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'La puerta abierta', un cuento de Navidad

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Fotograma de La puerta abierta, dirigida por Marina Seresesky.

En las corralas la Navidad llega cuando quiere, o cuando puede. La luz grisácea se va colando entre la ropa tendida, atravesando cuerdas y pinzas de la ropa, perdiendo intensidad y llegando tamizada hasta el fondo de los patios. Lo mismo suena un villancico en agosto que la canción del verano de 1982 en enero de 2016.

Se acaba de estrenar La puerta abierta, el primer largometraje de Marina Seresesky y a uno le encantaría que ese título fuera premonitorio. Pero el mundo del cine español es complicado. Y si bien es cierto que en los últimos años ha habido algunos taquillazos, lo cierto es que las películas "pequeñas" tienen que luchar muy duro para salir adelante.

La puerta abierta trata sobre la prostitución, y no voy a entrar en el debate ese que dice que las mujeres son libres para alquilar su cuerpo (¿son más libres cuando friegan escaleras ocho horas, cuando venden un riñón, cuando gestan el hijo de otras personas, cuando se encargan en exclusiva del cuidado de los niños y de los ancianos, cuando se casan con Alfredito, su novio de toda la vida, que es funcionario y va a heredar, hija, no seas tonta?). Y no lo hace de manera amable: la violencia, la desesperación, la oscuridad están presentes durante todo el tiempo.

Pero estamos hablando de un cuento, de un milagro, de algo que aparece y trasforma sus vidas, como esas cosas que se cuelan casi sin querer en nuestra cotidianeidad y nos dan la vuelta (un hijo, un perro, una orquídea, una planta de tomates), nos hacen ser lo que queríamos ser en nuestros sueños infantiles, lo que querríamos haber sido.

Espero que oigan ustedes hablar (y mucho) de las interpretaciones de Carmen Machi y Terele Pávez, de Asier Etxeandía y Lucía Balas, el cuarteto protagonista. Pero por esas cosas de la vida uno tiende a mirar a los personajes pequeños, a esos trabajos que quedan casi olvidados: cuando pienso en La puerta abierta no dejo de recordar el resentimiento, el odio y la violencia en los personajes interpretados por Sonia Almarcha, Paco Tous y Emilio Palacios. O la contención y la serenidad de Mar Saura y Christian Sánchez, o el dolor de Mónika Kowalska y Yoima Valdés, o la infinita ternura en los ojos de Hugo Ndiaye.

La directora, Marina Seresesky, nos hace ver que Lyuba podría haber sido Aylan, el niño sirio ahogado en la playa, o alguno de los más de cuatrocientos niños y niñas que se han ahogado después de él, que Rosa podría ser una de las mujeres asesinadas por violencia machista, Lupita una de las agredidas por la transfobia, Antonia una de las mujeres ancianas que mueren solas. Es lo que se conoce como responsabilidad social del artista. Algo que no tienen nuestros políticos. Eso sí, luego lo que está subvencionado es el cine.

Háganse ustedes un favor y vayan a ver La puerta abierta. Si les gusta hagan lo que yo: cuéntenlo. Si nadie nos cuida ya lo haremos entre nosotros.