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Simple casualidad geográfica

06/10/2013 09:54 CEST | Actualizado 06/12/2013 11:12 CET

Busqué una foto que me hiciera ver guapa, escribí los mejores pasatiempos y adjetivos que encontré para parecer atractiva, interesante. A las horas de hacerme un perfil en una página de contactos para lesbianas, me respondió una rubia de melena corta y ojos marrones.

Nos intercambiamos correos y fotos durante una semana. El día que fijamos para encontrarnos dormí poco, estaba nerviosa, ansiosa. Me cambié muchas veces de ropa hasta dar con el look adecuado. Cuando toqué el timbre de su casa me abrió con una sonrisa. Eran tan guapa como pensaba. Yo también sonreí.

Recién cuando cerró la puerta me di cuenta de que no estaba sola. Ella salió de la habitación y me cogieron entre dos. En total eran cinco. Recibí insultos, puñetazos, patadas. Casi ni me di cuenta cuando me quitaron la ropa. Uno gritaba que me arrepintiera de ser lesbiana mientras los otros me violaban. Cuando se cansaron, me orinaron encima, me escupieron. Aunque en la madrugada me dejaron ir, nunca seré libre del todo. Las siete horas que me tuvieron cautiva y me torturaron las tienen grabadas en un vídeo que circula en internet.

Por pura casualidad, esta historia aquí descrita, no me pasó a mí. Por pura casualidad, no te pasó a ti. Pero le sucedió a otra, a otras muchas chicas lesbianas y muchos chicos gais que actualmente viven en Rusia. Gente como tú y como yo.

¿Cuáles son los miedos más frecuentes como lesbiana o gay? Decírselo a tus padres, a tus amigos, a tus abuelos. Que lo sepan en tu colegio o en tu oficina. Que te discriminen, que no te acepten.

¿Cuál es el peligro real? Muy por debajo de los que nos atormentan nuestros propios pensamientos. En el peor de los casos, con el tiempo ―días o años―, tu familia acaba aceptando, te rodeas de la gente que te quiere de verdad y si alguien se atreve a discriminarte laboralmente, cuentas con un arsenal de recursos legales para dar la pelea.

En Rusia el peligro real ha superado el umbral de los miedos. El Gobierno está intentando exterminar a una parte de la población, intenta robarles el derecho más básico de todos: el derecho a existir. Se insta a la población a denunciar a vecinos gais y lesbianas, se les despide de sus trabajos, circulan vídeos incentivando el miedo y el odio a las personas LGTB. Se prepara una ley para retirar la custodia de los hijos a los padres y madres homosexuales. Se ha cerrado la posibilidad de adoptar niños rusos a parejas de cualquier orientación que provengan de un país donde el matrimonio homosexual esté aprobado. La gente está siendo torturada y asesinada en la más completa impunidad. Jóvenes están siendo encerrados en cárceles, denunciados por sus propios padres.

La guerra es silenciosa. La sangre casi invisible. Las bombas rusas no destruyen ciudades y edificios. Destruyen personas, derechos, almas.

Los ojos y los oídos están absurdamente cerrados. El Ministerio ruso incluso ha retirado los fondos para una película de Tchaikovsky, por su homosexualidad. El Gobierno cancela conciertos y prohíbe la entrada a artistas, como el reciente caso de la cantante Selena Gómez, para evitar actos reivindicativos, como hicieron hace un año Madonna y Lady Gaga.

¿Qué nos separa de los rusos? ¿Kilómetros, indiferencia? ¿Demasiadas cosas que hacer? ¿Cuál es la distancia del dolor? ¿Qué necesitamos para actuar, para unir fuerzas y detener esta masacre social?

Es casualidad geográfica que esta historia no me haya sucedido a mí. Es casualidad que no te haya sucedido a ti. Pero no es casualidad que estemos enterados de esta realidad. Eso ya nos hace responsables. La indiferencia nos hace cómplices.