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La tiranía del cuerpo

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La adolescencia me tocó en los 90, en pleno auge de esa práctica llamada deporte aventura o extremo. Nunca entendí por qué esa práctica caía en el rubro del deporte; para mí era un eufemismo para un desafío al ego: ser valiente. Pero, además, era la bandera de un nuevo baile que empezaba a aparecer: el goce extremo del cuerpo. La moral del sentir. ¿Y qué sentía yo? Solo miedo y no entendía por qué sería bueno sentir eso; pero igual abrigaba esa culpa de quien se siente demasiado ordinario y temeroso con las nuevas tendencias.

Afortunadamente para mí, el imperio del héroe de parkas de alta montaña -ese que se tira de puentes o se pierde en parajes de naturaleza impúdica - ha declinado para convertirse en una alternativa más. Quizás desafortunadamente, era cierto que anunciaba una moral que venía para quedarse. La de la tiranía del cuerpo.

El cuerpo como territorio del que cada vez más esperamos la verdad. Lo que sentimos comienza a ser la brújula. No más la ética. "Que los niños tengan experiencias", se escucha decir con frecuencia a padres entusiasmados con que sus hijos sean mejores que ellos. Por el contrario, poco suena la idea de que los hijos sean buenas personas. Quizás porque eso de transar el goce personal por la búsqueda de amor y estima de los otros -base del bien común- ha empezado a ser nombrado como cobardía, debilidad o enfermedad.

Si hay que ser fiel a algo es hacia el propio sentir. Y si no se siente hay que provocarlo. De ahí suponer que la energía puede obtenerse envasada en una bebida energética o en la adrenalina de paquete de turismo aventura. Y claro, el siempre problemático deseo sexual también se puede buscar en algún formato -afrodisíaco o químico- que prometa sentir algo con quien quizás ya no se quiere seguir compartiendo la cama.

La carne se transforma en el campo de las batallas ideológicas. Qué como o con quién follo, comienzan a definir la identidad. Leí un artículo de un vegano muy atormentado que se preguntaba si era correcto o no tener sexo con un no vegano: dilemas éticos de los tiempos de la tiranía del cuerpo. Y esta tiranía no sólo opone a comunidades de goce unas contra otras, sino que también provoca guerras civiles, sufriendo uno mismo una esclavitud vestida de libertad. Me refiero a la consigna de gozar a como de lugar, empujándose a sí mismo satisfacer los impulsos sin transar.

Preocupados porque sentimos mucho o muy poco, se comienza a desdibujar la pregunta de cómo inventarse una vida más allá de esos impulsos. Cuando la adrenalina como moral sustituye a la pasión, se sigue el modelo químico: todo viene y termina en mí.

Comer, tener sexo, sensaciones nuevas, luego dejar de comer, controlar el cuerpo, moldearlo a gusto del consumidor, jugar a frenar la muerte administrando la salud a veces de manera obsesiva. En fin, una carne a todo volumen, que empuja a ser satisfecha a como de lugar, esa es la pulsación de la angustia. Si tal cometido se frustra viene la depresión. Y así, las quejas hoy oscilan entre esos estados, la taquicardia angustiosa de un cuerpo descontrolado que toma vida propia y aplasta al sujeto; y la del cuerpo que se retira de toda batalla y deja de sentir, esa la depresión.

Preocupados porque sentimos mucho o muy poco, se comienza a desdibujar la pregunta por cómo inventarse una vida más allá de esos impulsos. Cuando la adrenalina como moral sustituye a la pasión, se sigue el modelo químico: todo viene y termina en mí. Es una pornografía de la existencia.

La pasión en cambio es efecto de estar en el mundo: es la que viene en la locura de enamorarse, que es algo mucho más riesgoso que tirarse de un puente. O también de cuestionar las verdades que se acomoden a los que sentimos; tomarse el tiempo para pensar suele ser más arriesgado que repetir discursos que se enganchen con el impulso de sentirse bueno, pero lejos de la dificultad de tratar de serlo.

Como dijo Cortázar en El perseguidor, solemos pensar que lo difícil es la hazaña, como lo que hace el trapecista. Pero el desafío es salir de nosotros para convivir con otros. Que aunque duele, nos salva de enfermarnos de egoísmo y de la angustia de los impulsos que esclavizan.

Este artículo se publicó originalmente en www.hoyxhoy.cl