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Ojos que no ven

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Foto: REUTERS

"La compasión es una emoción inestable. Necesita traducirse en acciones o se marchita". La frase es de Susan Sontag, y aparece en su extraordinario libro Ante el dolor de los demás, donde reflexiona sobre el efecto que nos producen las imágenes de violencia extrema. No se me ocurre mejor manera de explicar lo sucedido después de que, hace ahora un año, en las portadas de todos los medios de comunicación del mundo apareciera la fotografía de un niño de tres años muerto en una playa de Turquía.

La imagen de Aylan Kurdi tirado en la orilla del mar, como dormido -pero no podía estar dormido porque la arena tapaba su cara- lo tenía todo para conmovernos a los occidentales. Aquel pequeño cuerpo, vestido con una camiseta y un pantaloncito corto, como nuestros hijos, nos agitó por eso: porque podría ser nuestro hijo. Precisamente, una de las claves del efecto perturbador de aquella instantánea -repito, para la sensibilidad occidental- fue su cercanía, la apariencia cotidiana de una escena en la que no era fácil adivinar la terrible historia que encerraba. Así es el mecanismo de la empatía: Aylan nos estremeció porque lo sentimos próximo, y, claro, porque lo vimos. No nos indignó la muerte de Galip, el hermano de Aylan, apenas dos años mayor que él, porque su cuerpo no llegó a la arena y compuso aquella imagen insoportable; Galip sólo fue un dato, que hoy ni se recuerda.

Efectivamente, la compasión se marchitó, como Susan Sontag habría vaticinado, y como cualquier persona bien informada previó en aquel momento. Pero el sufrimiento de los que huyen de la guerra de Siria no se apagó. Según ACNUR, en estos doce meses han muerto o han desaparecido en el Mediterráneo 4.176 personas, de las cuales, según algunos cálculos, 350 eran niños. La indignación provocada por la foto de Aylan Kurdi no ha impedido que en este año murieran cada día una media de 11 personas: hombres, mujeres y niños.

Las razones de este fenómeno son muchas, pero Sontag nos da la clave para entender una: "Si sentimos que no hay nada que ≪nosotros≫ podamos hacer -pero ¿quién es ese ≪nosotros≫?- y nada que ≪ellos≫ puedan hacer tampoco -y ¿quiénes son ≪ellos≫?- entonces comenzamos a sentirnos aburridos, cínicos, apáticos". Los gobiernos europeos lo comprendieron muy bien. Si una parte de los ciudadanos, los más compasivos, reaccionaban con aburrimiento o apatía ante la impotencia que les provocaba el sufrimiento de estos seres humanos; y si la otra parte, la menos compasiva, se mostraba claramente hostil, la política más aconsejable era la de no hacer nada. Los más cínicos podrían decir que fue una política acertada, especialmente a la vista de los problemas que está teniendo Angela Merkel, cuyo Gobierno fue el único que se comportó con generosidad, léase decencia, ante los inmigrantes sirios. El excelente resultado que han tenido en las últimas elecciones los populistas de derechas alemanes (hábil eufemismo para designar a un partido de raíces fascistas), precisamente por su abierta hostilidad contra esos inmigrantes, es una amarga enseñanza. Sobre todo para los que sienten que su compasión hacia los que sufren, por sí misma, les libera de la complicidad en las causas de ese dolor.

La imagen de Aylan no fue la primera que despertó un sentimiento compasivo general que acabó en frustración, ni será la última. Todo es muy complicado, pero para cambiar las cosas, quizá sería bueno seguir el consejo de Susan Sontag: "Apartar la simpatía que extendemos a los otros acosados por la guerra y la política asesina a cambio de una reflexión sobre cómo nuestros privilegios están ubicados en el mismo mapa que su sufrimiento -de maneras que acaso preferimos no imaginar-, del mismo modo como la riqueza de algunos quizá implique la indigencia de otros..."