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Jeanne Moreau: ni musa ni amante

07/08/2017 07:26 CEST | Actualizado 07/08/2017 07:26 CEST
Gamma-Rapho via Getty Images
Jeanne Moreau.

Enterarse de la muerte de una gran dama del cine resulta infausto. Escuchar que la definen como 'belleza, musa y amante' se me antoja grotesco. El pasado 31 de julio nos abandonaba Jeanne Moreau, la actriz europea con mayúsculas, de genio e ingenio indiscutibles, capaz de renacer de sus cenizas y encarnar los personajes más fascinantes del siglo XX. Toda ella era impulso, vigor y creatividad. Trabajó con los mejores cineastas de su tiempo, proporcionando una potencia y un ímpetu que no podían igualarse. Si estaba Jeanne Moreau se notaba, era una de esas presencias ineludibles que, sin hacer ruido, resuenan sin apenas buscarlo.

De madre inglesa y padre francés, la joven Moreau pronto llamó la atención de sus coetáneos, iniciándose en la actuación a edad muy temprana, con apenas diecinueve años, lo que la convirtió en una de las jóvenes promesas de la escena francesa. Y como en el prometer está el cumplir, pronto pasó de ser un asombro potencial a una sólida intérprete, mostrando pese a su juventud una aguda intuición y una brillante inteligencia.

Supo elegir los papeles, eso no se le puede negar, como tampoco el hecho de que a muchos de ellos, muy inferiores a su talento, los supo amoldar a su talla, dignificándolos con una interpretación que haría de ella una auténtica estrella. Se inició con Louise Malle en 1958, con películas como Ascensor para el cadalso o Los amantes, a las que seguirían Las relaciones peligrosas (Roger Vadim, 1959), Moderato cantabile (Peter Brook, 1960) y Diálogos de carmelitas (Philippe Agostini, 1960). Sin embargo, el cénit de la grandiosidad lo alcanzaría, desde mi punto de vista, en el emblemático título de François Truffaut Jules y Jim (1962), pieza de orfebrería de la nouvelle vague en la que interpreta a una joven (Catherine) que ante la disyuntiva de disputar su amor entre dos hombres, se decide por ambos.

Un arrebato derrochador de energía como Jeanne Moreau era recordado, según este código, como una mujer que 'inspiraba a' o que 'era amada por'. Ni en la muerte la subversiva Moreau ha podido desterrar esa lacra.

"Vivir es arriesgar" sostenía Moreau, y por ello no le importó adentrarse en la controversia, adelantarse a su tiempo, ser sediciosa e irreverente o seducir a la cámara con su labia. Así rodaría La Notte (1961, Michelangelo Antonioni), Bay of Angels (1963, Jacques Demy) o La novia vestía de negro (1968, François Truffaut). Años después Orson Welles, otro enfant terrible del cine, descubriría en ella la horma de su zapato tras rodar El proceso (1962), Campanadas a medianoche (1965) y Una historia inmortal (1968), una trilogía que le granjeó a Moreau el apelativo de "mejor actriz del mundo" por parte del cineasta de Wisconsin. Después de más de seis décadas entregada al cine, en su filmografía quedan trabajos compartidos con Agnés Varda, Wim Wenders, Theodoros Angelopoulos, François Ozon o Amos Gitai, todos grandes como ella.

Como toda artista polifacética, también Moreau destacó en la dirección cinematográfica, cuyo resultado nunca fue valorado lo suficiente, en especial su cinta La adolescente (1979) con Simone Signoret. También cantó, actuó y dirigió obras de teatro (por lo que ganaría el Premio Molière) e incluso alguna ópera, hecho que la convierte en una artista polifacética. Si a ello le sumamos su infinito palmarés (Oficial de las Artes y de las Letras de Francia; Palma de Oro en Cannes, Premio César y Donostia; León de Oro en Venecia y Oso de Oro en Berlín; Académica de las Bellas Artes de París y Doctora Honoris Causa en las universidades de Lancaster y Nueva York), concluimos que la mujer que ahora despedimos, Jeanne Moreau, era más que una simple musa. Muchos, entre los que me incluyo, pensarán que con este recorrido profesional Moreau no tenía nada más que demostrar. No obstante, esto no es así, estamos equivocados.

Y lo estamos porque, justo el día de su muerte, escuchamos, leímos e interiorizamos que quien se había ido era una "belleza", una "amante" o, lo que es igualmente terrible, una "musa". Un arrebato derrochador de energía era recordado, según este código, como una mujer que 'inspiraba a' o que 'era amada por'. Ni en la muerte la subversiva Moreau ha podido desterrar esa lacra.

Porque Jeanne Moreau no necesitó ser musa de nadie, ella era su propia inspiración; tampoco precisó de ser beldad, aunque muchos maticen ahora que la suya no era una belleza canónica; y mucho menos requirió de ser definida como amante, salvo si se hace referencia a sus trabajos en Les Amants (1958) de Louis Malle o en El amante (1995) de Jean-Jacques Annaud.

"Siempre he tenido la necesidad de abrir puertas prohibidas", indicó en cierta ocasión Jeanne Moreau. Ojalá no sea la única y muchas jóvenes artistas cojan el testigo de esta intérprete sin parangón.