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Las tres victorias de Castro

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Foto: EFE

Todo en Cuba es anacrónico. Un país anclado en un comunismo de viejo cuño, en pleno siglo XXI, en pleno hemisferio occidental. Un país donde el tiempo suspendido se refleja en el día a día de sus fachadas desconchadas -pese a diversas oleadas de adecentamiento esporádico- y de sus destartalados coches, prodigio de ingenio mecánico; pero también, en el cansino lenguaje de sus mandatarios, en sus gestos y en sus escenarios, fruto de un tiempo ya enterrado en la historia.

Cuba es hoy uno de los países más peculiares del mundo. No tanto por su situación privilegiada, por el carácter abierto de sus gentes, por una espléndida belleza natural -rasgos que comparte con otros lugares del planeta- sino como resultado del genio y figura de un hombre que diseñó su destino durante más de 50 años, por encima de la lógica y la geografía. El legado de Fidel Castro será discutido, sin duda, y tendrá más oscuros que claros. Estarán los que destaquen la educación y la salud universales, frente a los que abominan de la falta de libertades y el atraso económico, entre otros muchos temas. Pero hay tres logros que nadie le podrá negar.

Uno, (re)colocar a Cuba en el mapa

Gracias a Fidel, Cuba ha tenido un papel infinitamente mayor en la historia reciente que lo que su tamaño, su población o su economía justificarían. Con poco más de 11 millones de habitantes y un PIB que no llega a los 80.000 millones de dólares, su peso en el tablero global ha sido durante las últimas décadas muy superior a lo que, en teoría, le correspondería. El despecho por el rechazo norteamericano tras la revolución echó a Castro, y con él a todo el país, en brazos de la Unión Soviética, en un ejercicio de travestismo ideológico lleno de pragmatismo. Así Cuba, que había dejado de ser la perla de las Antillas para pasar a ser el casino de Estados Unidos, acabó convertida en la auténtica china en el zapato de Washington. Un duro régimen comunista -marxista-leninista, como le gustaba recalcar al comandante- en su vecindad más inmediata: la mayor afrenta que se podía hacer al coloso capitalista.

La retórica de la Guerra Fría encontró allí una melodía diferente, jaleada y amplificada por una diáspora beligerante que hizo de Florida su feudo. Hasta el punto de que el conflicto estuvo en un tris de calentarse, y mucho, con el episodio de Bahía de Cochinos. Pero el gran logro de Fidel fue mantener la retórica, y la tensión, incluso después de la Caída del Muro de Berlín. La URSS se desmoronó, pero el castrismo seguiría en pie. No deja de ser paradójico que, décadas más tarde, aquel enclave que retuvieron en la isla los estadounidenses que habían acudido a ayudar a los cubanos en su lucha por la independencia de España -Guantánamo- se convirtiera en el escenario y símbolo de la ignominia y el abuso de poder estadounidense.

Como todo dictador que se precie, Fidel Castró ha protagonizado uno de los casos de más éxito del culto a la personalidad llevado hasta sus últimas consecuencias.

Dos, ser el último revolucionario

Como todo dictador que se precie, Fidel Castró ha protagonizado uno de los casos de más éxito del culto a la personalidad llevado hasta sus últimas consecuencias. Porque si la figura del comandante sobrevolaba toda la vida cubana, su aura ha transcendido con mucho los límites de la isla. Fidel se convirtió en el símbolo viviente de una izquierda latinoamericana con nostalgia de revolución, desafiando airoso el propio fracaso de no haber sido capaz de llevar a su pueblo la prosperidad y la libertad prometidas. Así que no ha sido Trump el inventor de la post-verdad; Castro la lleva practicando décadas y ha arrastrado consigo a líderes de toda América Latina y más allá.

Y su desaparición de la primera línea de la escena pública hace diez años, provocada por la enfermedad, no ha hecho sino acrecentar su leyenda. Basta repasar el álbum gráfico de la romería de peregrinos ilustres que pasaron a verlo en este tiempo, y a los que recibía con ese nuevo uniforme de las clases y los líderes populares que es el chándal. Incluso de esa guisa, incluso cuando ya adquirió ese aire de anciano casi exhausto, Castro representaba la emanación del poder auténtico, sin fisuras.

Tres, morir en su cama

No es ninguna tontería, después de más de 600 intentos de asesinato a lo largo de su vida. Algo que no comparten todos aquellos que sufrieron sus purgas -como buen dictador, amigos y enemigos acabaron sucumbiendo a sus designios- ni las decenas de miles que tuvieron que escapar de la isla ya fuera por motivos ideológicos, económicos o ambos en busca de una nueva existencia.

No cabe duda de que Castro había nacido para mandar. Le sobraba osadía, determinación y un marcado sentido de su deber. Lo cual, una vez superada con éxito la aventura revolucionaria, desembocó en una personalidad tirana, caprichosa, voluble, imprevisible, pero también carismática y arrebatadora. Todo ello le sirvió para sobrevivir, él y el régimen, al estrangulamiento de Estados Unidos, al desmoronamiento de la Unión Soviética e incluso, más recientemente y aunque ya retirado, a la muerte de Hugo Chávez, su más fiel discípulo y financiador, y a la debacle económica venezolana.

Por todo ello, no es de extrañar que haya seguido levantando pasiones, incluso después de muerto. Ahí están los cientos de miles de personas que han hecho cola para despedirse del comandante o lo han homenajeado a lo largo de toda la isla, genuina y emocionadamente. Y ahí están también los cientos que han salido exultantes a las calles de Miami y otras ciudades de Florida, como si el nonagenario que acababa de morir siguiera representando todos los rostros del mal.

Muy pocos líderes en la historia han encarnado de un modo tan profundo la esencia de toda una época en su propio país, Cuba, en toda América Latina, pero también en el mundo, como demuestran las condolencias recibidas de todas partes y la significativa delegación de mandatarios extranjeros que han acudido a sus exequias.

Difícilmente el castrismo sobrevivirá a los Castro. La victoria de Donald Trump añade grados de sombra al incierto futuro que se avecina. Pero nadie podrá negar que Fidel Castro puso y mantuvo a Cuba en el mapa, por méritos propios, durante más de medio siglo y que él, guste o no, se ha ganado un lugar en el Olimpo de los héroes, o los villanos, de la historia contemporánea.