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11/12/2016 10:17 CET | Actualizado 11/12/2016 10:17 CET

"Trump no es políticamente incorrecto, Trump es un machista"

En las batallas políticas, sociales y culturales, hay quien deslumbra como el fogonazo de una mecha de pólvora, pero se apaga enseguida. Y hay quien trabaja pasito a pasito, consciente de que las luchas importantes son las que llevan toda una vida y que las cosas mejoran no sólo por decir frases grandilocuentes, sino por aplicarse con tenacidad. También en el feminismo, en el que ha militado durante mucho tiempo, y sigue haciéndolo, Eulália Lledó Cunill, profesora -jubilada ya- y doctora en Filología Románica, que ha recibido recientemente el Premio Buenas Prácticas de Comunicación no sexista 2016 para la calidad en la investigación y la formación en lenguaje y comunicación con perspectiva de género, otorgado por la Associació de Dones Periodistes de Catalunya.

Barcelonesa de nacimiento, lleva toda una vida dedicada a la docencia en institutos de secundaria y a la investigación de la lengua y la literatura en catalán y en castellano. Fue una de la encargadas de revisar los sesgos ideológicos del diccionario normativo del catalán, editado por el Institut d’Estudis Catalans y del diccionario normativo de la RAE. Participó en el grupo Nombra del Instituto de la Mujer, y su labor ha ayudado a desentrañar el machismo y el androcentrismo con el que se han construido las definiciones, las normas académicas y los usos comunes del lenguaje, en la calle o en la prensa, labor que también se puede ver reflejada en sus libros, como De lengua, diferencia y contexto y Cambio lingüístico y prensa. Problemas, recursos y perspectivas. O en sus artículos, algunos de los cuales publica en El Huffington Post.

¿En qué momento se hace una feminista?

A los seis o siete años, cuando era raro que me gustara jugar al fútbol. Claro, de esta manera difusa en la que pasan estas cosas. O al darme cuenta de la diferente función doméstica que tenían una niña y un niño en la misma familia. Un poco por lo que percibes, y vas creciendo y te vas dando cuenta de la jerarquización y subordinación de las mujeres en la sociedad en la que vivimos. Y eso te lleva a tomar partido, a posicionarte. No lo veo como algo de pronto, como una revelación, sino algo bastante consustancial a una vida, viviendo cosas.

Pero seguro que hubo un fermento cultural, unas lecturas que te influyeron, un contexto...

Es difícil decir unas autoras por aquellas de las que te olvidas, pero las hay deslumbrantes: Virginia Woolf, Mary McCarthy, Maria Aurèlia Capmany, por lo que hace aquí. O autoras aparentemente alejadas del feminismo como Caterina Albert. Luego, autoras extranjeras directamente dedicadas a la política, como Simone de Beauvoir o Betty Friedan. O un faro para las mujeres de mi generación como Adrianne Rich. Ha siso todo un cúmulo de experiencias, de lecturas. Y otra ligazón se produjo, efectivamente, cuando aparte de militar en la izquierda anteriormente, yo empiezo a trabajar en institutos y enseguida estoy en grupos de coeducación, grupos preocupados con dar una enseñanza que no sea machista. A veces aciertas un poco, y yo conseguí unir la militancia, mis ideas, lo que me preocupaba, con el trabajo, y me puse a analizar el sexismo y el androcentrismo en la literatura y en la lengua. Eso hizo que todo se trabara, que todo fuera armónico.

Esos grupos de coeducación -parte de un movimiento que sigue funcionando plenamente- reunían sobre todo a profesoras de distintas disciplinas convencidas de que el feminismo era mucho más que celebrar el “ocho de marzo tan socorrido”, en palabras de Eulàlia Lledó. Se hacían celebraciones puntuales, por supuesto, pero también se analizaba el modo en que se hablaba de las chicas y de los chicos en las evaluaciones docentes, se intentaba dar pautas para que no hubiera discriminación y se analizaba la manera en la que el profesorado interactuaba con el alumnado en el aspecto relacional. Ya desde un punto de vista más centrado en el contenido de las asignaturas, se abordaba el sesgo profundamente androcéntrico que tenían muchas asignaturas y se ampliaban los contenidos. “Yo tenía el mandato de enseñar literatura catalana, no literatura de hombres en catalán, y había que añadir textos de mujeres. Esto ha hecho que, en mi caso, haya producido mucho material didáctico. Se trataba de manuales insuficientes, parciales”.

Eulàlia Lledó durante la entrega del premio. Foto: Rosmi Duaso/ ADPC

¿Qué impacto tuvieron esos grupos de coeducación?

Son grupos que tienen la incidencia que tienen. En aquel instituto sí tenían su incidencia. No podemos hablar de grandes logros, pero casi todos los grandes logros son la suma de muchos pequeñitos logros. En cualquier ámbito. Una hace lo que está a su alcance, lo que puede, y esto suma. Era muy gratificante ver que tenía eco en el alumnado, que les interesaba y te decían que les abría los ojos.

Y los hombres, ¿qué actitud tenían?

Había hombres que tenían resistencia y que al final acabaron apuntándose a la coeducación, que agradecían muchísimo esta iniciativa. Había hombres que se mostraban mucho más reticentes. Y había hombres contrarios. Pero vamos, como siempre, como en cualquier otro ámbito. La misma gradación, aunque no tan marcada, se da también en mujeres. Había mujeres muy interesadas, a las que aquello les abrió los ojos sobre cosas, y había mujeres que se mantenían un poco apartadas. Lo normal, jamás hay unanimidad en nada.

¿Y cómo ha visto la actitud de los hombres de la izquierda hacia el feminismo?

Aunque a veces te quedas atónita de cómo rezuman machismo algunos representantes de la izquierda, las políticas sociales de izquierdas son incomparablemente mejores que las de la derecha. Incluso las de la izquierda tibia. La ley del aborto del Gobierno Zapatero, la de la ministra Aído, fue infinitamente mejor que cualquier cosa que propone el PP, o los matrimonios homosexuales. Hay un sinfín de cosas en las que la izquierda hace las cosas mejor que la derecha.

Las políticas sociales de izquierdas son incomparablemente mejores que las de la derecha. Incluso las de la izquierda tibia.

¿Y no ha trenzado alianzas con mujeres del ámbito conservador?

Hay mujeres de derechas que a veces te sorprenden porque adoptan posturas de izquierdas, muy progresistas, en lo que respecta a los derechos de las mujeres. Trenzas alianzas con quien puedes, también con gente con la que necesariamente no está de acuerdo en todo.

Usted, que es filóloga y ha sido docente, qué piensa de que haya una asignatura en algunas carreras de Filología que se llame Literatura de mujeres. ¿Es eso bueno o sirve para mantener la desigualdad que existe en el canon literario?

¿Qué tenemos que hacer? ¿Incluir a las mujeres en la literatura o hacer algo específico y, por tanto, marginal, algo en el borde que es la literatura de mujeres? Yo sería pragmática. La literatura debería incluir a mujeres y hombres. Es imposible explicar la literatura sin las mujeres. Es imposible explicar el romanticismo sin las mujeres. O la literatura griega. Y al mismo tiempo, mientras esto no sea un hecho incontrovertido e indiscutido, habrá que hacer apaños, parches. Y a lo largo de esta camino te das cuenta de que lo que se consideran rasgos universales de la literatura son rasgos de la literatura masculina, y que la literatura se enrique mucho cuando se añaden aspectos que no se consideraban y que han aportado las mujeres.

¿Hasta qué punto se puede decir que se ha dedicado usted a visibilizar lo que estaba invisible?

Una de las violencias más grandes que hay contra cualquier grupo es la invisibilidad. Estás negando la existencia. Parte de la tarea es la visibilización, de las mujeres en la lengua, de las escritoras, la visibilización de las gramáticas, es un paso fundamental previo para poder analizar, estudiar y proponer otras maneras de ver, mirar y transmitir. Y en este proceso, pues estamos siempre haciendo camino. A veces ves anuncios de los años sesenta y setenta y es impensables que se hicieran ahora. Irían a juicio por machistas, insultantes y violentos. Pero en otras cosas, parece como si no avanzaras. Yo insisto en que el feminismo es una auténtica revolución pacífica, que se hace pasito a pasito, donde no hay de pronto grandes saltos, sino que los cambios reales son los que se hacen despacio.

Acabemos con esta historia de lo políticamente incorrecto, que sólo favorece a la gente que es racista, que es homófoba, que es xenófoba y que es misógina. Digamos las cosas por su nombre.

¿Cómo se siente una cuando cuando ve a alguien como Trump de futuro presidente de EEUU?

Me produce todo tipo de sentimiento malo, no por inesperado, sostuve que había esta posibilidad en un artículo en El Huffington. Hay mucha gente que prefiere votar a un hombre, por bestia que sea, que votar a una mujer. Siento rabia, tristeza, malestar, un malestar profundo, porque ver a un individuo como este con el poder que confiere ser presidente de los EEUU te da un poco de susto.

Y sin embargo, se ha asentado en parte de la opinión pública estadounidense que Trump es una reacción desde lo que esta derecha radical denomina “una lucha contra lo políticamente correcto”, contra el feminismo, contra el antirracismo, como si el hombre blanco se sintiera invisibilizado.

Estoy un poco harta. Trump no es políticamente incorrecto. Trump es machista, es un misógino. Acabemos con esta historia de lo políticamente incorrecto, que sólo favorece a la gente que es racista, que es homófoba, que es xenófoba y que es misógina. Digamos las cosas por su nombre. Si hay hombres blancos que conectan con Trump no es porque él sea políticamente incorrecto, sino es porque son tan machistas, racistas, xenófobos y misóginos como Trump. Ni políticamente correcto ni nada. Es de una estulticia absoluta pensar que el feminismo y lo políticamente correcto tienen algún punto de unión. Estoy harta de oír a gente decir: “Ahora seré políticamente incorrecto… No, no, no, ahora seré machista y diré tal, tal y tal. Es un discurso maravilloso para sus intereses: “No, a este paso no vamos a poder decir nada”, suelen protestar. No, podrás decir lo que te dé la gana, lo que pasa es que serás machista, serás misógino, ya está.

Las premiadas de este año. Foto: Rosmi Duaso/ ADPC

Aunque a veces parece que el mundo está del revés, siempre hay avances. También en la lengua, cada vez más inclusiva: “Ha habido un cambio tremendo en la lengua, para bien, aunque las academias sigan defendiendo que la palabra ‘hombre’ pueda seguir utilizándose como genérico para masculino y femenino, mientras que no puede haber un genérico femenino”. Pero atrás han quedado los tiempos en los que algunos llenaban la prensa de discusiones sobre si se podía llamar a Margaret Thatcher “primera ministra” o no se aceptaban términos como "jueza" o "médica" para una actividad ejercida por una mujer. Cuando los diccionarios, para referirse a una profesión, decían: “el que…” y no “la persona que…”. Parece que fue hace un siglo, pero no fue hace tanto.

Y si las cosas fallan, ahí están los textos que Eulàlia Lledó nos envía en catalán y castellano a El Huffington Postpara señalarlo. Rigurosamente trabajados, como todas las cosas importantes.

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