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Se acabó por hoy: último salto a la valla en Melilla

07/12/2015 06:59 CET | Actualizado 06/12/2016 11:12 CET

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El sábado, día 21 de noviembre de 2015, cerca de un centenar de chavales subsaharianos intentan saltar la valla de Melilla, muy cerca del paso fronterizo del Barrio Chino. Son aproximadamente las 7:30 horas de la mañana. Con toda probabilidad descienden de madrugada desde el Monte Gurugú. Y tras unas tres o cuatro horas de caminata, campo a través, consiguen acceder a la valla. Porque en lo más alto del monte viven, escondiéndose de las autoridades marroquíes, que no dudan en montar campamentos militares permanentes para tratar de controlar su paso. El grupo de hoy consigue esquivarles.

Del centenar, tan sólo treinta trepan y consiguen encaramarse encima de las vallas. Alrededor de veinticinco logran llegar y permanecer en la última de ellas. El resto se queda en la tercera, más cerca de Marruecos que de Melilla. Éstos últimos saben que lo van a tener difícil, tanto como quienes ni siquiera lograron alcanzar la valla. De un lado, la policía marroquí les grita para que bajen. De otro, policías nacionales -que irán relevándose durante toda la jornada- les vigilan, a su altura, subidos a sendas escaleras y tratan de convencerles para que desciendan.

Desde los seis metros de altura, en que se encuentran, pueden ver el puerto de Melilla y los buques atracados que parten hacia la península tras hacer sonar sus sirenas, también el puerto marroquí de Beni Enzar e, ironías de la vida, el aeropuerto melillense. Son testigos del despegue y aterrizaje de los aviones, durante las más de diez horas que permanecen encaramados en la valla. Seis metros de altura les separan de un sueño mil veces repetido: el de conseguir entrar en territorio europeo y aspirar a tener una vida algo mejor. Y esos confortables aviones te ponen en una hora y media en Málaga o en Madrid. Donde tú quieras. Donde tú quieras, si tienes documentación y dinero a mano.

El día se complica por las fuertes rachas de viento de 80 kilómetros por hora que azotan la zona. La valla se tambalea peligrosamente. Cuentan que, sobre las 8,30 horas, uno de los muchachos cae al suelo tras ceder parte de ésta y otros tres más lo hacen encima suyo. Se encuentra muy grave, en coma inducido. Los otros tres, tras recibir atención médica en el Hospital Comarcal, son trasladados al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI). Nunca fue más paradójica la suerte de los heridos. Tres que se quedan.

Los demás, desafiantes, mantienen el tipo y el equilibrio. Sus únicas armas son los ganchos que portan en sus manos, amarrados a sus muñecas con las tiras resistentes de los bajos de sus pantalones vaqueros. También sus zapatillas deportivas tuneadas con clavos, a modo de pies de gato, cual escaladores artesanales. Ganchos y clavos para superar los sucesivos obstáculos que les separan de Europa. Cada vez llegan más periodistas y también alguna gente activista. Saludan con manos y brazos e, increíblemente, sonríen. Su esfuerzo bien merece algunas fotos, y que el mundo sepa, al menos, de su situación. Tal vez alguien de su familia les vea y así sabrán que, tras el largo viaje, se encuentran vivos y casi acariciando la puerta de entrada a Europa.

Ni siquiera el temor a correr la misma suerte que sus compañeros y caer accidentalmente, cuando el viento arrecia, hace que desistan y desciendan por las escaleras que les ofrece la Policía Nacional. Les hablan en francés, también prueban con el inglés. Pero realmente vale con el francés. Son malienses. En 2012, en el norte de Mali, se asientan los extremistas islámicos e imponen su ley, la sharía. El día antes del salto a la valla, grupos islamistas atacaron en Bamako el Hotel Radisson Blu. Todos los grupos terroristas lo reclaman como propio. De Mali se habla lo justo en los medios. Las miradas, a nivel internacional, siguen concentrándose en París y en Bruselas. Los muchachos de la valla huyen de la pobreza pero también del yihadismo.

Una ambulancia de la Cruz Roja permanece durante todo el día en el paso fronterizo, en espera de que la Policía Nacional o la Guardia Civil solicite sus servicios. Los bomberos instalan una colchoneta inflable que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad trasladan de un sitio a otro, siguiendo los movimientos de los chicos en la valla. No pueden permitirse más caídas.

El día 21 en Melilla ni se identifica a los malienses, ni se les protege, ni se les deriva al procedimiento de asilo, como marcan las leyes internacionales. Tampoco se les abre un expediente individual ni se les asiste legalmente con un intérprete.

Pasan las horas. Desde arriba, reclaman agua. Algunos policías y guardias civiles les contestan con crueldad innecesaria: "Si quieres agua, baja a por ella". Y les muestran las preciadas botellas. Algo parecido les dicen cuando el frío empieza a arreciar y les enseñan mantas.

Los agentes de la Policía Nacional les explican que no tiene sentido su actitud porque van a ser trasladados a Marruecos. "No, al CETI", "A Melilla", contestan los muchachos. Y se escuchan un par de palabras, en perfecto castellano, que nunca tuvieron tanto valor: "Por favor, por favor". Desde el minarete de la mezquita más cercana se escucha la llamada a la oración.

Tras seis horas resistiendo, el cansancio, la sed y el hambre comienza a apoderarse de algunos. Y descienden los primeros. Son aquellos que se encentran en la valla más próxima a Marruecos. A las 13.38 horas se produce la primera devolución. Cerca de las 15.00 horas ya no queda ninguno en esa zona. Todos han corrido la misma suerte. El tiempo mínimo para recibir una botella de agua y son expulsados, a través de la propia valla. Un autobús marroquí ruge al otro lado, les espera para llevarles lejos, a la distancia suficiente para que les cueste de nuevo algunas semanas regresar al Monte Gurugú y tratar de volver a intentar otro salto, en otro momento. Quizás el definitivo.

Quienes aguantan, aguantan tres horas más encaramados en la valla. El frío aprieta. Cada vez están más exhaustos y comienza el inevitable goteo de rendiciones. Bajan como pueden, porque sus piernas se niegan a recibir una orden que no desean. Sus cuerpos están entumecidos, cuando no heridos. A cinco les atiende la Cruz Roja con señales de hipotermia, pero les atiende dentro de la propia valla. Dos, más desmejorados, son trasladados a la ambulancia, pero a pesar de estar ya en territorio español, a uno de ellos, le curan heridas en brazos y piernas y es expulsado también. El otro es finalmente trasladado al hospital. Un agraciado más a costa de su perjudicada salud. Se queda. Son ya cuatro quienes lo consiguen.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR/UNHCR) expresa, dos días después, a través de un comunicado su preocupación por las devoluciones automáticas y recuerda que: "La enmienda a la Ley de Extranjería del 12 de marzo de 2015 ni regula ni da cobertura a las devoluciones automáticas (...). La enmienda hace referencia expresa a las obligaciones internacionales que debe cumplir España en materia de derechos humanos y protección internacional (disposición adicional 10ª)". Pero el día 21 en Melilla ni se identifica a los malienses, ni se les protege, ni se les deriva al procedimiento de asilo. Tampoco se les abre un expediente individual ni se les asiste legalmente con un intérprete. ACNUR reitera que las devoluciones colectivas están prohibidas por la legislación internacional y de la Unión Europea, ya que pueden exponer a las personas concernidas a situaciones de riesgo. Por eso, se presta a asesorar a las autoridades españolas: "En la adopción de un mecanismo para identificar las posibles necesidades de protección internacional de las personas que llegan a la frontera. Dicho mecanismo, sobre el que ACNUR ya hizo una propuesta al Gobierno español, permitiría conjugar el legítimo derecho de cualquier Estado al control de sus fronteras con el acceso al territorio y al procedimiento de asilo a quienes huyen de sus países por la guerra, los conflictos o la persecución".

Son casi las 18.00 horas y el poco sol que queda comienza a desaparecer. Quedan cuatro en la valla aún. Uno de ellos pone punto y final al día: "C'est fini", dice, y comienzan a descender. Tiene razón. Por hoy, se acabó. Sólo por hoy.