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La masculinidad según Trump

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Foto: REUTERS

Durante la campaña electoral, el New York Times dedicó varios artículos a reflexionar sobre qué modelo de masculinidad suponía el entonces candidato Donald Trump. Por ejemplo, Claire Cain Miller se preguntaba: "¿Qué están aprendiendo nuestros hijos de Donald Trump?". Peggy Orestein describía "Cómo ser un hombre en la era de Trump". O Susan Chira analizaba la visión del candidato sobre la masculinidad. Esta última periodista concluía que las elecciones del día 8 determinarían, entre otras muchas cuestiones, en qué versión de la masculinidad creemos o bien cuál elegimos para inventar el futuro.

Vistos los resultados parece evidente qué modelo ha sido el triunfante y, por lo tanto, qué referente se está ofreciendo al planeta en cuanto a la subjetividad masculina y a los caracteres que pueden hacerla exitosa. Tal vez sería demasiado osado afirmar que todos los hombres llevamos un Trump dentro, como en su día pensé que todos los italianos llevaban en sus adentros un Berlusconi, pero no creo que sea exagerado decir que casi todos los hombres seguimos respondiendo a unas determinadas expectativas de género que coinciden con las que, llevadas a su extremo más caricaturesco, representa el presidente electo norteamericano. Es decir, el sujeto depredador, competitivo, ambicioso, individualista, necesitado de demostrar su hombría exitosa ante sí mismo y ante sus pares, conquistador en lo económico y en lo sexual, hecho a sí mismo para elevarse hacia la verticalidad. Un sujeto que, en paralelo, tiende a cosificar a las mujeres, las convierte con frecuencia en meros objetos sexuales, las exhibe como logros heroicos y, last but not least, las domestica en los espacios donde tradicionalmente ellas se ocupan de mantener el contrato que nos permite a nosotros actuar como la parte privilegiada del pacto.

El presidente electo norteamericano es la prueba más evidente de una enfermedad que corroe las democracias, todas las democracias.

El triunfo de Trump ha sido, entre otras muchas cosas, el de una subjetividad masculina que en la última década no deja de alimentarse de un rearme patriarcal y que es la perfecta aliada de un neoliberalismo que entiende que la ley de la selva es la que mejor puede regular las oportunidades de cada cual. Por lo tanto, nuestra sorpresa no debería haber sido tan mayúscula, porque junto a otros complejos factores -la crisis de legitimidad del sistema, la incapacidad de las fuerzas progresistas para construir proyectos ilusionantes, el miedo que nos hace más vulnerables, la espectacularización de la vida política- , Trump es la representación más fiel, evidentemente llevada al extremo, del modelo androcéntrico que hoy por hoy sigue siendo hegemónico. Tal y como comprobamos cada día en las películas que se consumen masivamente en todo el mundo, en las imágenes que difunden los medios de comunicación o en las actitudes y valores que vemos que los y las adolescentes reproducen como si no hubiera otra alternativa.

Es decir, Trump es la máxima y mejor expresión de estos tiempos de neoliberalismo sexual que con tanta precisión ha analizado Ana de Miguel en su último libro. Y nos equivocamos si creemos que es una rara avis, una excepción o una singularidad de un país que es capaz de lo mejor pero también de lo peor. El presidente electo norteamericano es la prueba más evidente de una enfermedad que corroe las democracias, todas las democracias, y que tiene uno de sus virus esenciales en la prórroga de un sistema sexo/género que provoca desigualdades brutales desde el punto de vista político, económico, social y cultural. Y ese sistema que se traduce, insisto, en toda una serie de privilegios de los que gozamos mayoritariamente los hombres que formamos el establishment del patriarcado, es el núcleo de todas las situaciones de vulnerabilidad que recorren el planeta, ya que la brecha de género es la que continúa dividiendo jerárquicamente la Humanidad en dos mitades.

Las periodistas del New York Times se preguntaban por el modelo que los niños americanos, y por supuesto las niñas en paralelo, estaban recibiendo a través de las actuaciones públicas de Trump. Las respuestas se han amplificado desde el momento en que dicho individuo ha arrasado en las urnas y se ha convertido en el presidente de la nación más poderosa del mundo, lo cual conlleva un mensaje perverso desde el punto de vista de la prolongación de una masculinidad hegemónica que invisibiliza no solo las reivindicaciones de las mujeres feministas, sino también las formas alternativas de ser hombre en pleno siglo XXI. Un triunfo que se ha visto alentado además por una mujer candidata que no ha sido precisamente a lo largo de su trayectoria un ejemplo de mujer feminista y rompedora con los débitos patriarcales, más bien al contrario, y que durante décadas ha sido cómplice de las peores expresiones que implica el ejercicio masculino y violento del poder. Algo que, por ejemplo, una mujer tan poco sospechosa de ser republicana como Susan Sarandon, explicó con rotundidad durante la campaña electoral.

Frente a este asedio a las bases mismas de la democracia, la respuesta no puede ser otra que más feminismo, entendido desde la triple exigencia que plantea Nancy Fraser. Es decir, un feminismo que atienda a las cuestiones de identidad, de participación y de redistribución de bienes y recursos. O lo que es lo mismo, un feminismo que baje de las púlpitos elitistas y se conjugue en plural, que se nutra de lo socialmente diverso y que no olvide la intersección de discriminaciones que azotan a las mujeres más vulnerables del planeta. Un reto que ha de ir de la mano de la deconstrucción de una masculinidad estilo Trump que solo nos puede llevar al fracaso como género humano. Solo desde la suma de estos objetivos podremos inventar el futuro, y con él reinventar una izquierda que hoy por hoy se lo pone tan fácil a señores como el marido de Melania.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor