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Margaret Thatcher tenía otro nivel

08/04/2013 18:34 CEST | Actualizado 08/06/2013 11:12 CEST

Traté a Mrs. Thatcher en el Parlamento Europeo. Primero, tuve el honor de participar en el debate sobre la Presidencia británica con el Objetivo 92 de culminación del mercado interior, gestionado por Lord Cockfield y la moneda única como temas estrella. Su absoluta convicción de tener la razón se veía atemperada por la parlamentaria cortesía británica que suaviza la acritud usual en nuestras latitudes.

Después, durante mi Presidencia del Parlamento mantuvimos una relación cordial en un periodo tan complicado como el que siguió a la caída del muro y a la implosión de la ex Yugoslavia. Me recibió en 10 Downing Street y nos entrevistamos en las cumbres del Consejo. En la de octubre de 1990, cuando el incendio de la guerra de disolución de Yugoslavia se propagaba a la vez que avanzaba la crisis en su Gobierno por el tema de la moneda única, me dijo, inconsciente de lo que se tramaba a su espalda, que le parecía una cumbre inútil. Poco después, la guardia pretoriana parlamentaria tory procedió a decapitarla políticamente.

Una personalidad fuerte que definió con su amigo y correligionario Ronald Reagan el credo de la ola conservadora de los 80, y supo ser pragmática también. Cuando el gobierno del que formé parte abrió la verja de Gibraltar, Lord Carrington y Fernando Morán pactaron la declaración de Lisboa, que abría un camino de negociación bilateral a la vez que procedía a la descolonización de Hong Kong negociada con la China gestionada por Chris Patten.

Defendió con uñas y dientes su cheque y se opuso a la moneda única, sin levantarse nunca de la mesa. Fue precisamente su desacuerdo con Lawson y Geoffrey Howe el que anunció su caída en un patético debate en la Cámara de los Comunes. Un claro contraste con la posición de su sucesor Cameron, que anuncia una visita a Madrid en la que no entra Gibraltar en la agenda y en la que viene a contar la palinodia de que lo mejor que puede ocurrir a la Unión Europea es que pueda abrirla en canal para escoger el menú que le pueda interesar, eso sí, con la consabida letanía de lucha contra la burocracia y la cinta roja. A cambio, la promesa de que si le reeligen convocará un referéndum. Todo con el incomprensible apoyo de un socio proeuropeo como los liberales de Nick Clegg.

A la vista está que Margaret Thatcher, con su rotundidad conservadora y su incuestionable convicción de tener la verdad, tenía otro nivel. Descanse en paz.

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