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Lección de vida y muerte del profesor Aramayona

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Imagen: YOUTUBE

Desde hace más de dos años, cuando lo conocí sentado en su silla de ruedas en la calle Alfonso de Zaragoza al pie de su diaria reivindicación en pro de una escuela pública y laica, sabía que la determinación tomada el martes por el profesor Antonio Aramayona formaba parte de su tránsito vital y mortal. Me lo dijo mientras comíamos en un modesto restaurante, cerca de su casa, antes de despedirnos. La mañana anterior nos habíamos congregado un grupo de amigos, alumnos y compañeros de Aramayona para conmemorar su primer año ante el portal de la consejera de Educación del Gobierno aragonés.

Queda constancia de la presencia de varios policías distanciando a los concurrentes del lugar y de la visita del entonces recién elegido eurodiputado de Podemos Pablo Echenique. Por esa pertinaz actitud, ya hiciera frío o calor y a pesar de su mal estado de salud, Antonio hubo de soportar apercibimientos, presiones y sanciones por parte de la Delegación de Gobierno en Aragón que él nunca estuvo dispuesto a admitir ni a pagar. Finalmente, el profesor Aramayona fue absuelto y la libertad de expresión, ejercida pacífica y libremente durante dos largos años, obtuvo una significativa victoria. Que lograra mayor o menor repercusión en los medios no era algo que al protagonista le preocupara mucho. De hecho, las valiosas colaboraciones periodísticas de Antonio fueron objeto de intentos de censura en algunas publicaciones de cabecera respetable ante las que nunca transigió.

No tuve oportunidad de volver a ver a Aramayona, pero como fue un colaborador constante de mi blog durante algún tiempo y la amistad quedó sellada tras darnos un emotivo abrazo al término de mi estancia en Zaragoza, mantuvimos frecuentes y largas conversaciones por teléfono, en las que nunca -hasta las últimas- me volvió a hablar de la decisión final de poner término a su vida, consciente de que -sin tratarse de una enfermedad terminal- su quebrantada salud algún día le haría acordar la elección de poner punto final a su existencia.

Fue hace más o menos un mes cuando Antonio, que se había ocupado poco antes de darme estimulantes consejos en relación con mi sobrevenida enfermedad, me dio a entender que se iba. Sólo hablamos después una vez más para certificarme la inmediatez de tal hecho, sin especificarme fecha ni hora -por si su teléfono estuviera intervenido, habida cuenta su militancia en defensa de una muerte digna-, y desestimando que tomara en mi convalecencia la decisión de ir a despedirlo. Desde ese día, no he dejado de pensar en Antonio Aramayona y en la decisión final de este profesor de Filosofía y Ética jubilado, a quien tanto quisieron sus alumnos por su compromiso con un mundo más libre y más justo, y porque era -según dijo don Antonio Machado, uno de sus maestros- bueno, en el buen sentido de la palabra bueno.

Preví que su fin estaba próximo cuando, días antes, este habitante del valle -como gustaba llamarse en su blog en las últimas fechas- se asomó a las estrellas: "No saldrá en los telediarios ni en los grandes titulares de la prensa -escribió en La utopía es necesaria-, pero mañana morirá una estrella, al igual que morirán otros cientos de miles de estrellas más. En realidad, no sabemos bien cuándo las estrellas viven o mueren, solo recibimos su luz. Por eso es tan brillante el firmamento: millones de estrellas y galaxias nos envían su luz y nos hacen sonreír un poquito, aunque no sea más que por lo bonitas que parecen todas juntas. En mi firmamento seguirán siempre brillando, entre otras muchas estrellas más": Y citó a Juan de Mairena, para seguir con Henry Thoreau, Beethoven y García Lorca, Thomas Mann, Kant y Rilke, Bob Dylan, Leonard Cohen, Berlinguer, Stravinsky, Buda, Albert Camus, Aristóteles y su hijo Nicómaco, Saint-Exupery, Oscar Wilde, Dolores Ibarruri, Brahms, Antonio Machado, Bach y Van Gogh, entre otros.

Y también los nombres de Silvia, sus dos hijos, Javier y Begoña, y los de sus muchos amigos y los de sus alumnos allí por donde pasó: Madrid, Alcalá de Henares, Torrejón de Ardoz, Zaragoza. "Y miles y miles más con los que he vivido y convivido, que van a mirar muchas noches las estrellas y van a reír siempre conmigo". Al pie de esa nómina de cariños y afectos, Antonio Aramayona no podía acabar con mejor ilustración musical que la de la Pastoral de Beethoven, cuyo segundo movimiento tanto le conmovía.

Él prefería la dirección de Bernstein con la Filarmónica de Viena. Yo, la de Claudio Abbado con la misma orquesta. Escuché esta última en el coche, cruzando las montañas de Pajares, en homenaje al amigo que se me iba a ir al día siguiente y que me dejó como mejor memoria y lección de vida una grabación con su voz, a la que respondí con unos versos que él -estoy seguro- se llevó consigo en aquel corazón que, cuando dejó de latir, lo hizo con tanta vida como amor y saber dentro.

En este caso -al recordar que Antonio me preguntó por la música qué me llevaría a una isla desierta, quizá por consultar la que le acompañaría en los últimos momentos-, la ilustración musical la pusieron los conciertos para violín de Johann Sebastian Bach:

Ay, amigo, te tuve entre mis brazos
y bien sabes lo que el abrazo dijo,
sabedor del adiós que me trazaste.

El llanto por tu ausencia me da miedo
a decirte la pena cuerpo a cuerpo,
con el pecho doliendo de latido.

Mi vida fue mejor tras conocerte,
si te pedí tu voz fue para darle
más vida a la memoria de quererte.

Conmigo quedas en todo lo que amo,
ya estás como la música conmigo
hasta que Bach se apague donde aliento.

PS.- "Todo ser humano ha de vivir bien, dejar vivir, hacer que los demás vivan del mejor modo posible. Solo cuando se acaban los caminos desde los que se atisban horizontes, o cuando se otea un deterioro imparable o cuando se decide libre y responsablemente, es posible plantearse con fiereza y también con una sonrisa el propio acabamiento. Sí, el ser humano debe vivir bien y por esa misma razón también morir bien". Antonio Aramayona.