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Opinión, no información

21/03/2015 09:54 CET | Actualizado 20/05/2015 11:12 CEST

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No son pocas las ocasiones en que se sabe de osados periodistas que justifican la credibilidad de sus argumentos a partir del «información, no opinión». «Lo que estoy afirmando es información, no opinión», arguyen con atrevida vehemencia. Lo que equivale a un «esto es más creíble que cualquier otra cosa porque no se trata de una valoración mía, sino que estoy relatando los hechos tal y como son; tengo la exclusiva». Luego vemos que lo que se aventuraba como patraña encubierta efectivamente lo era, pero el sonrojo de la jeta de algunos tiene límites insospechados.

Sin embargo, el ejercicio interesante no es tanto caer en la obviedad de las informaciones irrisorias como echar cuentas respecto de aquéllas que, por creíbles e inofensivas en apariencia, terminan no siéndolo. Son particularmente ofensivas las informaciones que hacen gala del «oro parece, plátano es». Y vaya plátano. Porque todo pinta bien, de narices, de hecho, hasta que uno percibe cosas raras. Titulares ¿informativos? que sólo giran en torno a una determinada ideología o partido político; reportajes con un par o tres de opiniones desfavorables sobre el objeto tratado con perspicaz mamoneo, incrustadas conscientemente para dar el mayor de los pegos; catorce tuits en tres horas sobre la misma noticia.

El lector debe advertir este tipo de cuestiones. No ya dejar de leer diarios poco fiables, porque en tal caso quizá acabaría hojeando el del familiar de la habitación contigua, pero sí ser consciente -sólo eso- de que la mayoría de información que corre por la red es "opinión, no información". ¿Por qué tratan este tema y no otro? Por qué si hay unas determinadas noticias relevantes no tratan todos los medios las mismas? ¿Por qué este titular? ¿Por qué el medio publica opiniones críticas con hechos noticiosos que ese mismo medio ha publicado? Todas estas cuestiones son imprescindibles para formar libremente una opinión propia desde la razón.

Comentaba un profesor en la facultad lo siguiente: si un racista tonto quisiera fundar un medio, lo que haría es crear una revista de opinión con firmas que apoyaran la apología del racismo e hicieran todo tipo de declaraciones racistas abiertamente. En cambio, un racista listo seguiría otra estrategia: crearía un medio donde en la sección de opinión escribieran autoridades que combatieran el racismo, quizá de ONGs u otras asociaciones bien consideradas socialmente; sin embargo, en la sección de información, publicaría noticias del tipo "Cuatro inmigrantes subsaharianos acuchillan por la espalda a una joven de quince años". Me pareció un ejemplo muy gráfico: la presunción de veracidad -porque claro, ¿a quién le interesaría engañarnos?- que el lector otorga casi involuntariamente a la información lo deja indefenso; inocentemente inerme frente a lo que esa información -muy conscientemente por parte del ideólogo de la misma- le da a entender.

Por lo tanto, se debe preferir un medio al que se le vea el plumero a la legua antes que otro que se erija como independiente y su independencia se quede en la "i". Estos segundos son realmente nocivos: maquinan con nocturnidad y alevosía las informaciones que convienen para tratarlas de un modo que influya directamente a quien las lee. Pero el periodismo no debería consistir en decirle al lector cómo o qué tiene que pensar. Al menos no desde la información. Desde la opinión quizá valga, pues cualquiera puede apreciar que lo que lee no es un fiel relato de hechos, sino la percepción de un sujeto con unas características propias, de las cuales no se puede predicar presunción de veracidad alguna. Pero desde luego, no desde la información, que no se percibe como algo subjetivo -que lo es-, sino como el mero traslado de los hechos desde la realidad hasta el ombligo de cada uno.

El periodismo debería consistir, pues, en relatarle la realidad al lector para que él, libre y conscientemente, la sometiera a juicio y formara su propia opinión. Y si fuera mucho pedir que la información no sea opinión, que lo es, al menos que lo sea de la manera más competente y honrada posible. Como mínimo, conviene no dar a quién consume información el beneficio de estar legitimado a escupir en las páginas o la pantalla, porque la humedad de la saliva al final hace agujero.

Ilustración: @tuitTres

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