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Me gusta ver temblar los cimientos del pensamiento establecido

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Foto: ISTOCK

Apoyamos con facilidad, y hasta con énfasis y entusiasmo, que la ciencia trabaje con ahínco en favor de cualquier recurso que nos ayude a prolongar nuestras vidas. No tenemos ningún tipo de problema en que se invierta el dinero necesario en la agenda de la longevidad, aunque sea mucho y el resultado aún escaso. Queremos vivir más y sólo nos vienen a la mente cosas buenas cuando imaginamos una vida más larga. Yo lo llamo "evolución", aunque no se me escape que contiene innovación o creación de otras acciones de la misma serie semántica.

Es una innovación no inquietante, aunque sí ilusionante. Tendremos más de lo que tenemos hoy e incluso mejor. ¿Cómo resistirnos o negarnos a eso? Sólo avanzamos. Es pura ganancia. No hace falta ningún esfuerzo intelectual para percibir su "beneficio", ni hay tampoco ningún duelo emocional que hacer, porque se gana sin perder nada. Parece la panacea de la innovación y puede que lo sea, pero es exactamente el tipo de innovación que no me interesa. Se innova y nadie se inquieta. Por eso no me convence; no puedo desligar la innovación de la desestabilización y la inquietud.

Cuando miramos la longevidad como un logro no identificamos en su extremo -en su proyección en el horizonte- justamente aquello que al tiempo que la realiza plenamente la desarma a su vez. Siempre es así: en el límite de lo que progresa espera habitualmente su exasperación y su negación.

El límite ominoso e intrínseco es lo que me interesa de la innovación

Ese límite ominoso e intrínseco es lo que me interesa de la innovación. Esa es la innovación que me interesa, quiero decir. En el extremo proyectado de la longevidad aparece la eternidad, como su realización y su destrucción, al mismo tiempo. La ciencia que amigablemente nos está buscando la prolongación de la vida también trabaja -aunque no lo sepa o no lo reconozca- con la abolición potencial de la muerte. ¿Y si fuera, entonces qué?

Quiero poner el foco en esos extremos invertidos que, en lugar de seguir tirando para adelante, se nos devuelven transformados. Se arman allá en los extremos -siempre lejanos y frecuentemente difusos- y cuando comienzan a regresar -y nosotros, que mientras, continuamos avanzando-, nos generan vértigo, miedo y un impacto nítido en la retina de aquello que nos transformó. Y nada es igual. Y quiero mirarlos no cuando ya han vuelto y saltan por el aire las esquirlas de todo lo que destruyó con su aterrizaje pesado, sino antes, cuando están en formación y los miramos de soslayo, como se mira el meteorito que no nos impactará, y su figura es lejana y poco definida; cuando casi es solo concepto. Quiero trabajar con la eternidad hoy, porque me temo que la ciencia, al fin y al cabo, nos la traerá, y presiento que allá lejos se está configurando ahora. Y si no nos ponemos, pronto tal vez sea tarde y, sobre todo, poco interesante.

Ese límite que me desvela es transformación, no evolución. Supone una ruptura; contiene un salto; opera un quiebre.

Ese límite que me desvela es transformación, no evolución. Supone una ruptura; contiene un salto; opera un quiebre. Pero también supone una negación. Suele ser invisible porque la saturación conceptual incomoda; suele no verse porque obliga a redefiniciones. Lo ponemos invisible porque es insoportable. Saturado el modelo ptolemaico después de dos mil años de supervivencia, adviene Copérnico para estallarlo e invertirlo (no sin reveses, tensiones, regresos y resistencias -lo sé- como los movimientos de entonces del millonario y cientificista Tycho Brahe). Y eso pasa porque los paradigmas son construcciones sociales que tienen su época y responden a su contexto. La cosmovisión que explica la realidad es histórica y cambia; eso es lo que cambia, en realidad, cuando la realidad cambia. Eso pasa cuando se innova; eso es lo que se hace cuando se innova.

Y el paradigma es -también- un bastión político, un reducto de resistencia y poder, un modelo conceptual y social que se mueve para aquí y para allá y se resiste a dejarse matar. Es normal. Entre sus muchas resistencias está también la de la negación y la ridiculización de su contradicción. Juzga y condena lo que pueda venir desde el horizonte porque sabe que si viniera, iría contra él. La longevidad se protege de la eternidad; la mira con sorna y la excluye del campo científico y la confina al devaluado campo esotérico. Hace como que la subestima, pero en realidad es que le teme horrores. Lo mismo nos pasa a todos, todos los días en nuestros ambientes, sean cuales fueren; siempre dormimos con el enemigo y convivimos de cerca con lo ignominioso. El limite que nos invalida y nos redefine es parte de lo que hoy nos establece; es parte, pero es su envés; es su contracara; por eso muchas veces no se ve.

Me gusta desvelar los enveses. Me divierte ,y además creo que merece la pena; científica y éticamente, pero también políticamente. Me gusta mucho ver cómo se desmontan las estructuras establecidas que se hacían ya llamar realidad y en realidad son construcción; me gusta sobre todo verlas morirse de miedo, temblar. Me interesa analizar cómo operan su post-vida y cómo negocian su muerte. Me atrae asistir a la construcción de un nuevo orden y a los repartos tentativos iniciales de poder y de valor. Me gusta cuando reina el desconcierto y me aburre cuando gobierna la certeza.

Lo muerto, aun muerto, no se queda quieto, como las arañas después de pisarlas; incorpora lo que nosotros tenemos entre manos para quitarnos novedad, pero le anula la intencionalidad disruptiva que pueda tener.

Pero además de que me interesa y me divierte y de que lo otro me aburre plomizamente, además -decía- la cuestión es que las cosas son así. No aboguemos por evoluciones bien tratadas mediáticamente porque en general esconden lo que dicen promover; saben que son frágiles y entonces avanzan con sus miles de espejos coloridos para que no nos demos cuenta y desistamos de lo que nos mueve.

Hay ejemplos de lo que estoy diciendo en todo, y también los hay en educación. Hay mucha -demasiada- tecnología y nueva pedagogía puestas al servicio de llevar eficiencia a un modelo que está muerto; de revestirlo de lo que no tiene para no desnudar su nihilidad. Hay iniciativas cada cinco minutos trabajando para que el modelo muestre que evoluciona y así pospongamos su transformación.

Lo muerto, aun muerto, no se queda quieto, como las arañas después de pisarlas; incorpora lo que nosotros tenemos entre manos para quitarnos novedad, pero le anula la intencionalidad disruptiva que pueda tener. Pensemos en celulares, trabajo por proyectos, aprendizajes activos, construcción del conocimiento, contenidos libres y demás. No digo que haya una ciencia que trabaja con tanto tesón a favor de prolongarnos la vida movida -esencialmente- por diferir la agenda políticamente inquietante de la eternidad; no lo digo, pero lo pienso.

Lo mismo pienso en materia educativa. Estamos rodeados de espejismos de innovación hechos para cansarnos, confundirnos y disuadirnos al cabo de la profunda y definitiva transformación que el modelo educativo necesita. Por eso es importante que en publicaciones como ésta, que promueven lo que promueven y se comprometen con eso, podamos construir nuestra posición. Y abrir el debate, si fuera necesario. Pero jamás quedarnos quietos y dejar que las cosas sigan como si nada ocurriera.