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Memorias de un Corte Inglés muy personal

17/09/2014 07:33 CEST | Actualizado 16/11/2014 11:12 CET

Esta semana, durante mis lecturas en la prensa sobre la muerte de Isidoro Álvarez, presidente de El Corte inglés, he recordado cuando tenía cinco o seis años de edad, vivía en Colombia y el letrero de esos grandes almacenes con muchas secciones me hizo soñar con visitar España algún día. Resulta que el hermano menor de mi padre hacía años había ido a Zaragoza a estudiar Medicina. Luego viviría en Barcelona, para finalmente instalarse en Madrid hasta el día de hoy. En los años ochenta, cada dos años -o mejor, cada dos diciembres-, él viajaba a Barranquilla, nuestra ciudad natal, donde no sólo le esperaban las atenciones gastronómicas de la región, sino una cuadrilla de sobrinos deseosos por ver los ¨traídos¨ de navidad. Era equipaje que venía de Europa, que no era cualquier cosa. Desde el momento mismo en que nos enterábamos que el tío llegaría los días cercanos a la Nochebuena, todos sin excepción nos preguntábamos qué nos correspondería como regalo ese año.

Era casi un ritual. Recogerle en el aeropuerto. Esperarle todos junto al árbol de Navidad que aún vacío esperaba los paquetes que llegaban empacados con un papel que llevaba impreso el nombre de un lugar que sólo existía a muchos kilómetros de distancia: El Corte inglés. Al abrir su maleta, lo primero que veíamos eran las bolsas blancas con sus clásicas letras en verde y negro, con ese nombre tan especial para nosotros, aún sin que hubiéramos puesto un pie dentro. Era imaginación pura. Estábamos convencidos, y años después lo comprobamos, que era un lugar inmenso con escaleras eléctricas, y que a la sección de juguetes llegaban Papá Noel y los Reyes Magos, porque seguro que allí lo encontrarían todo. Pero no sólo eso. Los vestidos que desde muy pequeñas lucíamos mis primas y yo , sólo para ocasiones especiales, eran escogidos por nuestro tío dentro de una colección infinita de costuras y encajes típicos que hasta ahora siguen siendo parte del baúl de mis recuerdos. Casi todos llevaban ese tejido llamado nido de abeja, inconfundible descripción para un traje infantil de aquella época y la de ahora, y que después de muchos años escogí para que mi hija luciera el día de su primera comunión.

Ahora vivo en Madrid y soy yo quien hace los recorridos por los pasillos de El Corte inglés días antes de viajar a mi país. Pido además que me envuelvan todo con el papel de regalo oficial, con bolsa incluida, porque las costumbres no se pueden perder tan fácilmente. Mi cariño por la tienda viene de años atrás. Muchos. Creo tener razones para ello. Ésta no es precisamente una apología del cartel que identificamos los turistas al llegar por primera vez a España. Es la historia que ese anuncio escogió para convertirme en una más de sus fans. Creo que pocas cosas son más importantes en la vida de un adulto que los buenos recuerdos de la infancia. Los míos afloraron indiscutiblemente al enterarme de la muerte de un señor al que ni siquiera conocí.