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Cinco decisiones de las que te arrepentirás para siempre

01/06/2017 07:27 CEST | Actualizado 01/06/2017 07:27 CEST
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Nuestros días son un flujo constante de decisiones. Muchas de ellas son mundanas, pero otras son tan importantes que sus consecuencias pueden perseguirnos durante el resto de nuestras vidas.

Un estudio de la Universidad de Columbia revela que tomamos alrededor de unas 70 decisiones al día. La cantidad de decisiones que hay que tomar cada día provoca la llamada "fatiga de decisión", un fenómeno según el cual el cerebro se cansa como un músculo.

Y, de acuerdo con una investigación de la Universidad de Texas, incluso cuando el cerebro no está cansado, puede resultarnos muy difícil tomar decisiones acertadas. Al decidirse por algo, en vez de basarse en el conocimiento acumulado, el cerebro se centra en recuerdos específicos que puede recrear con detalle.

Por ejemplo, si te vas a comprar un coche nuevo y tienes que decidir si deberías comprarlo con asientos de cuero, aunque no puedas permitírtelo, es posible que el cerebro se centre en los recuerdos relacionados con el olor y el tacto de los asientos de cuero del deportivo de tu hermano, en vez de centrarse en lo que te va a costar hacer frente a los pagos del mes. Como todavía no tienes recuerdos de eso, a tu cerebro le cuesta contemplar esa posibilidad.

No soy producto de mis circunstancias. Soy producto de mis decisiones. — Stephen Covey

Algunas decisiones son triviales —como qué comer, por qué camino ir al trabajo o en qué orden hacer las tareas domésticas— y otras son más complicadas; como escoger entre dos ofertas de trabajo, decidir si mudarse a otra ciudad por amor o si acabar con una relación tóxica. Independientemente de la magnitud de la decisión, el cerebro nos lo pone difícil a la hora de mantener la perspectiva necesaria para tomar decisiones acertadas.

La enfermera Bronnie Ware dedicó su vida laboral a los cuidados paliativos y trabajaba exclusivamente con enfermos a los que le quedaban de 3 a 12 meses de vida. Tenía la costumbre de preguntar a los pacientes de qué se arrepentían y estas son las cinco cosas que más le mencionaban. Puedes analizarlas con el objetivo de asegurarte de tomar buenas decisiones para no acabar siendo víctima de ti mismo.

1. Ojalá no hubiera tomado decisiones basándome en lo que pensaban los demás. Cuando tomas decisiones basándote en la opinión de los demás, pueden pasar dos cosas:

  1. Que tomes una mala decisión profesional: Hay mucha gente que se arrepiente de haber estudiado una carrera determinada o de haber dedicado su vida a una profesión concreta. Tanto si estás buscando la aprobación parental como si le das más prioridad al dinero y al prestigio que a la pasión, una mala decisión con respecto a la carrera profesional te perseguirá de por vida.
  2. Que traiciones tus principios: Cuando te preocupas demasiado por lo que piensa tu jefe de ti, por la cantidad de dinero que necesita tu pareja para ser feliz o por lo ridículo que será que fracases, corres el riesgo de traicionar tus principios. Las ganas de aparentar chocan con la capacidad de ser fiel a ti mismo y de sentirte bien.

La mejor manera de evitar caer en estas trampas por culpa de las opiniones de los demás es darse cuenta de que las opiniones de la gente no son más que eso, opiniones. Independientemente de lo bueno o lo malo que crean que eres, no es más que una opinión. Tu valía depende de ti.

2. Ojalá no hubiera trabajado tanto. Trabajar mucho es una manera magnífica de dejar huella en el mundo, de aprender, de crecer, de sentirse realizado e incluso de alcanzar la felicidad, pero se convierte en un problema cuando todo eso se consigue a expensas de los que te rodean. Por irónico que parezca, solemos trabajar para ganar dinero para las personas que nos importan sin darnos cuenta de que ellas valoran más nuestra compañía que el dinero. La clave está en encontrar el equilibrio entre hacer algo que nos guste y estar con las personas a las que queremos. De lo contrario, un día echarás la vista atrás y te lamentarás por no haberte centrado más en tus seres queridos.

3. Ojalá hubiera expresado mis sentimientos. Cuando somos niños nos enseñan que las emociones son peligrosas y que debemos embotellarlas y controlarlas. Esto suele funcionar al principio, pero no exteriorizar los sentimientos puede provocar que se vayan acumulando hasta que llegue un momento en el que explotemos. Lo mejor que puedes hacer es poner las cartas sobre la mesa. Aunque puede ser duro en un primer momento, te obligará a ser más sincero y transparente.

Por ejemplo, si sientes que no ganas el dinero suficiente en el trabajo, organiza una reunión con tu jefe y explícale por qué crees que te mereces un aumento. Puede que esté de acuerdo contigo y te conceda el aumento o que no esté de acuerdo y te diga lo que tienes que hacer para ser más válido. Por otro lado, si no haces nada y dejas que los sentimientos se acumulen, esto afectará a tu rendimiento y te dificultará conseguir tu objetivo.

4. Ojalá hubiera mantenido el contacto con mis amigos. Cuando la rutina te atrapa, es fácil dejar de ver lo importante que son algunas personas para ti, especialmente esas para las que tienes que andar buscando un hueco. Las relaciones con los amigos de toda la vida son una de las primeras cosas en caer cuando estamos muy ocupados. Y es una pena, ya que pasar tiempo entre amigos es una de las mejores formas de liberar estrés. Los amigos íntimos aportan energía, nuevos puntos de vista y la sensación de pertenecer a un grupo de una forma inigualable.

5. Ojalá me hubiera permitido ser feliz. Cuando tu vida está a punto de apagarse, todas las dificultades por las que has tenido que pasar parecen triviales en comparación con los buenos momentos. Por eso, uno se da cuenta de que, más a menudo de lo que parece, sufrir es opcional. Por desgracia, la mayoría de las personas se dan cuenta de eso demasiado tarde. Aunque es inevitable experimentar dolor en algún momento, lo que está en nuestra mano es la forma de reaccionar ante él, de la misma manera que tenemos la capacidad de experimentar alegría. Reír, sonreír y ser feliz es difícil muchas veces (especialmente cuando estamos estresados), pero, sin duda, el esfuerzo merece la pena.

En resumen

Algunas decisiones tienen consecuencias que pueden durar toda la vida. La mayoría de esas decisiones las tomamos a diario y necesitamos concentración y perspectiva para asegurarnos de que sus consecuencias no nos perseguirán siempre.

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Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense del 'HuffPost' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.