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El efecto Gulliver

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Si la madre del frutero Mohamed Bouazizi cree en estas cosas, y me consta que es el caso, frente a la irreparable pérdida de su hijo le queda por lo menos el consuelo de pensar que éste se encuentra ahí arriba sonriendo, alegre, después de haberse llevado por delante a Ben Ali, Mubarak, Gadafi y probablemente a Al-Assad, inshalá. Estén donde estén, Karl Marx, Friedrich Engels o cualquier otro filósofo con una concepción materialista de la historia considerarán en cambio que el desarrollo tecnológico que suponen las redes sociales como Twitter y Facebook, virtualmente incensurables, combinadas con una población muy joven y con un alto nivel de paro hacían inevitable que la Historia se abriera paso en la forma de la revolución tunecina, negándole pues relevancia histórica a la inmolación de Bouazizi.

Probablemente tanto la madre del frutero como Marx tengan razón: la dictadura en Túnez difícilmente podía sostenerse mucho tiempo más pero el suicidio de Bouazizi bien puede haber acelerado el curso de los acontecimientos en varios años. Así lo entendió el Parlamento Europeo, que otorgó al suicida Bouazizi el último Premio Sájarov para la Libertad de Conciencia ignorando aparentemente el posible efecto Werther que la concesión del premio pueda acarrear en países miembros como Grecia o España, que se acercan ya al 53% de paro juvenil.

Los miembros del Parlamento Europeo no son sin embargo unos irresponsables dado que saben bien que los jóvenes griegos o españoles tienen en sus bolsillos un salvoconducto de incalculable valor del que carecía Bouazizi: un pasaporte europeo. Muchos jóvenes magrebíes en paro y que sabrían darle buen uso al mismo pagarían una fortuna por poder tener dicho pasaporte, y es triste pensar que si los privilegios que acarrea el documento fueran transmisibles seguramente muchos jóvenes españoles se lo venderían gustosamente.

El pasaporte español no es ni siquiera requerido -basta con el DNI- para buscar trabajo en la Unión Europea y en el área Schengen, como he explicado en varios de mis anteriores posts, y puede ser de gran ayuda si se consideran otras posibilidades menos obvias como ponía de relieve un artículo de El País de hace unas semanas que se mantuvo varios días entre los más leídos. El artículo da a entender que hoy en día, a diferencia de lo que pasaba en los años cincuenta, no tiene sentido emigrar si no se está altamente cualificado y se habla inglés. Es una forma de pensar de la que discrepo parcialmente. Es relativamente cierto que los ingenieros que hablamos inglés lo tenemos más fácil a la hora de emigrar, pero es igualmente cierto que lo tenemos más fácil también en España.

Hace poco más de un año estaba viviendo en Suiza, país que forma parte del área Schengen. En Suiza viven hoy más de 220.000 portugueses, que sustancialmente emigran de la misma forma que en los años cincuenta, mientras que el número de españoles es de unos 65.000. No abundan en ninguno de los dos contingentes los ingenieros con idiomas, pero tampoco les va mal allí: una señora de la limpieza en Suiza gana 25 francos la hora (más de 20 euros). Hay sin embargo que tener en cuenta que es un país con un coste de la vida elevado y que no ofrece cobertura sanitaria: en Suiza no hay Seguridad Social ni para los locales ni para los foráneos, sino que es obligatorio tomar un seguro médico de pago y generalmente muy caro.

Pese a todo, para un español en paro e independientemente de sus cualificaciones, no es finalmente ninguna tontería ir a probar suerte a otros países como Suiza o Noruega que ofrecen altos salarios y tienen bajas tasas de paro, pero al que se anime a emigrar sin una oferta de trabajo o sin conocer a alguien en el destino como sería recomendable, es imprescindible resolver la cuestión del alojamiento y hacer bien los cálculos de lo que se puede uno permitir para evitar sorpresas desagradables.

Pese a que uno de cada tres parados de la Eurozona tiene pasaporte español, hay casi cuatro griegos por cada español trabajando en Alemania y más de tres portugueses por cada español que trabaja en Suiza, una balanza poco equilibrada en mi opinión. Así que espero que blogs como éste o como el de la valiente Verónica Zumalacárregui eliminen el espectro de un efecto Werther y alumbren un posible y saludable efecto Gulliver.