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¿Envidia en el amor?

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Foto: ISTOCK

Muchas veces vivimos nuestras relaciones cercanas bajo un supuesto erróneo: que los amores más importantes estarían hechos de puros buenos sentimientos, libres de polvo y paja. Pero lo cierto es que los afectos más intensos se dan en las relaciones más cercanas. Es en la familia donde experimentamos por primera vez el amor posesivo, el amor con odio, el amor tierno, los celos y la envidia.

Todo eso que los niños nos muestran a tajo abierto, la dificultad para compartir -los juguetes pero también a la mamá-, lo seguimos viviendo los adultos pero de modo más refinado. La madurez está más lejos de ser la superación de los afectos más miserables, y más cerca de ser una sofisticación en el disimulo de estos.

Dentro de la gama de vivencias que más nos cuesta reconocer está la envidia. No hay que confundirla con los celos. Estos últimos son la expresión del temor a perder a alguien por la llegada de un intruso, un tercero que entra en la fiesta y que amenaza con desviar el deseo de nuestro objeto de amor. Mientras que la envidia es el supuesto de que el otro tiene algo que yo no, generando un sentimiento de inferioridad que suele llevar algún grado de odio. Si en los celos, el odio, en primera instancia, tiende a dirigirse al tercero, en la envidia va directo a ese que supuestamente amamos o admiramos.

La adultez se ve tentada de encubrir afectos sucios e infantiles bajo problemáticas que parecen más dignas.

Si bien los celos son un fenómeno que intentamos esconder, en las relaciones de pareja, donde sentimos más derecho que en otras, consideramos que tenemos derecho a resguardar nuestro corral, por lo tanto a celar. De todas maneras, no demasiado, para no demostrar que el rival es justamente eso, un rival a la altura. Como sea, al final del día, hacer una escena de celos es algo más o menos aceptado -aunque el discurso de lo políticamente correcto diga lo contrario- en las relaciones de pareja. Mientras que la envidia es quizás el afecto más difamado, denigrado y aporreado. Es de las experiencias que más nos cuesta reconocer en nosotros mismos. Por lo tanto, la que en mayor medida proyectamos en los otros.

Posiblemente, lo que nos lleva a negar la existencia de la envidia es la experiencia miserable de sentirse menos que otro. De ahí, a verla en el ojo ajeno, operación desfachatada pero que nos protege de sentirnos una mierda. Pero esta operación de proyección es una defensa que suele estar vedada en las relaciones de pareja. Podemos sospechar en el amor la competencia, los celos, pero rara vez asumimos la existencia de la envidia. Y existe. Y es destructiva.

Como se mezcla con el amor, toma formas torcidas que a veces cuesta reconocer. Por ejemplo, el no reconocimiento de los logros del otro. O bien cuando se manifiesta un rechazo desproporcional hacia la familia del compañero porque cualquier diferencia parece demostrar que se trata de los peores seres del planeta. O cuando frente a cualquier banalidad de la que el otro goza aparece una cuestión que autoriza a opacar la risa de la pareja. Envidia envuelta en las buenas razones de la preocupación y amor por el otro, que se cuela pero sin nombre, dejando un sentimiento amargo del cual no se puede hablar, por que en primer lugar no se reconoce como problema.

La adultez se ve tentada de encubrir afectos sucios e infantiles bajo problemáticas que parecen más dignas. Reconocer que a veces un gran malestar está hecho de eso mismo que nos pasaba a los cinco años, primero nos hará sentir ridículos, pero luego traerá alivio.

Este artículo fue publicado originalmente en hoyxhoy