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Deconstruyendo la ciudad inteligente

03/12/2015 07:17 CET | Actualizado 02/12/2016 11:12 CET

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Ilustración: Alfonso Blanco

Sensores domóticos autoinstalables que permiten medir el consumo eléctrico del hogar hora a hora, controlar el termostato desde el trabajo y asegurar que puertas y ventanas están cerradas a través de una aplicación móvil. Una start-up berlinesa a punto de lanzar una app que evalúa si una persona se encuentra expuesta a riesgo de incendio, terrorismo, desastres naturales o epidemias en función de su localización y características individuales, y que incluso permite a otros usuarios saber si esa persona se encuentra en potencial peligro. Un nuevo servicio de alquiler por minutos de scooters eléctricas en Barcelona. Software y dispositivos de gestión del aparcamiento, que reducen tiempos de búsqueda, consumo de combustible y emisiones asociadas, ya que se sospecha que un porcentaje elevado de los vehículos que circulan por zonas de tráfico denso lo hacen en busca de aparcamiento. Tecnología alavesa de triciclos eléctricos de transporte que permiten a un solo conductor-ciclista desplazar 250 kilogramos y casi dos metros cúbicos de carga con mínimo impacto sonoro y emisiones locales cero para "reparto de última milla" y recogida de residuos en cascos urbanos cerrados al tráfico convencional. Drones para la inspección de estructuras a gran altura y que reducen los riesgos ocupacionales de los trabajadores que previamente tenían que descolgarse de fachadas y aerogeneradores para cumplir estas tareas. Patinetes eléctricos de tres ruedas, plegables y compactos, que quieren ser alternativa al vehículo privado en distancias cortas y espacios de gran densidad urbana. Aplicaciones móviles que ayudan a personas con discapacidad cognitiva a navegar redes de transporte público, o que permiten que personas mayores se sientan rodeadas de un círculo virtual de familia y cuidadores que se comunican por videoconferencia y le llevan su agenda a distancia.

Todos estos son ejemplos reales de tecnologías inteligentes presentes en el Smart Cities World Expo Congress celebrado en Barcelona entre el 16 y el 19 de noviembre. El ideario de las ciudades inteligentes proclama la posibilidad de hacer frente a los males de las urbes contemporáneas a base de tecnologías y montañas de datos. En las smart cities, incluso humildes dispositivos como ascensores, autobuses o cabinas de teléfono se pueden transformar en sensores capaces de recibir y emitir información en tiempo real. Estas herramientas son la última reedición del paradigma de la modernidad, fundado sobre la fe en el progreso científico, tecnológico y social como dirección inevitable de desarrollo y en la creencia racionalista de la superación de los problemas a base de ingenio y técnica. Escribe Joan Subirats que el "solucionismo tecnológico" que destila este modelo de aparente nuevo cuño ofrece a las ciudades la promesa de "enfrentarse de manera aparentemente innovadora a problemas enquistados".

Aunque el potencial disruptivo de las tecnologías digitales es innegable, cabe plantearse hasta qué punto su configuración en muchos casos reproduce y legitima el statu quo antes que desafiarlo. Son instrumentos que no preguntan, simplemente actúan de acuerdo con las reglas para las que ha sido diseñadas. La herramienta Shotspotter, presente en ciudades a lo largo de todo Estados Unidos, permite localizar tiroteos en tiempo real por medio de micrófonos instalados sobre mobiliario urbano y un software que identifica y triangula el origen de los disparos con gran precisión. General Electric lo ofrece a administraciones locales como parte de un paquete de ahorro energético destinado a la instalación de lámparas de alta eficiencia energética, en una especie de simbólica unión material entre medio ambiente, iluminación urbana y seguridad ciudadana. No hay en esta tecnología nada que interrogue sobre las potenciales causas fundamentales del problema en cuestión, como la permisiva legislación sobre tenencia de armas o la profunda segregación socioeconómica de algunas ciudades en Estados Unidos.

La existencia de una brecha digital hace además que segmentos de población vulnerables o desfavorecidos queden doblemente excluidos al no poder aprovechar las nuevas posibilidades que ofrecen estas herramientas.

Por su parte, la firma Thales ofrece sofisticadas soluciones de seguridad en espacios urbanos y grandes eventos que entre otros utilizan redes de videovigilancia, sensores de movimiento, cartografía predictiva y técnicas de gestión de multitudes. Además de riesgos sobre las que existe un relativamente amplio consenso social, como terrorismo y desastres naturales, esta tecnología también identifica amenazas en forma de delincuencia, inestabilidad social, disturbios y movimientos "alterglobalistas". Estas categorías, significativamente más resbaladizas y contingentes, están sujetas a la visión concreta que el contexto político de cada momento utiliza para definir dichos riesgos.

La existencia de una brecha digital hace además que segmentos de población vulnerables o desfavorecidos queden doblemente excluidos al no poder aprovechar las nuevas posibilidades que ofrecen estas herramientas. La visión de una sociedad de ciudadanos informados, conectados y digitalmente capaces choca con la realidad de muchos hogares que no pueden permitirse tabletas, teléfonos móviles o una conexión ADSL, o que no saben cómo manejarlos. En paralelo, grandes corporaciones se adueñan de tecnologías y discursos para mantener su posición dominante en mercados de servicios y bienes de consumo. Conscientes de lo obsoleto de algunos de sus productos, se posicionan para influir sobre el cambio y hacerlo coincidir con sus intereses en la medida de lo posible. Cuando la semana pasada se le preguntaba en Barcelona al CEO de Audi, Rudolf Stadler, sobre las implicaciones sociales y ambientales de los nuevos modelos de transporte, éste respondía que "la movilidad individual es algo que pertenece a la especie humana" y que "nadie quiere conducir un coche feo".

Un tercer frente de argumentación se refiere al uso y almacenamiento de datos registrados por medio de dispositivos inteligentes. Esto plantea cuestiones no solo sobre la invasión de la privacidad sino también sobre la propiedad y reglas de uso de dicha información. La filosofía de datos abiertos (open data) aboga por permitir su acceso libre a ciudadanos y colectivos de todo tipo, que pueden utilizarlo para denunciar o desafiar al orden imperante. La alternativa es su uso restringido por parte de organizaciones empresariales y poderes políticos, lo que dificulta la deliberación colectiva de las cuestiones que motivan la recogida de esos mismos datos. Además de hurtar a la ciudadanía el debate sobre asuntos que interesan a todos, se corre el riesgo de la despolitización de ese debate y su sustitución por una discusión cerrada entre expertos.

La ciudad inteligente es promesa utópica de un futuro domótico, interoperable, conectivo y sinérgico. Su capacidad transformadora, democratizadora y de erradicación de las disparidades sociales está aún por demostrar. Dice William Gibson, el escritor de ciencia ficción al que se le atribuye el término ciberespacio, que "el futuro ya está aquí, solo que está desigualmente distribuido".