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Bonnie y Clyde asaltan los Óscar

01/03/2017 07:21 CET | Actualizado 02/03/2017 11:21 CET

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Warren Beatty ha sido el insaciable sex symbol por antonomasia, el icono donjuanesco del último Hollywood clásico y del hippie y revolucionario: hasta Woody Allen no paraba de repetir que deseaba reencarnarse en las yemas de sus dedos, aunque esas yemas del cómico acariciaron una demanda de Mia Farrow por seducir a su hijastra Soon-Yi cuando esta tenía 19 años. El seductor Beatty, según Peter Biskind, ha estado con más de 12.775 mujeres sin contar con los encuentros rápidos, y la noche de los Óscar ha sido noticia junto a Faye Dunaway porque ambos, desde Bonnie y Clyde (1967), han vuelto a dar el golpe como glorioso colofón de la gala de los Óscar. Beatty ya pierde la cuenta de todo y sólo mantiene su fe en Anette Bening, la novia temperamental de Bugsy Siegel, esa jovencita de nariz respingona que nunca envejece.

En El demonio de las armas (Gun Crazy, 1950) de Joseph H. Lewis, basada en la novela de Mackinlay Kantor, dos jóvenes bandidos asaltaban los bancos de la América de Harry S. Truman, en plena caza de brujas. Y al gran Arthur Penn aquella historia de mutua devoción le recordó la gesta de otros dos veinteañeros fugitivos, Bonnie Parker y Clyde Barrow, abatidos el 23 de mayo de 1934 en una carretera de Bienville Parish (Luisiana). La multiplicidad del amor encontró su cauce óptimo y sin arrepentimiento en los niveles de cortisol del atraco: un arrebato romántico y extemporáneo en plena nueva objetividad y racionalismo que concitó el interés de la opinión pública y... por qué no decirlo, la envidia.

Beatty ha dirigido y protagonizado Rojos, la adaptación una joya del periodismo, Diez días que estremecieron el mundo (1919), la crónica de John Reed de la Revolución soviética de octubre. Hombre de chicas con Óscar, Beatty representa la fibra fina, el lujo de la nostalgia, que es de los pocos lujos que uno ya se puede permitir. Dunaway también fue la niña malvada, la perdición de Steve McQueen en El caso de Thomas Crown (1968), en concreto en una escena de ajedrez que subía las temperaturas de los cines de medio mundo. Dijo Beatty al anunciar el Óscar a la Mejor Película: "Nuestro objetivo en política es el mismo que tiene el arte: llegar a la verdad". Cierto es que los coqueteos de Beatty con la política son conocidos. Se olvida el galán de que, a manera de anticipación, el 27 de junio de 1988 en Atlantic City, Beatty y su amigo Nicholson coincidieron en la mesa con Donald Trump con motivo del combate Tyson-Spinks.

Hablamos de Penn, Beatty, Dunaway. A su lado los Damien Chazelle, Cassey Affleck o Emma Stone, siendo todo lo buenos que son, palidecen.

Algunos, que vivimos atravesados por la historia, los recuerdos y el tiempo, la madrugada del domingo vimos como en un caleidoscopio todas las películas de Warren y Faye, juntos y por separado. Allí subió a su vez al escenario Shirley MacLaine, que también hizo sus estragos amorosos en los corazones de medio star system. Y es que los Beatty -o Beaty, de origen inglés por parte de padre y escocés e irlandés por parte de madre- marcaron una época que se resiste a las nostalgias, incluso a un pasado que no volverá. Y aunque haya sido por culpa del desbarajuste de la logística de una subcontrata -PriceWaterhouse-, que se ha hecho un lío con los tarjetones de los premiados, pareció que la madrugada del domingo al lunes Bonnie y Clyde daban su último golpe a quemarropa. Warren miraba a Faye y su cómplice disparó a bocajarro, con una sonrisa: leyó el título de la película equivocada palatalizando todas las "eles", un fake de lo más verdadero, porque La La Land también ha ganado en el corazón de las gentes, de la misma forma que Moonlight.

Hablamos de Penn, Beatty, Dunaway. Palabras mayores de quienes manejaron durante décadas los códigos más secretos que enamoraron a generaciones y que, como decía Rilke, consiguieron dar el salto "al otro lado de las cosas". Curiosos animales que jamás volverán a repetirse. A su lado los Damien Chazelle, Cassey Affleck o Emma Stone, siendo todo lo buenos que son, palidecen. La noche de los Óscar fue la crónica de un mito que se resiste a desaparecer porque está más vivo que nunca. Aunque la culpa de todo este desbarajuste la haya tenido un bendito malentendido entre dos novios imposibles, dos amigos que resolvieron con inmensa elegancia y kilómetros cuadrados de tablas un error de bulto que no fue provocado por ellos. Cuando Beatty se dirige al auditorio para dar las explicaciones pertinentes la melancolía de la victoria sin jactancia, matiza cada una de sus palabras, que es ese contemplar moral, político e intelectual de más de medio siglo de cine.

Por eso todavía muchos nos resistimos a olvidarlos y a que mueran de muerte natural, y les otorgamos esa conciencia de lo inmune que sólo se les concede a los dioses del celuloide. Sacad el champán y brindemos por vosotros. Por nosotros. Benditos seáis.