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China: en busca de la felicidad

13/11/2012 08:29 CET | Actualizado 12/01/2013 11:12 CET

Un malagueño, recién aterrizado en Shanghái, mira absorto el paisaje urbano de la ciudad más próspera de China. Observa la vida pasar un lunes a las 9 de la mañana con la cabeza apoyada en el cristal de un viejo Wokswagen Santana. A pesar del jetlag y de las más de 15 horas de vuelo, su cerebro es una olla a presión: estímulos externos se agolpan en sus córneas y tímpanos a un ritmo difícil de asimilar. Es la nueva capital del mundo. La otra Nueva York. O lo que Nueva York debió ser en los años 20 del siglo pasado.

Gigantescas moles de hierro y hormigón son como paneles de abejas construidos en el ocaso del siglo XX según los preceptos comunistas de funcionalidad y austeridad. Sus cientos de miles de moradores son escupidos frenéticamente en taxis, coches, bicicletas, motos o caminando hacia la parada de metro más cercana. Muchos paran durante el camino en puestos callejeros para comprar el desayuno, tortas de huevo con cilantro, bollos rellenos de ternera, porras, tallarines en sopa.

shanghai Skyline de Shanghai una tarde de verano

Todo transcurre en un silencio sólo quebrado por el sonido de los cláxones, una costumbre arraigada en la ciudad desde que los únicos vehículos con ruedas eran las bicicletas y los coches oficiales Hongqi.

Cuando el malagueño llega a la oficina, tiene una duda rondándole la cabeza que no puede dejar sin resolver. ¿Por qué aquí la gente no sonríe?

Su compañera, china de nacimiento pero horneada al calor del sol de Madrid durante varios años, mira por encima de las gafas, y con solemnidad, responde: "Simplemente porque aquí la gente no es feliz, esto no es como España".

"¿Tú no eres feliz?" replica él.

"No, yo tampoco".

Una apreciación es algo subjetivo que no puede convertirse en axioma en un país con tantos matices como China, pero sí en una muestra del sentir de una generación de chinos urbanitas, de clase media, universitarios, con aspiraciones a algo más que una existencia anclada al gris asfalto, el rojo renminbi y el negro futuro.

El mapa de las insatisfacciones del ciudadano medio de a pie es intrincado, y tan amplio como inescrutable para un observador ajeno a su cultura. China se encuentra quizá ante una década crucial que marcará el devenir político, social y económico del país en el medio y largo plazo. Muchas de las frustraciones de los ciudadanos han calado entre las élites gobernantes y van poco a poco quebrantando los graníticos muros de Zhongnanhai, la ciudad prohibida del Partido Comunista Chino. Los líderes saben que no es posible seguir administrando placebos y que, gracias a las redes sociales, que actúan como incansable sistema de vigilancia ciudadana, la información es cada día más complicada de ocultar o maquillar.

Los principales puntos de desencuentro entre el ciudadano y los gobernantes son temas que competen a la gobernabilidad del país, la transparencia y la sostenibilidad. No implican necesariamente una abolición del régimen dictatorial, pero sí una renovación del mismo desde sus cimientos. Los más relevantes son cuatro.

Una desconfianza generalizada ante los políticos, individuos que, según la percepción de amplios estratos sociales, están ahí para atender a los deseos de su clan antes que a los del pueblo. La escandalosa fortuna amasada por el primer ministro Wen Jiabao y su familia, conseguida al amparo de la maraña de empresas público-privadas y amiguismo mal disimulado; los intereses de la familia Bo, con el defenestrado Bo Xilai a la cabeza o los billones de dólares que circulan por todo el país en forma de activos financieros de diversa índole bajo el apellido Xi (Jingpin), son sólo la punta del iceberg de una lista de decenas de cargos medios y altos del partido, a nivel local y estatal, que utilizan su posición privilegiada para malversar fondos, conceder licitaciones fraudulentas o construir infraestructuras y complejos inmobiliarios de dudosa utilidad pero cuantiosos retornos.

Un malestar por la creciente polución, fruto de un crecimiento anabólico y sin límites que no entiende de sostenibilidad. El envenenamiento por plomo es una de las principales causas de enfermedad entre los niños chinos, la mayoría de ciudades carecen de agua potable y la contaminación del aire en los principales centros urbanos es catalogado de "demasiado alta", según los estándares de las Unión Europea.

Los escándalos alimenticios, cada vez más presentes en la prensa por una mezcla de concienciación social y mayor libertad de los medios a la hora de informar sobre según qué temas, causan calurosas discusiones de manera más o menos periódica en las redes sociales. Leche con lejía, ternera con clembuterol, carne de pato marinada en orina de oveja para replicar el sabor del cordero y un largo etcétera de técnicas imaginativas al servicio de los beneficios de las empresas del sector.

Un sistema de seguridad social precario que obliga a la población a depender de sus ahorros y de la red de contactos y familiares para responder económicamente en caso de enfermedad, incapacidad física o vejez. El sistema impone una presión inusitada al trabajador, máxime cuando en muchos casos, el único salario que entra en una casa es el de un único hijo, que tiene que mantener a los padres y abuelos, ya retirados. Esto lanza a la juventud en una carrera desbocada en búsqueda de altos salarios, que en muchos casos sólo es una condena a la eterna insatisfacción.

Sobre este campo minado se desarrolla el XVIII congreso del PCCh, donde una nueva generación de líderes tendrá que hacer funambulismo político entre las facciones más a la izquierda del partido, que claman por guardar los muebles reformistas y mantener el sistema de crecimiento actual, y un ala más pragmática, que defiende una apertura económica gradual y menciona en su discurso, si bien tímidamente, lo que a día de hoy es sólo una quimera, la apertura política. Mientras tanto, una opinión pública cada vez más informada, observa el baile de máscaras desde la tribuna, en silencio, para emitir su veredicto no bien el telón haya bajado. La paciencia china es proverbial, pero está en juego el porvenir de una generación, y lo más importante, su felicidad.

china

Bandera de China en la Plaza de Tiananmen

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