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La primera muerte del soldado Ernest Hatuey

05/03/2017 02:12 CET | Actualizado 18/03/2017 10:18 CET
Morguefile

En una calle de asfalto cubierto por el polvo que todo lo desdibuja, a la hora en que el día se reparte entre la tarde y la noche y los olores de las aldeas de Irak se vuelven intensos como en las tiendas de granos y especies de los árabes de Manhattan, el convoy entró a la ciudad milenaria sin cambiar el paso. Por la ventanita de la unidad 16, Ernest vio pasar las primeras casas de techos planos y sin luces adentro. Vio las mismas personas de siempre que caminaban como sombras grises y silenciosas, como si tratasen de existir lo menos posible, apenas lo necesario como para volver a sus casas, o como si no supieran otras formas de vivir. Se había acostumbrado a las casas y a las calles, siempre desdibujadas, como si fuesen un bosquejo inacabado, sin límites claros, sin colores precisos, sin nada nítido que hiciera de aquella ciudad una ciudad y de aquella gente hombres y mujeres concretos y no personajes de viejas historias infantiles.

Entre las 17:00 y las 17:15 una explosión levantó por el aire a la unidad que marchaba delante. Como lo indicaba el procedimiento para esas ocasiones, las unidades adelantadas que no habían sido afectadas no se detuvieron. La que iba delante de Hatuey disminuyó la marcha para desviar la unidad siniestrada mientras un soldado abría fuego contra los nativos que no alcanzaban a recuperarse de la estampida.

En el vértigo habitual, acentuado por la sordera del estampido, Ernest se asomó por la escotilla y vio a un hombre que intentaba levantar a un niño. De alguna forma, no sabía cómo, había visto a ese hombre y a ese niño un instante antes de la explosión. Iban caminando de la mano. Iban vestidos más o menos igual, sin colores, con camisas y pantalones holgados, blancos, grises o simplemente sucios. En algún momento el niño comenzó a correr como si hubiese visto al mismo diablo. Iba descalzo. Unos segundos después ocurrió la explosión y casi enseguida la ráfaga de disparos de la unidad que lo precedía.

Murieron dos compañeros de Arizona, aunque nunca supo quiénes. Tal vez supo el nombre del niño que había caído en la segunda ráfaga. Recordaba los gritos en árabe de alguien que lo llamaba. Recordaba el grito del niño y, sobre todo, recordaba, como una maldición eterna, el silencio que había seguido a aquella descarnada expresión de dolor o de miedo. El hombre gritaba Johef, o Yohef, o Youssef. Era un grito como un vómito, como si en uno de esos nombres estuviese vomitando toda su vida en aquella tierra maldita por Dios, pensaba. El vómito se extendía en la e, en la última e que se arrastraba en un ronquido que luego se ahogaba en la f. Yousseeef. No sabía por qué, pero esta vocal se había vuelto algo importante en su vida. ¿Por qué el vómito se ahogaba en esa e que a veces se volvía como una i interminable? ¿Por qué se le habían fijado esos detalles cuando había cosas más importantes en la guerra?

El hombre que gritaba debía ser el padre. Porque sólo un padre —se animó a pensar— puede gritar de aquella forma que calaba los huesos. Tal vez gritaba para que el convoy se detuviera, alcanzó a reconocer una vez, totalmente ebrio en un bar de la calle Ocean Front de Jacksonville Beach. Tal vez gritaba para que los soldados dejaran de limpiar el área antes de continuar la marcha, omitió decir aquella tarde, pero lo reconoció en un correo electrónico que envió a su primo Eduardo en San Francisco, justo cuando salía de Hawái en el atunero que lo llevaría finalmente a Japón.

También reconoció, en el mismo correo, que cuando escuchó el primer grito casi detuvo el Abrams. Hubiese sido contra el reglamento, razón por la cual la unidad continuó el camino programado.

El niño había quedado detrás, tendido sobre una mancha de sangre. Su padre insistía en levantarlo, pero por alguna razón no encontraba la forma. Hatuey lo maldecía por esto.

Pero no importaban las mejores razones para olvidar. Ernest no podía deshacerse de ese grito, de la e y del hombre tratando de levantar algo sin forma concreta. Como si esa hubiese sido la única baja en toda la guerra.

El niño había quedado detrás, tendido sobre una mancha de sangre. Su padre insistía en levantarlo, pero por alguna razón no encontraba la forma. Hatuey lo maldecía por esto. Una y otra vez lo había visto en sus sueños tratando de levantar ese bulto enredado en una túnica blanca o gris.

Ernest Hatuey iba a parar el M1 Abrams. Pudo hacerlo, aunque era contra el reglamento. Pudo hacerlo y no lo hizo. Tampoco podía saber si el niño había muerto en la explosión o bajo las garras del Abrams. Y aunque había resuelto la situación de forma correcta según las reglas y el estándar, aunque había visto morir mucha gente antes y después de esa tarde, esa tarde no fue como cualquier otra —y sólo Dios y el diablo saben por qué.

Durante el resto del despliegue en Irak, Ernest Hatuey cumplió con sus obligaciones dentro del objetivo y las formas previstas. En la guerra no es posible apreciar que algo funciona mal, así que en los siguientes meses trabajó con disciplina a la espera del regreso definitivo.

Finalmente, el miércoles 21 de marzo de 2007, arribó al aeropuerto Hartsfield-Jackson de Atlanta. Cuando tomó el metro que lo llevaba de la terminal B a la T, quiso pensar en Claudia, en sus padres. Quiso sentir la misma ansiedad de sus compañeros.

Next stop, concourse C... C as in Charlie...

Sabía que lo estaban esperando. El viejo, emocionado pero inexpresivo; la vieja llorando; y Claudia, la ligera mariposa que se escapó de los paramilitares de Colombia casi diez años atrás, nerviosa, como siempre, delgada y sin saber dominar tanta ansiedad, porque para ella el mundo pendía de un hilo y cada detalle, de cada acontecimiento era una terrible amenaza.

Hubiese querido estar nervioso, pero no pudo. No había emociones fuertes en su estómago, ni las lágrimas que se había imaginado tantas noches, tirado en la litera del destacamento sin poder dormir.

Hubiese querido estar nervioso, pero no pudo. No había emociones fuertes en su estómago, ni las lágrimas que se había imaginado tantas noches, tirado en la litera del destacamento sin poder dormir, con un cigarrillo iluminando de vez en cuando el techo, como en las películas de Viet Nam, contando detalles de su madre y de su perra, escuchando sin tanto interés los detalles de las madres y las perras de sus compañeros, escuchando Paint it Black de los Rolling Stones para disimular la realidad. Cada vez que contaba algo de su vida casi olvidada de San Juan, viajaba al Caribe y sentía los olores de la guayaba, veía las flores de la abuela que rodeaban el pozo de agua y se trepaban en el muro del fondo, que él imaginaba el último bastión de la fortaleza que escondía a una hermosa joven raptada por los piratas, sin haberse dado cuenta nunca de que los piratas no eran dueños de castillos sino de barcos, propios y ajenos.

Y el coquí, por supuesto, el coquí multiplicado por mil en las noches sin autos. Co-quí, co-quí... Cuando la tía Eulogia agonizaba en Orlando, su hija le puso una grabación de estas ranitas en el dormitorio del hospital. Dos enfermeras habían entrado al escuchar el extraño ruido y tardaron en comprender que aquello era una grabación, que la grabación era de unas ranitas, y que las ranitas hacían sentir bien a la paciente. Pero la tía Eulogia no necesitaba más que el silencio y los coquís. Se había sonreído y antes de morir le había dado las gracias a su hija por haberla llevado de nuevo a Puerto Rico.

—Hatuey, aparte de un nombre extraño, tiene una memoria muy creativa —decía Jesús, el pelotero dominicano que dormía en la litera de abajo.

—No seas ignorante —respondía Hatuey— ¿no sabes quién fue Hatuey?

Se dejó subir por una de las escaleras mecánicas. Luego por otra. Dos mujeres corrían exhaustas para alcanzar su vuelo.

Yo sé —había contestado Carlos, desde la oscuridad—: Es una marca de malta cubana. A un amigo chileno le gustaba mucho tomar malta y en el único lugar que la conseguía era en un restaurante cubano de West Palm Beach, lleno de mosas cubanas aunque nacidas en América. Mi amigo, al que le caía mejor el Che Guevara que la mafia de Miami, iba a comer empanadas cubanas allí, porque los yanquis no tenían la menor idea de qué se trataba eso de la malta. Lo peor fue que terminó enamorándose de una de aquellas niñas y creo que hasta se casaron.

—No quiero saber lo que habrá sido la historia después.

—Ahora que lo recuerdo, tenía un indio en la etiqueta. La malta.

—Y los habanos, y los Cohiba y todo eso. Pero la verdad que se trata de un indio taíno, el primer rebelde de América.

Next stop, concourse T... T as in tango...

Pero todo eso había sido antes de Falluya. Antes de Falluya, los horrores de la guerra eran apenas eso; eran los horrores de la guerra que le ocurrían cada día a alguien que todavía estaba vivo.

Sin darse cuenta, de repente se vio caminando a paso medido en una fila que divagaba por el aeropuerto. I see a red door and I want it painted black. Una mujer rubia con una banderita en una mano dirigía la fila de soldados y los paseaba por las diferentes salas de espera para que los héroes recibieran la bienvenida que merecían. No colors anymore I want them to turn black. Una multitud de rostros desconocidos, algunos desencajados, como era costumbre, estaba allí para ovacionarlos. Apenas vio dos o tres hombres y una mujer que leían el diario o tomaban café, con una indiferencia que a Hatuey le pareció deliberada. Ni siquiera sintió odio o rabia por aquellos malagradecidos. Casi que los comprendía. Casi que le hubiese gustado que alguno se levantase y dijera algo, tal vez un insulto, pero algo que terminase con aquella agonía de héroes. Podía ver en sus rostros toda la pasión patriótica que él, Ernest Hatuey, había perdido en la guerra. I see the girls walk by dressed in their summer clothes... No le tenía ningún rencor al país al que representaba. Su rencor provenía de otro lado, pero el ruido de los aplausos no lo dejaba entender siquiera en un mínimo grado de dónde provenía ese rencor que lo llevaba a despreciar a aquella mujer gorda que tenía el rostro colorado de tanto aplaudir, o a aquel otro anciano que gritaba "welcome, welcome!"

Por todos estos indicios supo que estaba enfermo o algo no andaba bien. Un médico le explicará algunos años después que existe un síndrome del soldado que transfería todas sus frustraciones y sus experiencias traumáticas a las autoridades que lo habían enviado a la guerra, y que esto se podría curar perdonando y habilitando un diálogo con aquellos que en su momento debieron tomar la decisión que finalmente terminó por afectar la vida del soldado renegado. Pero Hatuey descubrió, con total sorpresa, que los compañeros que estaban en su misma situación eran muchos, al menos muchos más de lo que cualquiera de ellos podía reconocer.

Mientras caminaba en silencio, arrastrando por el piso brillante aquellas botas de color arena del Oriente que debía guardar como el mayor trofeo de su vida, Ernest siguió esperando que la emoción brotase a sus ojos mientras cumplía con la ceremonia de recibimiento. Todos sus compañeros habían estado ansiosos desde que divisaron las costas de Estados Unidos hasta el último minuto.

Al menos toda la furia contra los desconocidos que se habían quedado y toda indiferencia por su esposa y por sus padres, tenían un nombre, posttraumatic stress disorder.

Cuando el martirio del desfile de recibimiento terminó, todos se echaron a los brazos de sus padres y de sus mujeres. Algunos, incluso, tenían hijos pequeños. Sintió envidia de estos niños pequeños, corriendo como locos a tirarse a los brazos de su padre ausente en una misteriosa tierra, en un ingrato país lejano que había devorado a muchos de aquellos sufridos héroes. Y gracias a ellos ahora sus niños eran libres.

Ernest Hatuey intentó hacer lo mismo. Cuando vio a sus padres y a Claudia con el rostro cruzado de lágrimas, extendió los brazos y una sonrisa que sus ojos no acompañaron. No podía emocionarse. Mucho menos llorar o arrancar una lágrima a aquellos ojos resecos por la arena del desierto. Resecos, pensó, como si estuviesen muertos. Intentó fingir emoción, pero tampoco pudo.

Allí estaban su esposa y sus padres, y allí estaba él haciendo lo que debía hacer: abrazarlos, decirles que estaba feliz por el regreso. Pero sólo pensaba en llegar a su casa y acostarse. Era como si un gran cansancio, luego de días de caminar, lo hubiese invadido sin razón.

En su casa encontró a su perra Glory, a la perra que tanto había extrañado. Allí estaba, nerviosa, saltando hasta donde le daban las patas. Ernest Hatuey se arrodilló y la abrazó tratando de evitar las lamidas desesperadas de aquella pequeña bestia que no había entendido nada.

Pocos meses después de su regreso, los médicos diagnosticaron que Ernest Hatuey sufría de PTSD, es decir, de posttraumatic stress disorder. Según le explicaron, nadie sabía todavía por qué las mismas experiencias tienen efectos diferentes en diferentes personas e, incluso, en una misma persona. Pero al menos toda la furia contra los desconocidos que se habían quedado y toda indiferencia por su esposa y por sus padres, tenían un nombre y, probablemente, los médicos tenían alguna idea de cómo aliviar un problema que se había vuelto crónico por no haber sido tratado a tiempo, según decían ellos.

Así que, poco a poco, fue descubriendo que ese día, el 16 de marzo de 2006, había muerto con la explosión o poco después, y su cadáver había quedado tendido en una calle polvorienta de Falluya, en manos de un padre desconocido, tan desconocido como el que encontró el mismo Ernest a su regreso en Atlanta, una tarde de otoño del 2007.