudad, en nuestra propia trayectoria personal como comunidad, debemos asegurarnos de que los árboles ocupen su lugar con dignidad y belleza.

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