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19 años con VIH

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Querido VIH:

Hoy hacemos 19 años juntos. Además, este año cumplo 50 años. Me has definido la vida, es imposible negarlo. Me has empujado hacia muchos sitios. A los más altos y a los más bajos. Nunca me había sentido tan sola y con tanto daño como hace 19 años. Pero hoy, gracias a ti, estoy en contacto con una comunidad de personas que, a pesar del miedo, del sufrimiento, de la enfermedad y de la estigmatización, han crecido, resistido y prosperado.

Como bien sabes, la pregunta que más odio cuando me hacen entrevistas es la siguiente: ¿Cómo contrajiste el VIH? Me enfada porque sé que la mayor parte de las veces los periodistas no quieren saber por qué pasó, quieren sacar una historia jugosa y retratarme como una especie de víctima o como una guarra imprudente.

Preguntar por qué pasan las cosas es importante. Crecí en Italia en las décadas de los 70 y 80 en una familia de clase media: mi padre era profesor y mi madre era arqueóloga. Eran personas progresistas, con estudios, relacionados con el Partido Comunista italiano, y me inculcaron el valor inquebrantable de la necesidad moral de buscar justicia. A día de hoy les sigo agradeciendo mucho esto.

Pero no eran buenos padres. No porque no lo intentaran o porque no me quisieran, sino porque no estaban emocionalmente capacitados como para proporcionarme la estabilidad emocional que necesita un niño. No creo que fuera un defecto de sus personalidades. Simplemente creo que, igual que muchas personas de su generación, se habían quedado traumatizados y afectados por haber crecido durante la guerra. Mi madre perdió a la suya cuando tenía 9 años, cuando los estadounidenses bombardearon a la población civil como parte de la "liberación" de 1945, unos días antes de que terminara la guerra. Mi padre apenas vio al suyo hasta que cumplió 16 años, ya que mi abuelo estaba alistado en el ejército y después de la guerra pasó varios años como prisionero de guerra. Cuando yo era pequeña, hablaban a menudo de cómo fue la experiencia de crecer bajo un mando fascista, durante la ocupación nazi y la guerra: el miedo, el silencio opresor, los camisas negras, el hambre, el terror y la confusión provocada por la desaparición de varios amigos judíos.

A medida que iba creciendo, mantuve un pulso con la depresión, con la inseguridad y con la baja autoestima. Además, empecé a mantener relaciones sexuales y a ingerir drogas duras muy joven.

Una vez acabó la guerra, terminaron la universidad y se casaron rápidamente. Pero ambos combatieron enfermedades mentales: una ansiedad y una depresión que les paralizaba. Especialmente mi madre, que acudió al psiquiatra durante los años 60 y 70: estuvo interna en un psiquiátrico, recibió terapia de electrochoque y acabó medicada hasta tal punto que estaba adormecida. Creo que el sistema de atención psiquiátrica fue especialmente duro con ella porque era una mujer que no se conformaba con las normas de género. Mi hermano y yo nos las apañamos como pudimos de pequeños. Mis padres no eran malas personas, pero no estaban capacitados para protegernos, guiarnos y establecer un lazo con nosotros.

No sorprende saber que, a medida que iba creciendo, mantuve un pulso con la depresión, con la inseguridad y con la baja autoestima. Además, empecé a mantener relaciones sexuales y a ingerir drogas duras muy joven.

No lo cuento para autocompadecerme. Sólo intento transmitir lo que me ocurrió a mí y a muchas otras personas -aunque quizá de distinta manera- con el contexto histórico adecuado. Ser una chica joven con depresión y con la autoestima baja en un país tan sexista como era Italia en 1980 era la combinación perfecta para el desastre. Se suponía que tenías que estar liberada y disponible sexualmente, pero el equilibrio de poder estaba en tu contra. Si sugerías que se pusiera un condón eras, como poco, una aguafiestas y, como mucho, una puta. Era imposible ganar. Y no estoy segura de que haya mejorado con los años.

Sigo luchando con mi salud mental e intento mantener a raya la depresión aunque una voz me diga que es inútil e imposible.

Últimamente pienso mucho en estas circunstancias. El fascismo está presente, se manifiesta en las medidas de "austeridad" contra los pobres, en la hostilidad mostrada con los refugiados, en la incitación a la guerra en Siria y en los episodios de los recientes enfrentamientos. No puedo evitar pensar en la situación traumática que viven los refugiados que no dejan de huir de las guerras, de la pobreza, de la violencia, y en lo mal preparados que estamos para ayudar a que mejoren. También creo que el trauma puede pasar de una generación a otra.

Sigo luchando con mi salud mental e intento mantener a raya la depresión aunque una voz me diga que es inútil e imposible.

Pero, querido VIH: de alguna forma, también te has convertido en el reflejo de mi fuerza y resistencia. Al enfrentarme a la mortalidad y a la fragilidad, tuve que fortalecerme de alguna manera, ya que mi familia no pudo ayudarme con eso. He encontrado fuerzas en las relaciones que he entablado en una comunidad mundial de resistencia. Lo que estoy aprendiendo ahora es que no podemos enfrentarnos al VIH en soledad. Muchos jóvenes siguen en situación de vulnerabilidad frente al VIH porque están deprimidos y no pueden lidiar con ello. El sexo es una manera fácil de consolación. Necesitamos todas las herramientas posibles para prevenir el VIH -incluida la profilaxis de preexposición (PrEP)-, pero también creo que no nos enfrentamos a los problemas de salud mental ni al uso de drogas entre los jóvenes, especialmente (aunque no únicamente) entre la comunidad LGBTQ.

La semana pasada ayudé a un grupo de mujeres con VIH a lidiar con las enfermedades mentales y a tener acceso a los servicios de sanidad. Lo que vi fue una red de violencia sexual, VIH, problemas mentales y pobreza. No sé cómo podemos empezar a deshacernos de esos problemas. No sólo se trata de la falta de acceso a medicación contra el VIH y a la atención sanitaria o de una carga viral indetectable. Se trata de crear paz, justicia y seguridad. Hay que proporcionar un alojamiento y un sistema de asistencia que ayude a los más vulnerables. Hay que conseguir un mundo lleno de amabilidad y de compasión, un mundo que no permita que el fascismo se alce de nuevo.

Este blog se publicó originalmente en The Diary of a HIV+ Activist (El diario de una activista con VIH).

El artículo fue publicado con anterioridad en la edición británica de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros.