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La transición, eso que parece tan difícil

05/12/2015 10:00 CET | Actualizado 05/12/2016 11:12 CET
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buenos aires argentina

Uno de los primeros recuerdos que tengo en mi vida, después de la Guerra de las Malvinas en 1982, es la celebración por la victoria arrolladora de Raúl Alfonsín a la Presidencia de la República Argentina. Recuerdo haber salido a festejar por las calles de Buenos Aires, con mis hermanos y mis padres, al grito de "Argentina, Argentina". Claro: para mí ese festejo duró toda la noche, y ahora que ha pasado tanto tiempo, seguramente fue nada más que un rato. Me debí quedar dormida mientras mis padres festejaban la victoria de Alfonsín, de la Unión Cívica Radical y el fin de la dictadura cívico-militar que planeo de manera sistemática y generalizada la muerte de tantos en la Argentina (1976-1983).

Recuerdo también cuándo tomó posesión del cargo Alfonsín -el 10 de diciembre de 1983-, porque ahí mis padres me dijeron que "Alfonsín ya era el presidente" y "que los militares se habían ido". "Los militares", que en la mente de una niña de cinco años eran "los malos" ya no estaban más y yo podía jugar en la vereda de mi casa, sin problemas, porque el presidente era Raúl Alfonsín. No recuerdo la ceremonia en sí, solo veo fotos en la actualidad y pienso que debe haber sido un momento muy difícil, de extrema tensión para toda la nación. Retomar el orden democrático, el Estado de derecho después de la peor dictadura que azotó el país era un acto valiente, y Alfonsín estuvo a la altura de las circunstancias. Recuerdo también las caras de mis padres y el miedo que se sentía, cada vez que -una vez más, en la mente de una niña que era- los "malos" se levantaban e intentaban un "golpe contra los buenos", refiriéndome a los fallidos intentos de golpe contra el orden democrático en Argentina. Alfonsín soportó muchos intentos desestabilizadores en varios órdenes, y con errores y defectos, pudo mantener el orden democrático. Ese espíritu, presente a lo largo de su vida y de su extensa carrera política- por supuesto estuvo presente el día de la entrega de mando del vencedor de las elecciones de 1989: el peronista Carlos Saúl Menem, del Partido Justicialista.

La ceremonia fue televisada, y recuerdo estar frente a la televisión, con toda mi familia siguiéndola muy atenta. Teníamos un nuevo presidente en el país, y Alfonsín, se iba a su casa. Criticado por varios, es también valorado por haber sido capaz de mantener el orden constitucional de un país que fue azotado por constantes interrupciones al orden democrático desde 1930.

Siendo yo adolescente, Menem gana su segunda presidencia en 1995 y recién en 1999, la alianza opositora gana las elecciones al peronismo y Fernando de la Rúa se consagra ganador. Dos años de presidencia, inoperancia, desestablización y el comienzo de una crisis política, económica, social y también, cultural. Argentina nunca más sería lo que era después del diciembre de 2001.

Eduardo Duhalde del PJ sube a la Presidencia, ante la emergencia que se vivía y logra estabilizar la economía. Fue quien convocó las elecciones que gana (por abandono del otro contendiente) Néstor Kirchner, dando inicio así a la llamada "Década K", o "Década ganada". Duhalde le entrega la banda Presidencial y Kirchner, siempre rebelde ante los protocolos, se ríe, toma el bastón, hace gestos. Muchos respiramos aliviados, porque su llegada era una bocanada de aire fresco, especialmente los que éramos más jóvenes.

¿Será tan difícil para algunos entender que esto es la democracia y que el pueblo eligió a un nuevo presidente? ¿Es tan complicado comprender que existe algo que se llama alternancia y que es necesaria?

Si bien podría extenderme horas sobre la presidencia de Néstor Kirchner, creo que hay algo por lo que siempre le estaré agradecida: devolvió la ilusión a una gran parte de la población, que se sentía desganada, e invitaba constantemente a formar parte de su Gobierno. Es por eso que, en las elecciones de 2007, su candidata y cónyuge Cristina Fernández arrasa, a pesar de que en los últimos tiempos Kirchner había dejado de lado toda formalidad y protocolo y había adquirido un tono confrontativo con ciertos sectores.

Ella era diferente y prometía ser un Gobierno "más medido". Pero esto fue cambiando, especialmente durante su segundo mandato. Y ese nivel de confrontación extremo, desmedido - por parte de ella y de una parte de sus funcionarios- hizo que un sector de la población sientiera que muchas de las que ellos han llamado "conquistas de derechos" hayan queden oscurecidas por actitudes poco afortunadas frente a propios y a opositores. Porque es cierto que se han logrado cosas importantes, pero eso no significa que debamos rendirle pleitesía a nadie de por vida. Todas estas actitudes de desgaste han propiciado un clima enrarecido en la actualidad, y han potenciado al frente opositor formado por varios partidos políticos bajo el nombre de Cambiemos -de tendencia de centro-, liderado por el hoy presidente electo Mauricio Macri. De nada le ha servido al oficialismo también cargar contra ciertos periodistas y algunos medios, acusándolos de ser éstos los responsables de lavar cerebros de los argentinos. Un argumento tan débil, que subestima al electorado.

Ahora, por desgracia, algunos sectores fanáticos kirchneristas argumentan que la ceremonia de entrega de mando, que debe ocurrir el 10 de diciembre, no se debería llevar a cabo porque "Cristina no le debería entregar la banda a nadie", y "que resistirán desde las trincheras" (como si esto fuera una guerra). Sectores aún mas reaccionarios organizan "marchas de resistencia" y de repudio contra Macri y Cambiemos.

¿Será tan difícil para algunos entender que esto es la democracia y que el pueblo eligió a un nuevo presidente? ¿Es tan complicado comprender que existe algo que se llama alternancia y que es necesaria?

Nadie debe convertirse en partidario, en sentido fanático, del presidente electo -de hecho, yo no lo voté, ni pertenezco a su espacio político-, pero acepto que es el pueblo el que se pronunció. Tal como se pronunció hace cuatro años, cuando el 54% votó a Cristina Fernández.

El gran interrogante que se plantea a estas horas es si irá la presidenta saliente Cristina a la ceremonia de de posesión del nuevo presidente, y si seguirá el protocolo establecido de entrega de mando?

Aún no lo sabemos, pero confío en el espíritu democrático de Cristina Fernández, y espero que esté a la altura de las circunstancias. Los acontecimientos lo exigen.

Como también espero que no existan disturbios, y que de una vez dejemos atrás la violencia y los enfrentamientos que tanto daño han causado a la Argentina.

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