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La silla de Juan Diego

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Viernes 5 de abril. Teatro de las Esquinas de Delicias. Juan Diego estrena en Zaragoza La lengua madre, un monólogo escrito por Juan José Millás. En el teatro ya no cabe nadie más. A mi lado, Eli López Orduna y Javier Delgado. En el escenario solo hay una mesita y una silla. Sale Juan Diego y, durante unos 80 minutos, brinda un recital que los espectadores no vamos a olvidar. Las palabras de Millás andan sobradas de lucidez, coraje, gracia y hondura. Entre ellas se cuela un limpio retrato de estos tiempos tan sucios. Juan hace suyas esas palabras y, en su personaje, vuelca algo más que su talento. Durante la función pienso que es de lo mejor que he visto y he oído en un teatro. Luego compruebo que no soy el único que ha tenido esa misma impresión. Javier Delgado me dice: "Estoy sudando de emoción". Hacía siglos que Juan Diego no hacía teatro en Zaragoza. En general, hacía siglos que no estaba por aquí, tal vez desde que rodó en Los Monegros Jamón, jamón, en el otoño de 1991, con nuestro Bigas Luna.

En 2013 se cumplen 50 años de Juan Diego como actor profesional. En 1959, con 17 años, se la jugó: dejó Bormujos, su pueblo de Sevilla, y se instaló en Madrid. Comenzó a hacer papeles de extra en dramáticos de TVE. Cobraba 25 pesetas. Le costó convencer a su madre de que estaba metiendo cabeza: sus apariciones en la tele eran tan fugaces que a su madre le pasaban inadvertidas: "Hijo, pues yo no te veo". Un día volvió a su pueblo en un Seat 600 descapotable alquilado, como señal de que las cosas iban bien. Pero hablaba una mezcla tan rara de andaluz y de "estupendo" castellano que su tío Francisco le dijo a su padre: "¿Te has fijao en lo bien que habla tu hijo el inglés? No se le entiende nada". Pero Juan pronto les dio razones a sus padres para que se sintieran orgullosos: a mediados de los 60 ya era una figura de los Estudios 1 de TVE. La primera imagen que conservo de Juan es en El niño de la bola, una serie del 72 que protagonizó con Maribel Martín, en la época en la que yo memorizaba todos los repartos y me enamoraba de todas las actrices.

En esos primeros 70 vivió una gran historia de amor con Concha Velasco. El romance resultaba muy llamativo: la anterior pareja de Concha había sido José Luis Sáenz de Heredia. Juan Diego, militante del PCE, era uno de los iconos de la lucha intelectual antifranquista y Sáenz de Heredia, primo hermano de José Antonio Primo de Rivera, era una de los iconos culturales del franquismo. Concha admite que Juan fue un ser esencial en su evolución ideológica y personal.

En realidad, Juan es un ser esencial para mucha gente y para muchas cosas, desde siempre. Ha sido mentor, cómplice o referente -a menudo inconsciente- de actores como Imanol Arias, Antonio Banderas, Juan Echanove, Javier Bardem, Jordi Mollá, Penélope Cruz, Antonio de la Torre, Hugo Silva, Michelle Jenner o Mario Casas, intérpretes muy relevantes de sucesivas generaciones. Todos ellos le señalan cuando evocan las primeras personas claves de su carrera. Juan se distingue por su capacidad para ofrecer calor a los demás y por su empeño en que la gente dé lo mejor de sí misma.

Yo le conocí en los 80, en unos años muy bohemios de Juan, cuando su hogar no figuraba entre sus refugios favoritos. José Luis García Sánchez cuenta a menudo, partido de risa, cómo un día fue a ver a Juan a su nueva casa y se dio cuenta de que Juan aún no había reparado en que en esa casa había una terraza.

Entre los grandes personajes de Juan se encuentran algunos antagónicos de su personalidad y de sus ideas: el señorito de Los santos inocentes, el Francisco Franco de Dragón Rapide o el general Armada de 23-F: la película. En el 23-F Juan Diego tenía todos los números para ser eliminado si el golpe hubiera triunfado: rojo, actor y popular. Él vivió el 23-F en Zaragoza. Esa tarde viajó en coche con Rosa León para participar en un homenaje al poeta Ángel Guinda que se había organizado en el mítico Oasis de Enrique Vázquez. Cuando llegaron a Zaragoza encontraron la ciudad extraña. Luego supieron por qué. El acto se suspendió. Juan recuerda que en el cartel del Oasis ponía algo así: "Homenaje a Ángel Guinda. 23 de febrero: la bomba". Esa noche, Juan y Rosa durmieron en casa del suegro de Ángel Guinda: ese hombre era general.

Juan Diego también es un ser esencial para mí. En la Nochevieja de 1991 lo fue de una manera muy concreta. Después de las uvas, David Trueba y yo nos reunimos con él y con Maribel Verdú en casa de unos amigos. Hacia las tres y media de la madrugada, con el coche de David, dejamos a Maribel en su casa. Un tipo que creyó reconocer a Juan le gritó por la calle: "¡¡Feliz año Juan Pardo!!" Luego, Juan dijo: "Vamos a casa de Fernán-Gómez". La propuesta era irresistible y no nos resistimos. Llegamos hacia las cuatro de la madrugada. El aspecto del salón de Fernán-Gómez era impactante: Francisco Umbral, Haro Tecglen o Charo López estaban allí. Juan nos presentó como dos cantantes callejeros de Zaragoza que no tenían dónde pasar la noche. Nos animó a cantar y, luego, hizo una colecta entre los presentes. Unas 10.000 pesetas recaudamos. Y Juan dijo: "Yo, como representante, me quedo el 75%. Con el resto tenéis para la pensión". Fernán-Gómez observaba la escena muy divertido. Eran esas horas de las nocheviejas en las que puede pasar cualquier cosa y todo parece normal. Luego, Fernando se puso a hablar y nosotros caímos totalmente rendidos ante un conversador único. Años después David y yo rodamos con Fernán-Gómez La silla de Fernando, donde procuramos capturar aquel milagro. Siempre nos apetece insistir en que el remoto responsable de esa película fueron Juan Diego y sus ganas de que sus amigos compartan sus horas felices.

Este artículo se publicó originalmente en el diario 'El Heraldo de Aragón'.