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Trump: un capítulo más de la crisis antisistema global

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Foto: EFE

Hoy asistimos a un capítulo más de la oleada antisistema que sacude el mundo occidental. Las clases populares de los países desarrollados están hartas de las terribles consecuencias que el neoliberalismo globalizado ha tenido para ellos y están votando masivamente por un discurso antiestablishment que aboga por la recuperación del control nacional de la economía y la superación del sistema neoliberal consolidado entre la revolución conservadora de Reagan y Tatcher de los 80 y la tercera vía de la socialdemocracia de los 90. Esta situación sin precedentes, que podía ser una buena noticia para construir una alternativa sistémica más equilibrada y justa, se convierte en desastre cuando no hay una izquierda efectiva, razonable e ilusionante que sepa conectar con la gente y proponer alternativas. ¿El resultado? Una sucesión de victorias del populismo de derechas en USA, Gran Bretaña... (veremos lo que pasa en breve en Francia y Alemania). Victorias que, lejos de tener que ver con una súbito incremento del racismo y el conservadurismo en gran parte de la población, son simplemente la traducción de un grito de ruptura con el sistema por parte de aquellos que más han salido perdiendo.

Pero, ¿cómo es posible que este grito acabe siendo capitalizado por alternativas xenófobas? ¿Por qué millones de trabajadores de todo el mundo están votando a partidos de derechas? La izquierda, a pesar de haber triunfado en los últimos años en algunas batallas sociales (defensa de derechos LGTB, normalización aborto y divorcio, normalización del consumo de marihuana...) está perdiendo la más importante: la ideológica y la económica. Los partidos de izquierda actuales, desde los socialdemócratas a los más radicales, no saben conectar con las clases populares, que los ven como poco realistas, sin ideas claras y ambición de gobierno, altivos y elitistas, embarcados en polémicas estériles y esclavos de lo políticamente correcto. Pero aquí no hay solo un fracaso de la izquierda, sino también un triunfo de la ultraderecha, que ha sabido aprovechar muy bien esa percepción para llenar el hueco existente y erigirse en los defensores de las clases populares. Hoy los populistas de derechas son aquellos que hablan de tú a la gente, sin florituras intelectuales, utopismos estériles, superioridad moral o paráfrasis políticamente correctas. Son los que sí saben tocar los resortes para llegar a las clases más populares, siendo capaces de transformar el descontento generalizado en decisiones antisistema como votar el Brexit o a Trump.

Aquellos que critican a Pablo Iglesias y a Podemos no saben la suerte que tenemos de no tener a un Trump, un Nigel Farage o una Marine Le Pen en España.

Se puede sin duda trazar un paralelismo con lo sucedido en los años 30 en cuanto a la falta de una izquierda estructurada, unificada y persuasiva que fuese capaz de evitar el aglutinamiento en torno al populismo fascista del descontento producto de la crisis del 29. Pero si bien en aquel entonces la izquierda comunista sí tenía un proyecto ganador implementado con éxito en varios países, hoy los partidos progresistas se encuentran en una situación todavía peor, de completa desorientación, faltos de convicción y propuestas factibles. Frente a esa lamentable realidad, lo lógico es que aquellos capaces de inflamar los instintos más primarios con un lenguaje directo y cercano y soluciones sencillas y expeditivas sean los que acaben por llevarse al agua a una masa popular indignada e impaciente por ver cambios en un sistema que favorece en demasía a los de siempre.

Lo curioso es que mientras en casi todo el mundo occidental el populismo es copado por una revolución populista que pone en el centro del problema a los inmigrantes y a la pérdida del orgullo nacional y los valores tradicionales, en España Podemos ha sido el partido que mejor ha sabido capitalizar este descontento a través de un cierto populismo de izquierdas (hasta cierto punto, pues frente a la hegemonía del PP, siguen ser capaces de generar una opción ganadora). Tenemos suerte de que en nuestro caso haya habido un 15M que renovó el lenguaje de la izquierda, que trató de tú a tú a la gente, incorporándola sin prejuicios previos al proceso político y que ha acabado abriendo los ojos a muchos, sirviendo en gran medida para evitar que el descontento generalizado frente a la desigualdad económica producida por la globalización neoliberal derive hacia propuestas ultranacionalistas o xenófobas.

Aquellos que critican a Pablo Iglesias y a Podemos no saben la suerte que tenemos de no tener a un Trump, un Nigel Farage o una Marine Le Pen en España. Ahora es el momento de afianzar esa conexión con las clases populares que están sufriendo las consecuencias de la globalización neoliberal y generar una alternativa progresista ambiciosa a esta crisis antisistema antes de que sea demasiado tarde. En España, por el momento, aún estamos a tiempo.