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Buena madre, mala madre: el baile de los adjetivos

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MADRES HIJAS
GTRES
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Mi suegra, mi hermana y hasta mi mejor amiga creen que soy una mala madre. No lo dicen, no hace falta. Noto sus miradas acusadoras cuando les hablo de mi pequeño de año y medio durmiendo en nuestra cama, de los potitos que le gustan, de la guardería donde come, del parque infantil al que va con su padre, de la comida que compro, de mi trabajo, de la asistenta, del fin de semana que me fui con mis compañeras y cosas de esas. He decidido hablar poco, alejarme de ellas y vivir mi vida, pero están ahí. Son su abuela, su tía, su madrina. Nunca seré como ellas, lo sé, sufridoras y anegadas madres. Tampoco se si quiero serlo. Estoy criando a mi hijo lo mejor puedo, sin embargo, no me siento bien.

Estas fueron las palabras, inquietas, de una madre que precisaba ayuda psicológica. Una mujer agobiada ante la creencia de no ser una buena madre. Le faltaba el aplauso, la palmada en el hombro de su círculo más cercano. Recuerdo que me llamó la atención que, a pesar del apoyo incondicional de su pareja en todo, sentía que su grupo de iguales, su madre, su hermana y amiga, todas mujeres, todas madres, le recriminaran cada frontera que cruzaba. Aunque creo que lo que más le reprochaban era que no tuviera interiorizada la idea de que ser madre es un tremendo y constante sacrificio.

Para su círculo más cercano, ella debería ser esa madre omnipresente, generosa y resignada. Ama de casa segura, discreta y sufrida en aras del bienestar familiar. Ficción maternal imaginaria.

"Que poco se requiere para desviar la vida en determinada dirección" I. Nemirovsky

Hace unos meses volví a verla, embarazada de su segunda hija. Feliz, satisfecha con su vida, imperfecta y grandiosa. Como todas las madres.

Debido a la imagen dual que todos llevamos dentro, las madres se mueven en polos opuestos. La bruja malvada, egoísta y perversa o el hada buena, perfecta y virtuosa. Figuras literarias. Nada más lejos de la realidad.

No hay malas o buenas madres. Una historia cuenta lo siguiente: Le preguntaron a una niña, si los malos fueron negros y los buenos fueran blancos ¿de qué color serías? A rayas.

Ser madre es estar permanentemente en danza. Adelante y hacia atrás. A veces, el cansancio, nuestro alto nivel de autoexigencia y nuestras elevadas expectativas, nos hacen perder el ritmo y sin querer pisamos al compañero o nos salimos de la pista.

En la red, en las librerías, en el cine, proliferan los clubs más diversos sobre la maternidad. El club de las madres imperfectas, solteras, cabreadas, novatas, madres felices, malas madres. Toda una tipología de mujeres que colorea el mapa de las etiquetas maternales, con humor y con ironía. Riéndose de sí mismas y de esa vida real tan alejada de la teoría, de las expectativas. Todo para alejar al fantasma de la culpa, para alejar lo más lejos posible la idea de que después de ser madre, nada volverá a ser igual. Ay, la culpa. Una palabra enormemente femenina.

Una madre, acertada, correcta, razonable, sensata, buena... es una persona que busca superarse, sin precisar medallas que le hagan sentirse fuerte, frágil, poderosa, grande, única.

Ser madre es estar permanentemente en danza. Adelante y hacia atrás. A veces, el cansancio, nuestro alto nivel de autoexigencia y nuestras elevadas expectativas, nos hacen perder el ritmo y sin querer pisamos al compañero o nos salimos de la pista. No importa, sonreímos y vuelta a empezar. Como siempre, con mucho humor y mucha filosofía.

"El mundo está regido por leyes que no se han hecho ni para nosotros ni contra nosotros." Irene Nemirovsky

¿Qué es lo que importa cuando se es madre? Lo que intentamos. Porque muchos de nuestros logros, acertados o no, no dependen de nosotros. La maternidad es el mayor experimento de nuestras vidas, con miles de variables incontrolables. Podemos minimizar el impacto de dichas variables, nada más. Por ello, estoy convencida de que lo esencial es lo que intentamos.

Para todas vosotras: un besazo, compañeras de aciertos y desaciertos.

* http://clubdemalasmadres.com/

* http://elclubdelasmadresfelices.com/

Un baile... Dios mío, Dios mío, ¿sería posible que hubiera, a dos pasos de ella, una cosa espléndida que ella imaginaba vagamente como una mezcla confusa de música frenética, perfumes embriagadores, trajes deslumbrantes y palabras de amor cuchicheadas en un gabinete apartado, oscuro y fresco como una alcoba... y que ella estuviera acostada, como todas las noches, a las nueve, como un bebé...? Quizá los hombres que supieran que los Kampf tenían una hija preguntarían por ella; y su madre respondería con una de sus odiosas risitas: «Oh, hace rato que duerme, claro...»

"El Baile " Irene Nemirosvky

Este post fue publicado originalmente en el blog de la autora