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¡Claro que estamos a tiempo!

15/09/2017 07:19 CEST | Actualizado 15/09/2017 07:19 CEST
EFE

En un soberbio artículo de opinión publicado el pasado lunes en El País, El verdadero problema catalán, Félix Ovejero, tras reclamarla, se preguntaba en alto si estaremos "a tiempo de levantar una izquierda realmente comprometida con la igualdad y la razón". Y sí, claro que lo estamos, más que nada porque nunca es tarde si la dicha es buena; y porque, por otro lado, veo y oigo a cada vez más gente reclamarla, por lo que no queda otra que intensificar esfuerzos y ayudar a que dicho empeño llegue a buen término, cosa que unos cuantos llevamos un tiempo haciendo desde diferentes ámbitos y algunos desde Plataforma Ahora, incluido el propio Félix Ovejero.

Porque, efectivamente, siendo el nacionalismo de los nacionalistas el principal problema que padecemos, es peor el nacionalismo de los que supuestamente no son nacionalistas pero se comportan como si lo fueran, por la vía de los hechos, las cesiones y los complejos. En el pasado, traspaso de las competencias de Educación y Sanidad, recaudación del IRPF (33%), del IVA (35%) y de los impuestos especiales (40%), permisividad ante vulneraciones flagrantes de la legalidad vigente, trato privilegiado, asunción de las reivindicaciones nacionalistas en el Congreso de los Diputados, transferencias dinerarias para financiar estructuras de Estado, blindaje del Concierto Económico vasco y del Convenio navarro, inversiones millonarias para unos pocos a costa del resto, ausencia de un discurso de Estado que anteponga el interés general y el bien común a las soflamas particularistas y particulares de aquí o de allá, excepciones legales para salvaguardar la foralidad, guiños a la posibilidad de un pacto fiscal para Cataluña... y vista gorda ante la corrupción política que todos conocían. Después, el Estado federal asimétrico, la nación de naciones o la plurinacionalidad. Ayer mismo el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, abogaba por conceder más competencias a la Generalidad de Cataluña, como forma de contentar a quien vive del cuento y del descontento eterno. Hoy, para demasiados, el lehendakari Urkullu es un hombre de Estado.

Es obvio que hay que reformar y regenerar España... pero proponerlo para contentar a los independentistas que pretenden romper España es una broma de mal gusto. Un insulto a la inteligencia. Lo que hay que hacer debe hacerse por Justicia y en beneficio de todos. Y las reformas que hay que hacer hay que hacerlas pese a ellos, incluida una reforma constitucional no para acomodar a quienes vulnerarán la ley siempre que no les satisfaga y convertirán a quienes no son de su cuerda en extranjeros... sino para que el Estado recupere competencias clave que garanticen más igualdad y más bienestar para todos. Para garantizar que todos seamos iguales ante la ley y dispongamos de los mismos derechos y nos obliguen las mismas leyes. Y si hemos llegado hasta aquí no ha sido por el buen hacer de los nacionalistas sino, sobre todo, porque los partidos nacionales llevan sin serlo unas cuantas décadas.

Que no piensen que vamos a conformarnos con que no se celebre el 1-O o que vamos a mirar para otro lado cuando se acuerden nuevas prebendas o cesiones.

Y claro que estamos a tiempo de levantar una izquierda realmente comprometida con la igualdad y la razón, tal como reivindica Félix Ovejero. Querer no siempre es poder pero ahora es indispensable hacerlo. Una izquierda cívica, universalista e igualitaria, es decir, progresista, alternativa a corruptos y recortadores sociales... pero también a quienes pretenden recortar nuestra ciudadanía. Porque sin Estado no puede haber Estado del Bienestar. Un centro izquierda contundente pero respetuoso con los adversarios políticos, que sea capaz de ofrecer un proyecto atractivo y atrayente a la inmensa mayoría de españoles. Una izquierda sin complejos que recupere su esencia: el republicanismo cívico, los valores de la Ilustración, el laicismo religioso e identitario, la reivindicación de espacios más amplios de convivencia en lugar de su parcelación en reinos de taifas, la nación cívica y los derechos de ciudadanía.

Una izquierda que impulse en España las reformas políticas, institucionales y constitucionales que millones de ciudadanos reclaman: regeneración democrática, lucha contra la corrupción, despolitización de la Justicia y más transparencia. Una izquierda socialdemócrata defensora del Estado del Bienestar, de la educación pública y de la sanidad universal, que reivindique unas mejores pensiones para nuestros mayores y unos sueldos dignos para los trabajadores, vivan donde vivan. En nuestro Congreso de los Diputados hay izquierda reaccionaria pero no hay izquierda progresista. Hay derecha pero no hay izquierda digna del tal nombre.

No basta con frenar el órdago independentista, por cierto. Que no piensen que vamos a conformarnos con que no se celebre el 1-O o que vamos a mirar para otro lado cuando se acuerden nuevas prebendas o cesiones. O cuando se decida dejar todo tal y como está. Efectivamente, hay que hacer política... pero para ganarles esa batalla, no para dialogar sobre sus reivindicaciones particulares y sectarias. Y ahí tenemos cancha libre y argumentos de peso... por mucho que hayan sido orillados por todos y especialmente por la izquierda oficial y orgánica. Porque es mejor unir que separar, derribar fronteras que levantarlas y vivir juntos que separados. No entiendo tantos complejos y miedos. Ni tantas cesiones durante tanto tiempo.

Hay varios grupos y muchas personas que lo estamos intentando. Pero debemos unirnos porque la unión hace la fuerza. Desde la sociedad civil pueden hacerse muchas cosas. Es un buen comienzo.