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Desolación

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Foto: UNICEF

Creo ser un tipo optimista. Creo que con trabajo, pasión y tesón los problemas pueden abordarse y superarse. No suelo rendirme y encaro con todas las energías que puedo cada reto que se me pone por delante. Pero he de reconocerles que llevo unos meses en los que, con demasiada frecuencia, me invade una sensación de hundimiento, de vacío, provocada por la angustia y el dolor que nos llegan a diario desde las costas del mediterráneo.

Esa sensación (cuyo detonante es la crisis de los refugiados) se ha acrecentado estos días con la lectura del Estado Mundial de la Infancia. Un análisis de la situación de los niños en el mundo que cada año publica UNICEF. El panorama que refleja es desolador.

Cuando en este país solo se escucha hablar de política y de fútbol, los datos de este informe son como un puñetazo directo al estómago. En sus páginas se constata que si continúan las tendencias actuales, en 2030, 69 millones de niños morirán debido a causas evitables -neumonía, diarrea, malaria...-, 167 millones de niños vivirán en la pobreza y 750 millones de mujeres se habrán casado siendo aún niñas. ¿Estamos dispuestos, como sociedad, como ciudadanos, a permitir que eso suceda?

Si los Gobiernos, los donantes, las empresas, las organizaciones internacionales, la sociedad y cada uno de nosotros como ciudadanos no aceleramos los esfuerzos para dar respuesta a las necesidades básicas de los niños en situación de mayor pobreza en el mundo, seremos responsables de cada una de esas muertes, de cada niño empobrecido, de cada niña casada por la fuerza.

Esta es una verdad incómoda e innegable: las vidas de millones de niños y niñas están en peligro, sin otro motivo que el país, la comunidad o el sexo con el que nacen. Hay una situación que me resulta especialmente dura: los progresos en el acceso y la mejora de la calidad de la educación se han estancado, especialmente en los países industrializados con graves consecuencias ahora y en el futuro. A pesar de que la educación desempeña un papel clave en la reducción de las desigualdades y la pobreza, el número de niños que no asisten a la escuela ha aumentado desde 2011, y un porcentaje importante de los que asisten a ella no están aprendiendo. Sin una educación de calidad, los niños vulnerables tienen más probabilidades de quedar atrapados en empleos poco cualificados, mal remunerados y, en general, en precariedad, lo que les impide romper los ciclos intergeneracionales de discriminación cuando sean adultos.

La desigualdad a la que se enfrentan millones de niños nada más nacer no es inevitable ni insuperable.

Estamos obligados a no claudicar ante este panorama desolador. Sobre todo porque sabemos que es posible revertir la situación. En UNICEF lo hemos constatado. En las últimas décadas se han alcanzado enormes progresos en materia de infancia: en 20 años se ha reducido a la mitad la mortalidad infantil de menores de cinco años; aunque en comparación con los niños más ricos, los más pobres tienen casi el doble de probabilidades de morir antes de llegar a los 5 años.

El progreso, por desgracia, no ha sido uniforme ni justo. En muchos países persisten enormes diferencias entre los niños de los hogares más pobres y de los más ricos. Sobre este asunto profundiza el Estado Mundial de la Infancia con una idea central: invertir en los niños más vulnerables produce beneficios inmediatos y a largo plazo. Por ejemplo, las transferencias monetarias han demostrado que ayudan a los niños a permanecer más tiempo en la escuela y a alcanzar niveles superiores de educación. En promedio, cada año adicional de educación que recibe un niño incrementa sus ingresos alrededor del 10% en su etapa adulta. A lo que estamos obligados todos es a acelerar el ritmo de los progresos, a trabajar desde una perspectiva de equidad.

Y es que, la desigualdad a la que se enfrentan millones de niños nada más nacer no es inevitable ni insuperable. Obtener mejores datos sobre los niños más vulnerables, aplicar soluciones integrales a los desafíos que enfrentan los niños, establecer formas innovadoras de abordar los antiguos problemas, realizar inversiones más equitativas y aumentar la participación de las comunidades son todas ellas medidas que pueden contribuir a establecer una igualdad de oportunidades para todos los niños.

Sabemos que, en su mayor parte, las dificultades para llegar a los niños y niñas más vulnerables no son de ámbito técnico. El quid de la cuestión debe sostenerse sobre: el compromiso político, la inversión social y la voluntad colectiva. Es el momento, en todo el mundo, también en España, de unir fuerzas para hacer frente a la desigualdad y la injusticia concentrando la mayor inversión y esfuerzo en llegar a los millones de niños vulnerables que se están quedando atrás.