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Juan Carlos Rodríguez Ibarra Headshot

Dos madrugadas con el comandante

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FIDEL IBARRA
Diario Hoy
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Ni era Jefe de Estado ni presidente de gobierno. Llevaba ocho años retirado como consecuencia de una enfermedad. Durante ese tiempo han fallecido varios dirigentes políticos, varios premios Nobel, varios intelectuales, varios actores de renombrado prestigio, y la vida siguió. Pero ha muerto Fidel Castro y el mundo como que se ha parado para escuchar o emitir las más diversas y contradictorias opiniones sobre la figura que acaba de desaparecer y cuyas cenizas son paseadas por la ruta inversa a la que hizo el comandante Fidel con sus barbudos guerrilleros.

Me ahogaría en un régimen como el cubano, pero me sería imposible respirar en medio de la pobreza extrema que he visto en otros países latinoamericanos. Hasta ahora, en Cuba nadie sentía vergüenza por vivir como vivían, sin bienes materiales, porque no tenían a quién envidiar. Estaba cantado que Fidel, después de más de medio siglo, no podía ni quería abrazar la democracia entendida al modo occidental y, así, reconocer que su vida fue una equivocación.

En el año 1998 tuve la oportunidad de compartir una mañana, una tarde y dos madrugadas con el líder cubano, como consecuencia de una visita que hice a la Habana para examinar los intercambios que Extremadura mantenía con la sanidad cubana y para observar el buen uso que se hacía del dinero que la cooperación extremeña aportaba para la reconstrucción de viviendas en el malecón habanero. En las largas horas de conversación, saqué como conclusión que el intercambio de pareceres con Fidel solo era posible si se le concedía la duda sobre el carácter más o menos democrático de los países occidentales en comparación con el sistema político que él había impuesto en la isla caribeña. Por ejemplo, el comandante Castro sostenía que la libertad de prensa en Occidente no existía: "¿Es que El País o The New York Times son libres?", me espetó. Para él, la democracia por cuadras, calles y escaleras era más y mejor democracia que el sistema electoral occidental. No tenía dudas de que su Asamblea legislativa era mucho más democrática que los parlamentos español o norteamericano. No le discutí derecho que tenía a criticar la influencia y manipulación de los medios económicos y financieros en nuestro sistema democrático. Cuando creyó que su tesis se imponía, le disparé a bocajarro lo siguiente: "Sólo hay una cosa que no es discutible, que tú y yo podemos estar aquí hablando de lo que queramos, y ahí fuera dos cubanos, si hicieran lo mismo que nosotros, acabarían en la cárcel. La libertad es indiscutible".

Acostumbrado como debía estar a defenderse, me manifestó que "ellos solo mandaban a prisión a delincuentes y terroristas, igual que vosotros encarceláis a los de ETA".

No debió sentirse incómodo con la charla porque prometió que iría a Extremadura. Devolvió la visita tres meses después, con ocasión de la Cumbre Iberoamericana de Oporto. La cena en Mérida también fue larga. Fidel se comió una torta del Casar, se recogió a las siete de la mañana y a las diez estaba de uniforme en la puerta del parador.

Iniciamos la visita. Dio una memorable rueda de prensa en el Teatro Romano. No desaprovechó la ocasión de responder a la prensa durante dos horas en ese espectacular escenario. Garzón había ordenado la detención de Pinochet en Londres y un periodista no perdió la ocasión de preguntarle si no temía que a él pudiera ocurrirle lo mismo. Al mediodía se comió otra torta del Casar entera y voló hacia Madrid, donde Aznar le esperaba impaciente.

¿Cuál será el futuro de Cuba? Nadie lo sabe, igual que nadie sabe con certeza en los tiempos que vivimos hacia dónde irá ningún país ni ninguna región del mundo. Sin embargo, nos atrevemos a hacer presagios sobre la Cuba del futuro, ahora sin Fidel, aunque todavía con Castro. No lanzamos vaticinios sobre otros, pero osamos hacerlo con países como Cuba, observado sin reparo por el resto del mundo.

Fidel Castro abandonó la Jefatura del Estado de manera distinta a como lo hicieron dictadores que, como Franco, murieron en la cama creyendo tenerlo todo atado y bien atado. Que el Jefe de Estado sea Raúl Castro, comandante de la Revolución y hermano de Fidel, favorece los cambios que se están produciendo en la economía y en la apertura cubana. Otros, menos fiables, no hubieran gozado del permiso de Fidel Castro para llevarlos adelante.

Castro pudo avalar con su silencio, desde la sombra y el retiro, una evolución de su régimen hacia un sistema de mayor libertad y prosperidad. Si la presión externa no aborta un proceso de cambio en Cuba, y si Trump en la Casa Blanca no deshace el camino recorrido por Barack Obama, las posibilidades de diálogo y entendimiento se multiplicarán en la esfera internacional. Y si los de Miami acaban con su Síndrome del Narcisismo Maligno y entran al juego de una transición pactada, Raúl Castro podría anunciar que los cambios que den paso a una nueva Cuba van a llegar más pronto que tarde.

Puedes ver a aquí la galería de fotos del viaje de Fidel Castro a Extremadura en 1998, que publicó el diario Hoy.