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Y entonces llegó ella: Bibiana Fernández

25/05/2017 07:27 CEST | Actualizado 25/05/2017 07:27 CEST

© A. Bofill
Bibiana Fernández como Duquessa de Crakentorp en 'La fille du règiment', en el Liceu de Barcelona.

En 1935 el austriaco Josef von Sternberg presentaba en sociedad El diablo era mujer, película controvertida y en más de un aspecto extravagante, protagonizada por Marlene Dietrich. La arrogancia de la actriz, siempre fascinante, no encajaba netamente con el personaje de Concha Pérez, joven española, bella y crápula, dispuesta a todo con tal de abandonar las penurias de su vida. Tuvo mucha repercusión la cinta de von Sternberg, con su protagonista cercana a la Carmen de Mérimée y bosquejada por la pluma de John dos Passos; un guion que, por cierto, era una versión muy libre de La Femme et le pantin de Pierre Louÿs. A pesar del éxito cosechado, su ambiente bizarro, carnavalesco a lo Neville, y su punto bandolero, restaba eficacia a un título en el que el punto clave recaía sobre una alemana cuyos vocablos en español resultaban tan sandungueros como perturbadores. Difícil ser morena, sevillana y ardiente apellidándose Dietrich.

Hoy en día, para cualquier Instagramer de pro, la expresión The Devil is a Woman no rememora a von Sternberg, ni mucho menos a Dietrich, sino a Bibiana Fernández, actriz, cantante y modelo que en 2017 ha decidido subirse al Gran Teatre del Liceu para interpretar el papel de Duquessa de Crakentorp en La fille du régiment.

He reconocido en más de una ocasión mi gusto por la ópera, tan excesiva y catártica que supone una experiencia vital más que un espectáculo en sí mismo. He de confesar, además, que siento especial afecto por la ópera cómica de Gaetano Donizetti. He disfrutado de La hija del regimiento decenas de veces, tanto en directo en grandes coliseos, como en cualquier formato habido y por haber. Me he emocionado una y otra vez escuchando "Ah! mes amis, quel jour de fête!", y casi he llorado cuando, en Viena, una estruendosa ovación hizo que Juan Diego Flórez volviera a entonar sus nueve dos de pecho comenzando por un agudísimo "Pour mon âme".

Sin embargo jamás, y esto lo digo con total convicción, jamás he visto un público tan entregado ante la presencia de un personaje como el de la Duquessa de Crakentorp, como en la actual versión de La hija del regimiento del Liceu. Ni tan siquiera la excelente soprano neozelandesa Kiri Te Kanawa, en su reaparición en público tras su retiro, consiguió que los asistentes se volcasen de una manera tan orgánica y emotiva como con Bibiana Fernández. Me permitirá mi querido Javier Camarena, tenor de prodigiosa capacidad vocal y humanidad, que soslaye sus bises históricos para hacer mención a un personaje como el de la duquesa; entenderá que me mueven "obligaciones olímpicas".

Su personaje hablado choca tan graciosamente con la solemnidad operística, que solo se le puede pedir a Bibiana Fernández que adopte su rol de manera vitalicia.

Pongámonos en situación. Estamos en 1805, las tropas napoleónicas se expanden por toda Europa y el Tirol lucha por su independencia ante los pasos de los franceses. Escaramuzas por todo el territorio inquietan a los habitantes. Las mujeres rezan. El conflicto por un instante cesa. En medio de esta lucha, un regimiento galo conducido por Sulpice (Simone Alberghini) se detiene en las montañas de la región. La joven Marie (magnífica Sábina Puértolas), niña huérfana adoptada por todo el regimiento, mantiene la moral de la tropa con sus himnos y arengas; todos son padres de Marie, todos quieren protegerla. La fortuna, siempre antojadiza, hace que la joven resbale en un pico escarpado, siendo rescatada por Tonio (Javier Camarena), un enemigo tirolés. Capuletos y Montescos, la historia de la humanidad.

Marie y Tonio luchan por su amor, pero el regimiento se opone: ella solo puede casarse con uno de los militares. Desesperado, Tonio se enrola en el ejército francés y lucha por su bandera. Pero a su llegada Marie ya no está, la marquesa de Berkenfield (excelsa Ewa Podles) la ha encontrado después de los años, reconociendo en ella a alguien a quien conoce bien. Rápidamente decide concertar un matrimonio provechoso para Marie con el hijo de la Duquessa de Crakentorp. Y sí, entonces llega ella.

Desconozco si se trata del amor que todos sentimos de manera natural por Bibiana Fernández, su capacidad innata para la comedia o si es su apariencia de aristócrata desdeñosa, mala malísima para con sus congéneres, la que produce semejante efecto, pero lo cierto es que cuando Fernández aparece en escena, el público enfervorece como nunca. Su personaje hablado choca tan graciosamente con la solemnidad operística, que solo se le puede pedir a Bibiana Fernández que adopte su rol de manera vitalicia. Porque no solo engatusa a unos asistentes de por sí entregados, sino que contribuye a atraer a audiencias que no creen que la ópera, entre otras muchas cosas, también pueda ser divertida.

Y es que, si el diablo alguna vez fue mujer, se llamaba Duquessa de Crakentorp. Brava Bibiana Fernández.