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El encuentro entre las Farc y la sociedad

05/02/2016 07:27 CET | Actualizado 04/02/2017 11:12 CET

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Foto del segundo jefe de las FARC y líder de los delegados de la guerrilla Luciano Marín, alias Iván Márquez, en La Habana. EFE/Ernesto Mastrascusa

A medida que se acerca la firma de un acuerdo con las Farc, surgen muchas preguntas sobre lo que viene luego y la conducta de los exguerrilleros una vez se mezclen con sus compatriotas. En más de una oportunidad he oído prejuicios sobre su calidad moral, su disposición a trabajar o su intención de reintegrarse a una sociedad de la cual han sido victimarios.

La fama que tienen las Farc no es producto de la propaganda de medios burgueses que han desfigurado su lucha revolucionaria. No, señores. Así los fundadores de esa guerrilla hayan tenido ideales muy nobles, la guerra que emprendieron hace décadas contra el Estado y el sistema se degradó de manera absurda y dolorosa, causando horrores que todos hemos padecido en mayor o menor grado; pues en su violento recorrido han dejado un saldo de miles de muertos, mutilados y desaparecidos.

Es lógico que haya desconfianza en una organización que ha emboscado militares y policías a lo largo y ancho del país; que ha secuestrado civiles; que ha borrado pueblos y escuelas; que ha bombardeado por igual cuarteles e iglesias; que ha dinamitado torres de energía y oleoductos; que ha contaminado ríos y quebradas...

Sin embargo, gracias a las negociaciones de La Habana, estamos a punto de darle la vuelta a esa trágica página de la historia y de empezar una nueva etapa que no va a ser sencilla ni barata ni tranquila del todo; pero que, por donde se mire, es preferible al desolador panorama de violencia que aún nos carcome.

En este reinicio tenemos que pensar que los miembros de las Farc son igualmente colombianos, con todo lo bueno y lo malo que nos caracteriza. Es absurdo pretender que todos los desmovilizados vayan a comportarse como mansas palomas, pues al tratarse de un grupo de personas tan amplio y de tan diverso origen es natural que haya gente de todos los talantes; tal y como sucede con el resto de los que aquí vivimos.

Al dejar la lucha armada, los excombatientes tampoco llegan a una sociedad homogénea, llena de querubines. Aunque se repita tanto que lo mejor de Colombia es su gente, todos sabemos que aquí hay de todo.

Es de suponer que, al abandonar el monte, la inmensa mayoría de exguerrilleros quiere vivir sin más zozobras en un país que les brinde oportunidades y en una sociedad que les abra las puertas. Sin embargo, después de tanto tiempo puede ocurrir que no todos se adapten a esta nueva vida y que algunos prefieran seguir en su antiguo modus vivendi, rebuscándose como puedan.

Al dejar la lucha armada, los excombatientes tampoco llegan a una sociedad homogénea, llena de querubines. Aunque se repita tanto que lo mejor de Colombia es su gente, todos sabemos que aquí hay de todo: industriales que generan empleo y ladrones de cuello blanco; universitarios que labran su futuro y desquiciados que atacan con ácido a las mujeres; obreros que trabajan de sol a sol por el salario mínimo y hampones que matan a un ciudadano por robarle el celular; funcionarios honestos y políticos voraces; atletas que sacan la cara por el país y dirigentes deportivos metidos en toda clase de líos judiciales; uniformados que ponen el pecho por defender la Constitución y otros que cobran indemnizaciones fraudulentas; soldados mutilados en combate y edecanes presidenciales presos por andar en malos pasos; incontables jueces que se sacrifican por impartir justicia y altos magistrados empapelados; profesores aplicados y sacerdotes que violan niños; etcétera.

En otras palabras, los de las Farc son tan colombianos como nuestros empresarios y nuestros contratistas corruptos; como nuestros artistas y nuestros mafiosos; como nuestros futbolistas y nuestros paramilitares; como nuestros maestros y nuestros violadores; como nuestros políticos y nuestros secuestradores; como usted y como yo.

Es cierto que esa guerrilla no es un ejército de ángeles, pero esta sociedad tampoco es una congregación de hermanitas de la caridad.

Este artículo fue publicado originalmente en El Tiempo

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