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¿Qué queda después del Brexit?

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Foto: REUTERS

La mañana del 24 de junio muchos tuvimos dificultades para expresar lo que sentíamos ante los resultados del referéndum. La impotencia, la indignación de tener que resistir el rechazo de un país al que muchos han ofrecido su trabajo y su esfuerzo, se traducía en un sentimiento de traición generalizado. El Brexit ha abierto una brecha entre ellos y nosotros. El referéndum que nadie pidió, que no era más que una estratagema política para afianzar el Gobierno de David Cameron, como fue el de Escocia, ha destruido la confianza en un futuro conjunto sin fronteras. La apuesta parecía casi segura, pero la suerte no dura eternamente, y ahora, tras la votación, solo queda división y caos, aquí y en Europa.

El día después se vivió con euforia e incredulidad a partes iguales. Nadie podría haber anticipado el resultado. Había que reconocer que 17 millones habían votado dejar la Unión y que, por lo tanto, Reino Unido estaba definitivamente fuera. La decisión, opuesta al pragmatismo y al sentido común inglés, sorprendía a los líderes de ambas campañas, que no esperaban enfrentarse a un verdadero proceso de separación. No había plan, pero eso poco importaba cuando Michael Gove, actual ministro de Justicia y candidato a liderar el partido conservador y el Gobierno, calificaba las supuestas consecuencias económicas del Brexit como propaganda nazi. El caso es que aún siguen sin plan y no parece que vayan a tener uno pronto. La dimisión de David Cameron ha revolucionado al Partido Conservador, que ya se prepara para recibir a su próximo líder. En la oposición, Jeremy Corbyn, líder del Partido Laborista, pierde la confianza de prácticamente todo su gabinete político debido a su descafeinada defensa de la UE, cuestionando así su legitimidad para liderar la izquierda. Además, los nacionalismos vuelven para quedarse. La Primera Ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, se prepara para un segundo referéndum de independencia si no logra pactar un acuerdo de permanencia con Europa. En Irlanda del Norte, el Sinn Féin discute una posible reunificación que impida la reaparición de una frontera con Irlanda. La desintegración está a la orden del día.

Si los británicos quieren su país de vuelta, yo también quiero a mi Europa de vuelta, la que me prometieron, no esta institución impasible y apática, alejada de todo.

Ante tal situación, los británicos se preguntan si realmente ha merecido la pena, si la rabia hacia un Gobierno cínico y manipulador o la visión romántica del Reino Unido pueden hacer frente a lo que está por venir. Las emociones que hace dos semanas deslegitimaban a bancos, a expertos y a burócratas proeuropeos han cedido ante un escepticismo que parece querer restaurar la prudencia, suavizar discursos y tender puentes con los otros 16 millones de personas que votaron por quedarse. Lo que está claro es que los británicos se están recobrando del shock y ya no valen ni las excusas baratas ni los populismos absurdos. Ahora, el espíritu no es tan nacionalista como de proteccionismo para con el país. Sin embargo, las posibilidades de alcanzar un acuerdo favorable son nulas. Mientras Reino Unido desee continuar comerciando dentro del mercado único, pero se oponga a la libre circulación de personas, una de las regulaciones más fundamentales de la Unión, Bruselas no va a ceder, básicamente porque el proyecto Europeo carecería de sentido. Entonces, si la razón principal de los británicos para dejar la UE, es decir, la inmigración, no es negociable, ¿qué es lo que han votado? Pues, eso, nada. Las promesas del Brexit estaban vacías, huecas, se hicieron para poner al público contra el sistema, para ganar votos, no para ser cumplidas. La mitad de los británicos las creyeron, o al menos confiaban en que fueran ciertas, lo que no esperaban era que los mismos líderes de la campaña las desmintieran.

El referéndum, que muchos en Europa consideraban otra pataleta más, ha sido un error de cálculo mayúsculo tanto de Cameron como de los líderes europeos. Europa fingió que esta era una crisis como otra cualquiera, subestimó la fuerza del euroescepticismo, confiando en la bonita pero incierta idea de una Europa unida y sin fronteras y se alejó de la realidad. Todos hemos visto a Merkel dictar las políticas de la UE durante la crisis financiera, todos hemos oído hablar sobre las tasas de desempleo en los países del Mediterráneo, sobre el creciente número de refugiados en costas europeas, sobre los atentados en París y Bruselas y sobre el dudoso pacto con Turquía. Los europeos no se olvidan. Culpar a la UE y a sus políticas socioeconómicas de los problemas domésticos es fácil, sólo hay que ver la televisión o leer el periódico, no se necesita nada más, mientras que las palabras para justificar las decisiones de la UE se intuyen condescendientes y débiles casi como de disculpa.

Si los británicos quieren su país de vuelta, yo también quiero a mi Europa de vuelta, la que me prometieron, no esta institución impasible y apática, alejada de todo. Yo sigo creyendo en el proyecto, creo también que el entendimiento mutuo es posible y que hay un camino para los países que conforman la Unión, que puede ser beneficioso para todos si sabemos compartir. La UE debe aprender a no dejarse intimidar por líderes demagogos como tampoco puede esperar que la fe en la UE continúe si ésta solo demuestra buenas intenciones pero pobres resultados. La salida del Reino Unido ha sido un duro golpe para todos, una bofetada en toda regla para los que llevamos aquí algún tiempo, sin embargo hay que mirar hacia delante, debemos resistir y sobre todo mejorar. La UE no puede quedarse anclada en el pasado, debe reformarse, amoldarse a las exigencias y al cambio. Dirigir desde Bruselas de manera anónima ya no es una opción, ahora deben escuchar.