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Bienvenidos a las elecciones mexicano-estadounidenses

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TRUMP
REUTERS
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Este post se ha escrito con motivo del lanzamiento del 'HuffPost México' el 1 de septiembre.

WASHINGTON (EE.UU.) ― Donald Trump promete que construirá un gran muro a lo largo de los 3200 kilómetros de la frontera entre Estados Unidos y México y que hará que México lo pague. El expresidente mexicano Vicente Fox dice que de ningún modo su país pagará un "puto muro". Hillary Clinton, para no quedarse atrás, acusa a Trump de racista dictatorial, en gran parte porque llamó criminales, narcotraficantes y violadores a los inmigrantes mexicanos que van a Estados Unidos.

Incluso la imagen de Trump comiéndose un bol de tacos se convirtió en momento clave de la carrera presidencial estadounidense. ¿Estaba Trump homenajeando de forma inocente la cultura mexicana con su tuit del Cinco de Mayo o estaba burlándose de sus críticos? (Era lo último, como confirmé).

Y ese fue sólo el principio del melodrama político norteamericano.

Este miércoles -en el que es, por el momento, el capítulo más extraño de esta historia- Trump voló a Ciudad de México invitado por Peña Nieto para una reunión de dos hombres desesperados por buscar respeto. Trump va muy por detrás, según los sondeos, mientras que la aprobación de Peña Nieto está en torno a un pésimo 23%.

Peña Nieto también había enviado una invitación a Clinton, pero por suerte ella ha sabido quedarse fuera del tema por ahora. Mejor ver cómo el presidente mexicano y el candidato estadounidense tratan de ignorar un año cargado de la retórica más repugnante entre los dos países desde que Santa Anna atacó El Álamo.

Y mejor ignorar que lo han hecho.

Es improbable que los dos hombres lleguen a tratarse como hermanos, unidos por un deseo compartido de bloquear la migración ilegal de Centroamérica y Sudamérica y evitar las importaciones industriales baratas de fuera de Norteamérica. En cuanto a los peligros de una frontera porosa, Trump admitió que "no hay una calle de un solo sentido", reconociendo que México sufre una afluencia de dinero y armas del mercado negro procedente de Estados Unidos.

"Trabajaremos juntos", dijo Trump en un tono político de corramos un tupido velo como ha hecho hasta ahora en su campaña de denuncias.

Ah, y otra cosa: por su cuenta, Trump no sacó el delicado tema de quién pagaría el muro fronterizo, si es que llegara a construirse. "No hablamos sobre ese tema", reconoció el candidato, pese a que ha sido una de sus dos constantes en sus propuestas siempre cambiantes sobre la inmigración.

Es evidente que Trump sorprendió a Peña Nieto al aceptar su invitación e ir hasta México antes de que el presidente mexicano se echara atrás. Peña Nieto recompensó con moderadas pero elegantes palabras a Trump, a quien difícilmente habría podido recibir llamándolo fascista.

En su lugar, Peña Nieto afirmó que, pese a las duras palabras de Trump en los últimos meses, el multimillonario estadounidense había mostrado un "interés genuino por el bienestar mutuo de nuestra sociedad" (lo cual todavía está por ver).

Obviamente, los mexicanos no votan en las elecciones de Estados Unidos. Pero este año, México ha pasado a un plano central hasta el punto de que está causando estragos en ambos países. A veces se recurre al humor negro diciendo que cuando México llega a ser una cuestión central en Estados Unidos es señal de que la política está un poco loca en El Norte.

Cuando los estadounidenses voten este noviembre, no sólo elegirán presidente nuevo (y Congreso), sino que abrirán un nuevo capítulo de una larga y contenciosa relación con el país fronterizo del sur, una historia que incluye una guerra de disparos en Texas y Nueva España en el siglo XIX y una guerra de palabras por el comercio a finales del siglo XX.

Este año, los ciudadanos estadounidenses de origen mexicano que vivan y voten en estados estratégicamente importantes podrían decidir el resultado de las elecciones.

Y la política estadounidense hacia los inmigrantes mexicanos pende de un hilo, ahora que Estados Unidos pasa por uno de sus brotes periódicos de xenofobia, impulsado por las preocupaciones de seguridad y por unos excepcionalmente elevados niveles de inmigración en todo el mundo.

Es fácil marcar el momento en el que 2016 pasó a ser el año de las elecciones de México.

El 16 de junio de 2015, un hombre rollizo con el pelo anaranjado cogió un ascensor dorado para bajar a la recepción de la torre de oficinas que lleva su nombre y está en la Quinta Avenida en Nueva York. Ahí, rodeado de cámaras de televisión, anunció su candidatura a la presidencia de Estados Unidos... y su guerra personal contra México y su gente.

México, dijo Trump aquel día, estaba "enviando" al norte a gente "con un montón de problemas. Traen drogas. Traen delincuencia. Son violadores".

La solución, propuso, era encontrar rápidamente y deportar a los aproximadamente 11 millones de inmigrantes ilegales en Estados Unidos -un grupo que incluye a millones de personas de México- y construir un muro de tres pisos a lo largo de la frontera. Trump obligaría a México a pagar el muro, dijo, amenazando con anular los giros de dinero que envían los inmigrantes mexicanos.

Es cierto que la inmigración sigue estando entre las cinco cuestiones principales de la carrera presidencial. Pero el 72% de los estadounidenses prefiere que se encuentre la forma de permitir a los inmigrantes sin documentos "quedarse legalmente".

La candidatura de Trump se tomó como una broma, como un proyecto vanidoso de un cómico de realities de televisión, un magnate inmobiliario sospechoso que gritaba desde los márgenes paranoicos de la política estadounidense.

Pero su enfoque acusatorio e incendiario acabó convirtiéndolo en el candidato republicano a la presidencia, y ahora se enfrenta en la última ronda a Hillary Clinton, la líder demócrata de marca registrada, con décadas de experiencia y contactos.

Sin embargo, la estrategia que llevó a Trump hasta las primarias ahora está quitándole oportunidades en las generales.

Trump va perdiendo la carrera, flaqueando en varios estados clave donde necesitaría ganar con el sistema electoral estadounidense. El 30 de agosto, The New York Times situó las posibilidades de ganar de Trump en el 12%.

Es cierto que la inmigración sigue estando entre las cinco cuestiones principales de la carrera presidencial. Pero el 72% de todos los estadounidenses prefiere que se encuentre la forma de permitir a los inmigrantes sin documentos "quedarse legalmente" en Estados Unidos. Y sólo un 38% apoya la construcción de un muro en la frontera mexicana.

Las cifras de los sondeos importan por varios motivos. Y están envenenadas para los republicanos.

En primer lugar, los hispanos en general y los mexicanos en particular son la minoría más amplia en Estados Unidos en la actualidad. Hay 60 millones de latinos en Estados Unidos, de los cuales unos 35 millones reconocen ser de origen mexicano.

En segundo, la mitad de los aproximadamente 11,5 millones de inmigrantes sin papeles en Estados Unidos procede de México.

Cuando Trump menosprecia a los inmigrantes mexicanos, está atacando a un grupo mucho más amplio -e influyente- de votantes legales estadounidenses.

Esta no es forma de ganar el "voto hispano".

La norma general en la política estadounidense es que un republicano no puede hacerse con la presidencia sin obtener al menos un 40% del voto hispano. George W. Bush ganó las elecciones de 2004 por poco y obtuvo el 44% de esos votos. En 2008, el senador John McCain consiguió llevarse el 30% y perdió los comicios. En 2012, Mitt Romney ganó el 27% de los votos y perdió las elecciones.

"Ahora parece que Trump va a establecer un nuevo mínimo: 25%", afirma Simon Rosenberg, del New Democratic Newtwork, un centro de investigación de Washington que analiza el fenómeno de la inmigración.

El pasado mayo, cuando Trump estaba cerrando los últimos flecos de su candidatura republicana, su jefe de campaña desestimó la idea de que Trump tuviera que alcanzar los niveles de apoyo latino y mexicano de Bush.

Paul Manafort me explicó que, como la mayoría de latinoamericanos en general y mexicanos en particular viven en estados como California, Nueva York y Texas -y ninguno es competitivo en el Colegio Electoral de Estados Unidos-, no importa la cantidad total de votos del país. Lo que importa es que Trump consiga el apoyo en estados en los que vivan pocos mexicanos y latinos. Es ahí donde, según Manafort, los votantes latinos tendrán menos probabilidades de basar el voto en la solidaridad étnica y no se verán tan influenciados por los activistas liberales hispánicos.

Pero Manafort ha sido despedido y sus sustitutos saben que Trump seguirá ahuyentando a los latinos -y a los votantes blancos moderados- si mantiene su dura retórica contra México y la inmigración.

En las dos últimas semanas Trump ha intentado regular, o al menos ocultar, sus opiniones del pasado.

El muro sigue formando parte de su programa. También sigue en pie la teoría de que puede obligar a México a pagarlo. Y su decisión de encontrar "inmediatamente" y deportar "a los malos", esos inmigrantes sin papeles con antecedentes penales y otro tipo de problemas serios.

Sin embargo, ha dejado de atacar -o de mencionar- a Gonzalo Curiel, un juez federal estadounidense al que Trump critica porque sus padres emigraron de México a Estados Unidos.

Ahora, Trump afirma que compadece a los inmigrantes sin papeles que llevan en Estados Unidos muchos años y viven una vida tranquila y productiva.

Según él, los votantes que acuden a sus mítines los defienden.

"Me han dicho 'señor Trump, me encanta, pero coger a una persona que lleva aquí 15 o 20 años y echarla del país a ella y a su familia es muy duro", declaró la semana pasada.

Parece poco probable que Trump haya cambiado realmente de opinión. En vez de eso, yo sospecho que su nuevo equipo de asesores ha estudiado al electorado y se ha dado cuenta de que el voto latino es muy importante en muchas partes del país en las que Trump necesita ganar.

Mientras Trump se esfuerza por "cambiar", Hillary Clinton sigue dejando claro que prefiere que los inmigrantes sin papeles sigan un "camino hacia la nacionalidad". Además, Clinton se está centrando cuidadosamente -otros pueden decir que obsesivamente- en los votantes latinos a medida que pasa por todos los estados.

Tim Kaine, gobernador de Virginia -uno de los estados que están en el aire- es su candidato a la presidencia y habla español con fluidez. También es católico, como dos tercios de los mexicano-estadounidenses, y ha trabajado y viajado en varios países de Latinoamérica.

Además, con vistas a lo que Clinton espera que sea una victoria en noviembre, ha decidido que Ken Salazar -antiguo abogado de Colorado, senador y secretario del interior- sea el encargado de llevar a cabo su posible transición a la Casa Blanca.

Sus ancestros salieron de España hace 400 años para asentarse en lo que entonces era Nueva España, 300 años antes de que los antepasados de Donald Trump llegaran a Nueva York tras abandonar Alemania.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco e Irene de Andrés