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Detener a China en el Océano Pacífico

23/05/2015 09:57 CEST | Actualizado 23/05/2016 11:12 CEST
REUTERS

Estamos ante un inmenso espacio marítimo rodeado de países y poblaciones que, a lo largo de la historia, han confluido en aguas y costas para mostrar su presencia y ganarse la vida, para navegar y explotar las riquezas. Nunca se han puesto de acuerdo en cuanto al señalamiento de las fronteras marítimas, algo especialmente delicado para los países emergentes en una región conflictiva desde que finalizó la II Guerra Mundial y el proceso descolonizador. Desde los años 50 del pasado siglo, han sido usuales las incidencias y las discusiones entre China, Japón, Brunei, Malasia, Taiwan, Vietnam y Filipinas, contempladas con aprensión por los Estados Unidos como gran potencia en el Océano Pacífico y rival de China, así como por organizaciones regionales como la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático).

La irrupción declarada de China en este gran espacio del Mar del Japón, Mar de China Oriental y Mar de China Meridional, ha creado una dinámica de dominio y confrontación, aún no concluida, en la que los roces conocidos entre países vecinos habrían sido sustituidos o caracterizados de manera cuantitativa por el impulso avasallador de una gran potencia con recursos suficientes y manifiesta voluntad expansionista. Para cartógrafos y juristas, para diplomáticos y militares, se acumula desde hace décadas mucho trabajo dentro y fuera de la ONU, en los planos multilaterales y bilaterales; se trata de cuestiones, lejos de resolverse, muy politizadas, imbuidas de sentimientos patrióticos e irredentistas, así como de consideraciones estratégicas, en proceso de crispación, suscitadas por islas, cayos, islotes, peñones, arrecifes, bancos de arena y archipiélagos, muchos de ellos sin habitar, difíciles incluso de localizar en los mapas, con nombres distintos según el país reclamante. Pero de utilidad no despreciable.

Una tensión creciente

En este contexto de tensión hay que mencionar, por ejemplo, la larga disputa también sin concluir entre China y Japón por unas islas denominadas respectivamente Senkaku o Diayu. Hasta ahora, el nivel de conflictividad se ha mantenido bajo control en el área del Mar de Japón, donde China ha actuado con mayor circunspección y tanto Japón como Corea del Sur se encuentran en un proceso de rearme y apoderamiento resguardado por los Estados Unidos, como luego se verá. El auge que se observa en el rearme y en la proyección marítima de China ha servido igualmente para reforzar relaciones militares y políticas de Washington con Hanoi y Manila. El pasado 28 de abril, los dirigentes de la ASEAN emitieron un comunicado que se consideró como insólitamente duro advirtiendo obre las amenazas para la paz, la seguridad y la estabilidad de la zona por esa actividad político inmobiliaria de China para construir en las islas, para ocuparlas de manera permanente, especialmente en los archipiélagos Spratly y Paracelso.

Hasta ahora no se ha conseguido que tales disputas reciban un tratamiento multilateral satisfactorio, por parte de Naciones Unidas o de la ASEAN, al menos para equilibrar ese expansionismo económico y militar de los chinos que hasta ahora parece inevitable. Precisamente, la proyección económica y comercial del gran país podría verse seriamente condicionada al ir acompañada de movimientos agresivos que, al parecer, dirige con cierta autonomía el Ejército Popular de Liberación, poniendo en riesgo la estabilidad marítima de la que se benefician los países ribereños y sus poblaciones, por la cooperación, la paz y la libre navegación. Hay riesgos y perspectivas poco atractivas de mayor militarización regional a partir de sus espacios marítimos. El Archipiélago Spratly registra hoy la confluencia de tales tensiones políticas y militares, presididas hoy por las acciones de China, con anterioridad y con mucha menor envergadura, por las que protagonizaron Vietnam, Malasia y Filipinas.

Más y mayores islas

Se trata de ampliar o inventar la superficie de los arrecifes y cayos, en hacer que emerjan y se consoliden los bancos de arena, todo ello mediante la utilización de diversos materiales de construcción -o por la construcción misma si se dispone de superficie sólida- para la creación de pistas de aterrizaje, levantamiento de dependencias de almacén y residencia, estaciones de radar y reductos militares, etc., estando prevista la asignación de unidades armadas como guarniciones. Así, se habla ya de toda una labor de fortificación del Archipiélago Spratly a manos de un país que, como China, supera al resto, a los vecinos y ribereños, tanto en ambiciones territoriales y marítimas como en posibilidades de inversión y esfuerzo material, para la transformación de las plataformas marítimas y recreación de otras nuevas. China reclamaría la totalidad del Archipiélago Spratly, unos 820 mil kilómetros cuadrados, con más de 550 plataformas de características y medidas diversas, susceptibles de ser convertidas en otras estructuras más estables para varios usos, lo que ya está haciendo.

Entre los arrecifes en obra en el Archipiélago Spratly, en el Mar de China Meridional, figuran los denominados Johnson North y Johnson South, Cuarteron, Mischieff y Gaven. Además, el arrecife Fiery Cross, también en obras, puede transformarse en una base aeronaval mayor aún que la situada en la isla de Diego García, Océano Índico, de gran importancia para el dispositivo militar de los Estados Unidos. Una vez concluidas las obras el arrecife Fiery Cross albergaría un puerto y otras instalaciones de observación de gran valor para la marina china, como parte del sistema denominado ADIZ; se refiere a una zona de identificación de la defensa aérea, caracterizada por las advertencias denominadas AC y AD, relativas a la prohibición de cruzar el espacio aéreo y marítimo en cuestión, por vía aérea o marítima, con la necesidad de identificarse. Los Estados Unidos y los países vecinos de la zona se niegan a aceptar tales exigencias, que implicarían una especie de soberanía unilateral o de hecho sobre el Archipiélago.

Unilateralidad y hechos consumados

Como poco, China pretende establecer unilateralmente una especie de soberanía de hecho y aplicar una política de hechos consumados para su zona económica exclusiva de 322 kilómetros. Con la labor denunciada de fortificación del Archipiélago Spratly en puntos avanzados, China tendría capacidad de proyectar la fuerza a más de 800 kilómetros de sus costas, en favor de sus patrullas aéreas y navales. Es posible también que Pekín, o su Ejército de Liberación Popular propiamente dicho, intente establecer otra ADIZ, lo que contribuiría a generar más antagonismo por parte de los demás países ribereños, en Japón especialmente. Esta evidente tendencia expansiva está creando notoria inquietud en los demás Gobiernos, preocupados por sus derechos políticos y jurídicos, la labor de sus pesqueros, las prospecciones petrolíferas, etc., tratándose además de países con buenas relaciones diplomáticas y comerciales, tanto con China como con los Estados Unidos.

Tal contradicción es notoria efectivamente en el caso de Corea del Sur, con importantes lazos comerciales con Pekín pero dependiendo su seguridad de la alianza con Washington; como ocurre con Tokio, aunque mantenga peores relaciones con los chinos. En el caso de Corea del Sur y en otros, la tensión entre la economía china y la seguridad estadounidense, ambas muy necesarias, puede hacerse más fuerte en la medida en que el gran país asiático prosiga en sus eventuales intentos de dominar el continente y controlar la emergencia de los países vecinos, que trataría de incluir en el ancestral círculo chino-céntrico. Por parte de los Estados Unidos, no faltan planes de control y respuesta a la expansión china en los mares de Japón, China Oriental y China Meridional. Por ejemplo, una propuesta detallada y de gran interés aparece en la prestigiosa revista Foreign Affairs. Se trata del artículo de Andrew F. Krepinevich, Archipielagic Defense en el número de marzo- abril de este año.

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