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¿De nuevo al borde del precipicio?

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Estos días seguimos con gran interés y perplejidad los eventos de Chipre. Desde la distancia me sorprende cómo un país tan pequeño que representa mucho menos del 1% de la riqueza de la Unión Europea está poniendo en jaque el futuro de la Unión Monetaria y amenaza con provocar una crisis sistémica en la zona euro de consecuencias impredecibles.

En primer lugar es importante no minimizar el riesgo que afrontamos y no sólo para Europa. Pese a ser una pequeña isla, Chipre tiene una importancia geoestratégica que no hay que desdeñar. No sólo esta la isla dividida entre los chipriotas griegos y turcos, si no que está situada en una región combustible del mundo que no necesita nuevos conflictos ni más inestabilidad. El descubrimiento de reservas de gas valoradas en unos 80.000 millones de dólares añade una nueva dimensión a cualquier posible conflicto.

Una vez más los líderes europeos minimizaron la magnitud del problema. En muchos aspectos la crisis chipriota combina los peores elementos de las anteriores crisis: el colapso de su sistema financiero es comparable al de Irlanda; Chipre entró en la crisis con un nivel de deuda similar al de Portugal; y la economía chipriota es tan disfuncional como la griega, con una gran dependencia en un sistema financiero que ha demostrado tener pies de barro. Además, han procrastinado durante meses en buscar una solución, y cuando la han encontrado han demostrado que no saben lo que están haciendo.

La decisión de gravar los depósitos bancarios venía motivada por el objetivo de evitar lo que ha sucedido con el rescate a Grecia, que ha supuesto un aumento de la deuda; y al mismo tiempo por la oposición de Alemania a conceder un préstamo que muchos estaban convencidos nunca sería devuelto. En Chipre han querido reducir el nivel de deuda, solucionar el problema bancario, y reducir la cantidad del préstamo (de 17.000 millones de dólares a 10.000). Para ello la única opción era imponer una quita en los depósitos para poder cofinanciarlo. Inicialmente quisieron implementar lo que han denominado como un bail-in (en oposición al tradicional rescate, o bail-out) que se basaba en el modelo de Islandia: se quería fusionar a los dos grandes bancos (Laiki y el Banco de Chipre), crear una nueva institución con todos los depósitos inferiores a 100.000 dólares capitalizada con fondos del rescate, y un banco malo con todos los depósitos superiores a esa cantidad.

Esta solución hubiese supuesto una quita para los depositantes ricos, incluidos los rusos, de entre un 20 y un 40%, pero al mismo tiempo una reducción muy significativa del tamaño del rescate. La decisión de gravar los depósitos por encima de ese nivel hubiese sido defendible política y económicamente (no hay muchas razones para proteger a inversores especulativos con inversiones que tienen orígenes dudosos), y no hubiese violado dramáticamente el principio de garantizar los depósitos (que no es una garantía absoluta sino que se quiere evitar las fugas de depósitos). Sin embrago, la oposición del Gobierno chipriota, que no quería alienar a sus distinguidos (y en muchas ocasiones corruptos) inversores rusos, y la preocupación sobre una fuga de depósitos y el posible contagio a otros países, llevó al abandono de este plan y a la decisión (desastrosa) de reducir el gravamen (que se quedó en un 10% para los depósitos por encima de los 100.000 dólares) y extenderlo a todos los depósitos.

En la práctica esta decisión (si al final se lleva a cabo) supone un abandono del principio de garantía de depósitos para los depósitos bancarios que se estableció de manera coordinada en los países de la UE en 2008 tras la caída de Lehman Brothers, con el fin de convencer a los ahorradores de que sus depósitos bancarios estaban seguros. Los líderes europeos, incluyendo el ministro Guindos, se apresuraron a asegurarnos que nuestros depósitos "eran sagrados". ¿Cómo puede ser ahora creíble esta promesa/garantía? ¿Cómo podemos confiar en que si llegase el momento, no nos van a hacer lo mismo que están intentando hacer a los chipriotas? El riesgo político y económico de esta decisión puede ser incalculable y pude suponer una fuga masiva de capitales de los bancos, y no solo en Chipre sino en otros países. Esta preocupación es lo que llevó a dar marcha atrás, y a la decisión de reducir la quita de los pequeños inversores. Todavía nos sabemos qué va a pasar.

Lo que más llama la atención, una vez más, es la increíble incompetencia de nuestros líderes, que fueron incapaces de anticipar las consecuencias del plan que estaban intentando imponer a los chipriotas. La decisión de imponer un impuesto en todos los depósitos de bancos es interpretada (no sin razón) como un robo a mano armada, disfrazada como una contribución al fondo de rescate.

El anterior gobernador del banco de Inglaterra, Mervin King, solía decir que es irracional iniciar una fuga de depósitos en un banco, pero que tiene todo el sentido participar en ella una vez que ha empezado. Me temo, como han repetido muchos observadores, que los líderes europeos y del FMI han podido empezar una fuga de depósitos que puede tener un efecto incalculable, y no sólo para Chipre sino para el resto de la Unión por el posible efecto contagio.

Es también increíble observar cómo el presidente Chipriota, Nicos Anastasiades, no ha tenido ningún problema en cargar parte del coste del rescate en los pequeños ahorradores chipriotas, para favorecer a sus amigos oligarcas rusos. Esta decisión deja al descubierto los estrechos lazos entre las élites chipriotas y Rusia (empezando por el primer ministro: el despacho de abogados de la familia Anastasiades tiene a dos multimillonarios rusos entre sus clientes). La publicación de los detalles de las negociaciones del rescate ponen al descubierto a un Gobierno que parece más preocupado en proteger los depósitos y los intereses de los multimillonarios rusos que los de sus propios ciudadanos.

Los chipriotas, profundamente desencantados y furiosos por la respuesta de la UE, se quejan amargamente porque pensaban que, como miembros de la UE, eran parte de una familia y ahora se han despertado a la realidad de que no sólo no les ayudan sino que les han puesto una pistola en la sien. El sentimiento generalizado (que es extendible a otros países como el nuestro, por injusto que pueda ser percibido desde otras capitales europeas) es de que los países más poderos de la Unión dictan los términos y que los demás tienen que obedecer.

La lección de Chipre será que la solvencia de la garantía de depósitos bancarios en un país europeo depende de la solvencia del Estado. En países como el nuestro (o en Italia, Grecia o Portugal) con unos niveles de deuda crecientes y/o insostenibles (particularmente si añadimos la deuda privada) no hay manera de que nuestros gobiernos puedan garantizar por sí solos todos los depósitos bancarios. ¿Podemos ahora confiar en la ayuda de nuestros socios europeos si llegase el caso? ¿Serán irracionales los ahorradores que saquen ahora sus depósitos de nuestros bancos? (¡Cuántos chipriotas se estarán maldiciendo ahora por no haberlo hecho!).

Estas decisiones hacen parecer a la UE/UME cada vez más como una dictadura, y al proyecto de construcción europeo, que se basaba desde su fundación en el principio de solidaridad, como un proyecto cada vez más debilitado. El daño a la legitimidad del proyecto de Unión Europea sigue siendo incalculable. Y todo esto en un país aun traumatizado por la invasión turca de 1974, que vio en Europa una puerta hacia un nuevo futuro más prometedor.

Estuve en Brujas y Bruselas hace unos días y no deja de sorprenderme la pasividad que se observa al hablar con líderes europeos y académicos, pese a los constantes incendios que surgen inexorablemente, en gran parte por la incapacidad de nuestros líderes de actuar de forma decisiva y preventiva para poder evitar el constante resurgir de estas crisis. Casi todo lo que oí fueron posturas defensivas, tratando de justificar la falta de acciones decisivas, y poniendo mucho énfasis en explicar por qué no se pueden tomar otras decisiones. Sinceramente, parece que hay más interés en explicar por qué no se pueden hacer las cosas que deberíamos estar haciendo (empezando por impulsar políticas de crecimiento y por aliviar la presión sobre las políticas de austeridad que están llevando a la quiebra a muchos de nuestros países), que en buscar una forma decisiva de solucionar los problemas. En general hay una sensación de parálisis, todos a la espera del desenlace de la elecciones en Alemania de septiembre. Casi parece que estamos cruzando los dedos esperando que nada gordo suceda hasta entonces, porque no hay manera de que los alemanes cambien nada hasta después de sus elecciones. Me quedé con una sensación desoladora por la falta de liderazgo.

¿Será la crisis chipriota la espoleta definitiva? Ahora mismo parece impredecible anticipar lo que va a suceder. Todo es posible, desde la salida del país de la UME, a una acuerdo de compromiso que calme temporalmente la situación, pasando por un posible contagio a otros países de la periferia, incluido España, que recrudezca la crisis de la eurozona. Da miedo pensar en las consecuencias del fracaso.

 

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