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Expedición Larramendi Headshot

Últimas horas con el Trineo de Viento sobre un glaciar

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Han sido algo más de cinco semanas de aventura. Jornadas a bordo del Trineo de Viento en las que hemos cruzado la isla ártica de Groenlandia en el año en el que ha habido un récord de temperaturas y también de deshielo. Una aventura científica y de exploración que no hubiera sido posible sin este extraño vehículo eólico que he diseñado y con el que nueve personas hemos recorrido 1.870 kilómetros sobre una superficie helada.

Estamos realmente satisfechos de haber conseguido nuestro objetivo, pese a las dificultades inesperadas con las que nos enfrentamos en nuestro camino. Queríamos demostrar que el trineo funciona como un convoy capaz de arrastrar dos toneladas de peso, que hasta puede ascender con ese peso 2.000 metros de altitud, que llega y se mueve donde ningún otro medio de transporte puede hacerlo y que lo hace sin contaminar.

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Esta expedición, patrocinada por la agencia de viajes Tierras Polares, demuestra que este proyecto tiene futuro y puede ser el eje de un programa científico nacional, que permita a nuestros científicos llegar a lugares donde hoy no tienen acceso.

Las últimas horas de esta expedición no estuvieron exentas de tensión. Por un lado, porque teníamos la presión de acabar para no retrasar la salida más de lo previsto y el viento era poco favorable; por otro, porque a medida que descendíamos a la costa este, las temperaturas subían y la llana superficie por la que íbamos podía acabar de un momento a otro.

De hecho, cuando logramos alcanzar una buena velocidad, con Miguel y Malik a los mandos de la cometa, su grito de "grietas" fue una sorpresa que jugaba entre las posibilidades que teníamos en el horizonte, pero que esperábamos no encontrar. Inmediatamente frenamos. Afortunadamente estábamos ya a una distancia que hacía posible la entrada de un helicóptero desde la localidad de Ilulissat para sacarnos del hielo, como así fue.

Antes, tuvimos que hacer, a paladas, un área de seguridad, para nosotros y para el aterrizaje, no fuera que cayéramos por una de las grandes y profundas grietas y agujeros que nos rodeaban y estaban cubiertas de nieve. Fueron muchas horas de trabajo, no exento de riesgo. Nos encontrábamos sobre un inmenso río helado, un glaciar que vierte gigantescos icebergs hacia el mar y cuya superficie, por ello, se abre, se rompe, se mueve lentamente.

Fue un final que nos tuvo en tensión, pero que salió perfecto, pues además el helicóptero, con nuestro trineo ya desmontado, nos dejó en Kangerlussuaq directamente, justo el punto del que habíamos partido el pasado 20 de mayo.

Ahora, visto en perspectiva apenas unas jornadas después, a la cabeza vienen una y otra vez las imágenes de esos días eternos, de las ventiscas que llegaron a enterrar totalmente el Trineo de Viento, fortificado por un muro de hielo, de las tranquilas horas de navegación escuchando cómo los raíles rasgaban una superficie inmaculada. Y también la camaradería que ha habido en el equipo, nueve personas siempre dispuestas a trabajar, ya fuera haciendo nudos que se rompían, cosiendo cometas que se rasgaban, recogiendo datos para los proyectos científicos que teníamos como tarea o preparando las viandas de la comida.

También fue un acontecimiento visitar la base científica Summit Camp, que resultó no estar en la misma cima, pues más tarde alcanzamos los 3.240 metros con nuestro vehículo. Allí nos recibieron científicos de todo el mundo, muchos norteamericanos, que buscan datos que ayuden a entender los acelerados cambios que se están produciendo en este territorio polar. Que en junio haya habido 24º C en Groenlandia es una 'muy mala' noticia para todos los que habitamos este mundo, y que de momento no tenemos otro.

Es un planeta es hermoso. Tan espectacular que poder colaborar en su protección, a través del conocimiento que podemos conseguir con el Trineo de Viento, no sólo es gratificante a nivel personal, sino una tarea pendiente para todos aquellos que queremos que el hielo siga estando donde está ahora.