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Brokeback Mountain: El "lo juro" eterno de Gerard Mortier

29/01/2014 08:54 CET | Actualizado 30/03/2014 11:12 CEST

"¡Veo su hoguera!", clama con ansiedad y deseo Jack Twist desde lo alto de la montaña. Desde ahí arriba busca en vano, como haría durante los 20 años siguientes, que prenda definitivamente el amor en Ennis del Mar.

En la ópera Brokeback Mountain, Ennis es el "tradicionalista, el conservador, que lucha contra el cambio", mientras que Jack es el "agente del cambio, la persistencia sin miedo contra todas las presiones", en palabras ante la prensa de la autora del relato original y también del libreto, Annie Proulx.

Estos dos elementos, tan complementarios como condenados a no encajar jamás, se adueñaron de una sobria escena en el estreno mundial de la obra, este martes en el Teatro Real de Madrid. Tanto el libreto de Proulx como la música de Charles Wuorinen lograron despojar de azúcar, conservantes y colorantes al amor imposible entre dos vaqueros rudimentarios a los que ponen voz con solvencia el tenor Tom Randle y el bajo-barítono Daniel Okulitch.

No es fácil encontrar concesiones al sentimentalismo o al tópico homosexual que cada vez asoma en más películas y series de televisión. Es imposible salir del teatro tarareando una melodía pegadiza. Hay política, pero no pancarta. Por encima de todo hay fatalismo y un leitmotiv con tanto pasado como futuro: un amor imposible y malogrado.

Había muchos nervios en un Real acostumbrado a los abucheos, pero en cambio el estreno recibió un aplauso cálido, no entusiasta, pero con algunos "bravo".

LOS PROTAGONISTAS, LA ESCENA, LA ORQUESTA

Randle desplegó de principio a fin su frustración nerviosa y resultó en casi toda la obra mucho más vistoso que Okulitch, cuya evolución es sin duda mucho más atractiva. Comienza mudo o utilizando la técnica del Sprechstimme, o canción hablada pero que va creciendo hasta protagonizar el punto álgido de la obra en la última escena. Del resto del elenco destaca la soprano Heather Buck en el papel de Alma, mujer de Ennis, aunque por la concepción de su papel y por su propia interpretación aparece más como verdugo de las aspiraciones de su marido que como víctima de un amor no correspondido.

La escena es sencilla y eficaz. Comienza y acaba totalmente vacía y entre medias se llena simétricamente con los dos protagonistas y sus familias. Las montañas y las ovejas son proyectadas en una pantalla gigante al fondo que agranda el escenario y le añade poética sin distraer la atención. La orquesta, dirigida por Titus Engel, interpreta con brío el reto de la partitura y adquiere protagonismo al describir las montañas o acompañar las discusiones más violentas.

UN ESPECTÁCULO CONTEMPORÁNEO

Brokeback Mountain no es una ópera para ir con sueño o para los amantes de los musicales. Es exigente, lo que quizás explique que la taquilla no cuelgue el "no hay billetes" del que disfruta Tristán e Isolda, otra ópera de amores imposibles que se representa estos días en el Teatro Real.

Sin embargo, Brokeback ofrece a cambio una experiencia distinta, más conflictiva y más actual. En palabras de Gerard Mortier, director artístico del Real hasta esta temporada y verdadero cerebro del proyecto, la obra dirigida a un público "liberal" que va al teatro a pensar y a "discutir grandes temas".

A esa experiencia contemporánea acudió en masa la prensa internacional, convirtiendo a Madrid en una capital cosmopolita que desborda los tradicionales mimbres del coliseo y, por descontado, la discreta expectación que despiertan habitualmente sus producciones.

Brokeback Mountain es el segundo estreno absoluto de la era Mortier (tras The Perfect American, de Philip Glass) y sin duda la que ha levantado más interés mediático e internacional junto con la mozartiana Così fan tutte, con dirección de escena de Michael Haneke.

Curiosamente, Mortier, enfermo de cáncer de páncreas pero que no se quiso perder el estreno, encaja muy bien en la trama. Él mismo reconoce ser una víctima del público "tradicionalista, conservador, que lucha contra el cambio", como describe Proulx a Ennis. Pretender, como Jack, erigirse en "agente del cambio" y en "la persistencia sin miedo contra todas presiones" le costó el cargo en un Madrid caricaturizado como amante de los divos y las óperas más trilladas.

La obra termina con un juramento de amor eterno de Ennis en plena digestión de la muerte de su amado. Ese "lo juro" bien podría ser una metáfora del legado de Mortier. Inquebrantablemente fiel a su estilo y no siempre bien acogido, ha demostrado ser capaz de impulsar proyectos de calidad y rabiosamente contemporáneos.

VER ADEMÁS:

Brokeback se hace ópera: Entrevista con Annie Proulx y Wuorinen

Brokeback Mountain

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