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El elefante en la habitación

02/06/2017 07:26 CEST | Actualizado 02/06/2017 07:26 CEST

JFLA

Cada vez que regresamos a la discusión problemática acerca de la acumulativa fatiga de materiales del edificio constitucional que fue diseñado e inaugurado a finales de los 70 del pasado siglo, de un modo u otro tropezamos, por más que queramos evitarlo, con ese "elefante en la habitación" que es la cuestión catalana, eufemismo de un conflicto político y constitucional que crece, lo veamos o no, a velocidad de crucero y a pasos agigantados.

Entretenidos como hemos estado en la definición de la aritmética parlamentaria para pasar los Presupuestos de 2018 y (el famoso "diputado 176..." penosamente incrustado en una lista socialista) así como en la intensidad de la diatriba intestina en el PSOE -no sólo por el liderazgo, sino por su orientación estratégica-, urge constatar, de nuevo, con toda la carga dramática que su enormidad requiere, que el elefante en la habitación -"the Elephant in the room", es la metáfora en inglés- continúa estando ahí, aunque lo hubiéramos perdido de vista, siquiera momentáneamente o por saturación.

Hace tiempo que esas élites dirigentes que se están matando a besos en el gobierno de la Generalidad de Cataluña -una consociación que desvirtúa las exigencias de la alternancia política y la confrontación, sumando a los herederos de la CiU cleptocrática (el PPdeCat) con ERC y con la CUP- vienen trazando una ruta en la que se entremezclan tres quininas indigestas para la democracia constitucional (la única en que puede gestionarse en paz el conflicto político): a)- tartufismo pseudodemocrático (la hipócrita pretensión de que se pueda "decidir", votando, cualquier cosa en cualquier modo y cuando les apetezca, por más que se violen las reglas de juego pactadas para convivir y por más que ello incite a los demás a un desacato simétrico de lo que así se "decida"-); b)- victimismo impostado (buscan, cueste lo que cueste y sin reparar en perjuicios, provocar "reacciones" en aras de la defensa de la legalidad para de inmediato presentarlas como "represión" o "fascismo"); y c)- teatral martirologio (presentar sus provocaciones y sus ilegalidades penales, cuando no sus fechorías y latrocinio sistemático, como si fueran la anticipación de una causa que acabará por ser heroica y triunfadora en la Historia).

He escrito más de una vez que, lejos de temer esa "reacción represiva", Puigdemont y sus adláteres buscan denodadamente la activación de lo previsto en el art. 155 CE, cuyo contenido, por cierto, no alude por ninguna parte a ninguna "suspensión de la autonomía catalana", por más que a los secesionistas partidarios de la ruptura unilateral de las reglas les gustaría presentar esa eventualidad -dolosamente buscada con cinismo y avaricia- como "atropello" y desafuero.

Han corrido ríos de tinta acerca de las causas múltiples del nivel de dramatismo con que ahora ha de bregarse con la indisimulada amenaza de una proclamación de secesión unilateral.

Y he comentado muchas veces, como jurista y como constitucionalista, la panoplia de instrumentos de que dispone el Estado constitucional -no "el Gobierno", sino el Derecho democráticamente legitimado- para responder ante cada una de las viñetas de la delirante secuencia de la "desconexión" bajo cuyo eufemismo se esconde una "Declaración Unilateral de Independencia" (DUI) que sigue siendo inaceptable e incompatible con la Constitución, con el Derecho de la UE y con el Derecho Internacional.

También han corrido ríos de tinta acerca de las causas múltiples del nivel de dramatismo con que ahora ha de bregarse con la indisimulada amenaza de una proclamación de secesión unilateral: los abusos perpetrados sobre el sistema educativo; la manipulación sistemática de la información orientada al adoctrinamiento; la fabricación de una "posverdad" aplastante desde los medios de comunicación dominantes, todos ellos controlados desde la hegemonía de un nacionalismo excluyente (que propugna identidades exclusivas, no compatibles con otras ni en diálogo con ninguna otra), son algunos de los factores que explicarían, de consuno, cómo se ha llegado tan lejos... o cómo "llegamos hasta aquí".

Pero a la hora de enfocar la enormidad insoslayable de ese elefante que ahora ocupa la habitación, seguramente nunca dimos la importancia que merece a la batalla cultural -ideológica, cívica, filosófica y moral- contra el nacionalismo excluyente, su sectarismo populista y sus relatos falsables. Esta es la línea emprendida en publicaciones intelectuales memorables como Las cuentas y los cuentos de la independencia, de Josep Borrell y Joan Llorach, y Nacionalidades históricas y regiones sin historia de Roberto Blanco Valdés.

"Balanzas fiscales" falseadas ("Espanya ens roba"); "persecuciones lingüísticas" inexistentes (el catalán, es evidente, no está "perseguido" en Cataluña desde la Constitución; antes bien, el castellano es tratado no como "lengua cooficial" en las administraciones gobernadas por los nacionalistas, ni mucho menos "lengua franca" en el conjunto del Estado, sino como si fuese una lengua extranjera en los ámbitos institucionales dominados con implacable sectarismo por el nacionalismo); mitologías hagiográficas de "élites extractivas" sin parangón en Europa (las élites que han gobernado Cataluña sin apenas soluciones de continuidad remarcables durante los largos años del pujolismo y su reanudación con Mas y ahora con Puigdemont, saqueando muchas de sus mejores oportunidades históricas para su enriquecimiento y corrupción personal). Todas esas cuestiones, y otras de tremendo calado, han sido y son caballos de batalla largamente ignorados o, acaso, subestimados. Pero que, sin embargo, reclaman un campo propio en que librar una contienda cara a cara y de frente en la confrontación de ideas, proyectos políticos, relatos.

Será, en buena medida, una batalla cultural -¡las razones, las ideas, todavía importan, no sólo "emociones" y "vísceras"!- la que permitirá reducir la enormidad insoportable que ha llegado a revestir este elefante que ahora ocupa la habitación de todos, aunque momentáneamente no lo queramos ver... o lo perdamos de vista.

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