No tengo una etiqueta para definir mi orientación sexual, pero lo tengo asumido

No tengo una etiqueta para definir mi orientación sexual, pero lo tengo asumido

He tardado 23 años en darme cuenta de que una etiqueta no puede definir mi identidad ni mi sexualidad.

ILLUSTRATION: KATE DEHLER FOR HUFFPOST

Hace cinco años, en mi primera semana como universitaria en otra ciudad, un amigo del instituto me invitó a tomar algo. Los amigos que lo acompañaban estaban hablando de las dificultades de encajar en una sociedad heteronormativa formando parte de la comunidad LGTBI.

“¿Y tú, Alice? ¿Cómo te identificas?”, me preguntó uno de los amigos.

“Pues..., heterosexual, supongo”, respondí desprevenida.

En mi ciudad, que es bastante conservadora, solo conocía a una mujer que se hubiera declarado lesbiana. Había leído y oído hablar de la homosexualidad y la bisexualidad, pero no fue hasta que llegué a la universidad cuando me di cuenta de lo amplio que es el espectro. En esa reunión de amigos había pansexuales, bisexuales, heterosexuales y asexuales.

Verme incluida en un grupo que acogía con los brazos abiertos distintas sexualidades me permitió considerar que quizás yo no era del todo heterosexual, algo que hasta entonces ni me había planteado.

Empecé a cuestionarme mi heterosexualidad por varios motivos. Primero, porque sospechaba que había tenido un flechazo con una chica en el instituto. En segundo lugar, porque nunca me han interesado demasiado las relaciones sexuales. Mientras muchos de mis compañeros de la universidad tenían una vida sexual muy activa, mis rollos no solían ir más allá de los besos.

Empecé a buscar etiquetas para mi orientación sexual. Quizás era birromántica y heterosexual. O quizás era asexual. La que mejor me encajaba era demisexual, que significa que solo sientes atracción sexual hacia las personas con las que tienes un vínculo emocional. Pero, realmente, esa etiqueta tampoco encajaba conmigo. Alguna vez sí que había disfrutado del sexo con desconocidos. Simplemente, rara vez me lo proponía.

Casi nunca pronunciaba en voz alta estas etiquetas. Aunque había encontrado un grupo en el que era bienvenida cualquier identidad y orientación sexual, también me daba la impresión de que debía estar completamente segura de mi etiqueta antes de anunciarla. Me preocupaba que si no la declaraba con suficiente rotundidad, no me dejarían adjudicármela, pero temía no coincidir suficientemente con ninguna etiqueta como para considerarla mía. Harriet Williamson, que es pansexual, escribió en openDemocracy que no se unió a ninguna comunidad LGTBI en la universidad porque temía que no la consideraran “suficientemente gay”.

El concepto de etiquetar es cultural. De hecho, existen culturas a lo largo de la historia que aceptaban a las personas 'queer' y ni siquiera tenían un concepto de orientación sexual

Pero yo no soy la única persona que no se identifica con una heterosexualidad rígida. Una encuesta de 2018 realizada por YouGov descubrió que un tercio de los participantes estadounidenses, de entre 18 y 34 años, se identificaban como no heterosexuales. Aunque no está claro si estos participantes se identificaban con una etiqueta concreta dentro del colectivo LGTBI, el estudio sugiere que cada vez hay más personas de sexualidad fluida entre la heterosexualidad y la homosexualidad. En otro estudio británico, el 55% de los participantes de entre 18 y 24 años se identificaban como no heterosexuales.

Acabada la carrera, seguí buscando la “etiqueta adecuada” para mí. Aun así, pese a leer y descubrir que no necesitas cumplir unos determinados criterios para identificarte de una forma u otra, sigo sin conocer una etiqueta para mi orientación sexual con la que me sienta cómoda.

Muchas personas queer pasan por un proceso de exploración de su orientación sexual y su género tras el que encuentran su etiqueta. Otras personas, como es mi caso, nos sentimos atascadas en ese proceso de exploración.

Pese a todo, hay que recordar que el concepto de ‘etiquetar’ es cultural. De hecho, existen culturas a lo largo de la historia que aceptaban a las personas queer y ni siquiera tenían un concepto de orientación sexual.

Me he dado cuenta de que mi obsesión por encontrar mi etiqueta era una forma para explicar de forma sencilla mi sexualidad. Si encontrara esa etiqueta, quizás me resultaría más sencillo tener citas. Escribir ‘demisexual’ o ‘asexual’ en mi perfil de Tinder es una forma sencilla de conectar con las personas adecuadas. Escribir “en general no estoy interesada en practicar sexo con desconocidos” no surte el mismo efecto.

Cuando un hombre me preguntaba por qué no me interesaba el sexo sin compromiso con recién conocidos, pensaba que una etiqueta me serviría como respuesta rápida, pero la obsesión por encontrar esa etiqueta no me ha hecho ningún bien a la hora de seguir creciendo en mi identidad sexual. Con quién tenga citas o con quién me acueste no debería depender de la etiqueta que elija.

No sé por quién me sentiré atraída en el futuro. Tampoco creo que mi proceso de comprensión de mi sexualidad implique encajar en una casilla hermética

Además, la sexualidad puede cambiar con el tiempo. Identificarte de una forma no tiene por qué ser un compromiso para toda la vida. Ni siquiera un compromiso de ningún tipo. Un psicólogo que estudió a 100 mujeres durante más de una década descubrió que sus orientaciones sexuales variaban a medida que pasaban de adolescentes a adultas.

Las etiquetas pueden ser útiles. Ayudan a la gente a encontrar personas similares con las que conectar, un factor importante para comprender la sexualidad o el género de alguien. Desde el punto de vista político, las etiquetas pueden facilitar la comprensión de una experiencia humana compleja, lo que puede resultar muy útil para mejorar la financiación y las ayudas.

Sin embargo, la búsqueda de una etiqueta también puede dificultar aún más el proceso de comprensión de la propia sexualidad. Yo he tardado 23 años en darme cuenta de que una etiqueta no puede definir mi identidad ni mi sexualidad.

Al final me di por vencida en mi búsqueda de la etiqueta. No sé por quién me sentiré atraída en el futuro. Tampoco creo que mi proceso de comprensión de mi sexualidad implique encajar en una casilla hermética.

Y sí, quizás mi perfil de Tinder sea menos accesible de este modo, pero cuando conozca a la persona adecuada, si llega, simplemente se tendrá que esforzar un poco más para comprenderme.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.